En la Selva Negra de Alemania, había...... un Aparthotel en Badenweiler que se llama Europa.

Lunes, 3 de mayo del 2021


08/09/2010 21:46
En homenaje a Pep Pamies, que fallecio en 2010 por cancer y a su esposa Martina, a su hija.
Os dejo aqui­ su web por si quereis ir un dia a visitar el lugar:
www.pro-badenweiler.de/Europa

Alemania, es el pai­s más poblado de Europa, y uno de los motores principales de la economi­a europea, posee una amplia cultura. Pais con destino ideal para todos aquellos interesados en la historia del continente y sus valiosos tesoros.



Cerca del aeropuerto de Basilea o Basel en Suiza, el hermano de mi mejor amigo que se llama Ramon, regenta Pep que estudio Turismo y su mujer, que por cierto fueron a conocerse en los Estados Unidos, trabajando en Turismo, un hotelito que debe de ser una pura maravilla.

De hecho esta situado en un pequeño pero muy turistico pueblo que se llama Badenweiler. Alli tienen su negocio familiar para los turistas nacionales sobretodo, verano e invierno.

La palabra "baden" naturalmente significa baño o bañar y se refiere a esta zona muy antigua con esas ruinas y termas romanas, en el estado de Baden-Wurtemberg, con su capital en Stuttgart. Destacar por ejemplo que por alli se encuentran Las Termas de Cassiopeia, que solo el nombre ya invita al fresco relax.

Todas las casas son muy bonitas, adornadas con maderas de distintos barnices y tonos divertidos, persianas de colores llenas de flores multicolores y montones de geranios en verano y primavera. Los apartamentos se llaman "Europa" y lo dirigen este matrimonio formado por un catalan de Barcelona, Pep Pamies, y por su mujer que es alemana y se llama Martina.

Ofrecen un cálido alojamiento, Bed and Breakfast, dormir y un buenisimo almuerzo para comenzar la jornada en Badenweiler segun me explicó Ramon cuando su hermano le invito a pasar unos dias con ellos.

Ramon conocio esta región, la Selva Negra, o Bosque Negro se conoce también y que en aleman se dice Schwarzwald. Situado cerca de Suiza, es decir al suroeste de Alemania y en las primeras colinas, muy cerca de Friburgo o Freiburg a 30 kilómetros. .

Singular y muy conocido es Badenweiler por ese don de la naturaleza que son las aguas termales y maravillosos balnearios con todos los servicios que uno pueda imaginar. Ori­genes que se remontan al mundo romano y que han dado lugar a lo que hoy conocemos por los famosisimos baños termales en una de las partes mas bellas, acogedoras, ricas y frondosas de Alemania que es la Selva Negra.


¡¡¡¡¡ BIS BALD !!! HASTA PRONTO Y MUY !!! FELIZ !!!! VIAJE ¡¡¡¡

Clausthal-Zellerfeld, en la montaña Harz, en Bajo Sajonia.

Domingo, 2 de agosto del 2020


13/07/2009 20:04

Dedicado a Sabine y a Jurg que nacieron allí.


Baja Sajonia es con un total de 47.338 kilómetros cuadrados el segundo Estado Federado en superficie, mayor incluso que un país como Suiza. Se extiende desde Borkum, isla del Mar del Norte con típico clima marítimo, hasta las montañas del Harz con sus estaciones de invierno con nieve asegurada. Entre estos dos extremos se encuentran la gran aglomeración urbana en torno a Hannover, la solitaria región de las landas y las llanuras de la Hildesheimer Börde con los labrantíos más fértiles del país. Baja Sajonia tiene alrededor de 7,8 millones de habitantes. Cada año visitan la región millones de turistas, que pasan sus vacaciones en las siete islas frisias orientales, Borkum, Juist, Norderney, Baltrum, Langeoog, Spiekeroog y Wangerooge, en las montañas del Harz, en el Weserbergland, en el Bosque de Teutoburgo o en las landas de Luneburgo (el parque natural más antiguo de Alemania). A la actividad turística se suma la ferial: la capital Hannover es sede de las dos mayores ferias del mundo. Otra atracción turística de primer orden es el Altes Land, la mayor extensión de frutales de toda Europa, en las proximidades de Hamburgo, que alcanza su máximo esplendor en la temporada de floración de los manzanos. Aquí comienza el «triángulo húmedo», que abarca las llanuras y marismas entre la desembocadura del Elba y del Weser, con el Mar de los Wadden, el puerto pesquero de Cuxhaven y la colonia de artistas de Worpswede. Baja Sajonia dispone de la red de carril bici más larga de Alemania.

Frontal de una pequeña casa en Wernigerodes.

El Harz, desde la edad media se denomina Hart (= "Bergwald“ o lo que en alemán significa "bosque en la montaña"), es la cadena montañosa más al norte del país. Es además la sierra más alta del norte de Alemania. Forma en gran parte del Länder de Niedersachsen (Baja Sajonia), Sajonia-Anhalt y Turingia. El monte más alto de esta cadena montañosa es el Brocken, con 1142 m ü.NN, en la edad media era temido como un lugar de encuentro de las brujas y el mismo Goethe lo menciona en su obra Fausto.
Y siempre, SIEMPRE la eterna nieve....EN INVIERNO.

ÉRASE UNA VEZ EN LONDRES "FOYLES"

Domingo, 17 de mayo del 2015


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

F O Y L E S

Hace años Foyles se proclamaba la mayor librería del mundo, después fue la mayor de Inglaterra y ahora, después de la muerte el 1999 de Christina Foyles, es una de la mayores del Londres.


Cuando se subía por Charing Cross desde Leicester Square hasta Oxford Street, a la izquierda, se destacaba la banderola de Foyles anunciando que tenía más de un millón de libros en sus estantes al servicio de sus clientes y yo siempre lo creí.
No era la típica librería, era un edificio de cuatro plantas atiborradas de libros, incluso dentro de una misma planta existían departamentos comunicados por pequeñas escaleras que te adentraban en un rincón sin un centímetro cuadrado libre de papel. Uno de mis lugares favoritos estaba en la segunda planta, detrás de filosofía clásica y religiones del mundo. Bajabas unos peldaños y entrabas en un espacio de unos ocho metros de largo por cuatro de ancho, allí se amontonaban los libros dedicados a la filosofía, psicología, pensamiento alternativo, misticismo, Cábala, traducciones orientales sobre budismo, sectas, nuevos credos, etc. También había folletos sobre todo tipo de manifestaciones místico-religiosas que siempre han proliferado en Inglaterra, revistas que generalmente no pasaban del número 2 dedicadas a nuevos conceptos culturales que revisaban los sustratos más clásicos de la filosofía y la psicología adecuándolos a un lenguaje más moderno, otras dedicadas al ocultismo como Arcane, The Ley Hunter dedicada a la información sobre los emplazamientos megalíticos en Gran Bretaña, Mantra, The Waxing Moon sobre grupos ocultistas y espirituales, New Age School of Meditation, Byakuren Zen, Buddhapadipa Wat, Chinese Tantric Yoga, Sufism, Kongo Zen, Druid Order, Bardib and Druid,etc. Allí tenían cabida pequeños santuarios dedicados a causas perdidas de antemano, revistas dedicadas, por ejemplo, al misticismo angélico, llenas de direcciones donde por media libra te enviaban a tu domicilio hojas mecanografiadas explicando los contactos oníricos de una ama de casa con un grupo de arcángeles rebeldes, otros te comunicaban mantras para cualquier ocasión, el nombre de las estaciones del metro londinense donde podías recibir la fuerza telúrica de los centros energéticos del Atlántico, cómo interpretar las mareas, leer las nubes y los estratocúmulos, aplicar la numerología al sexo…… Siempre que iba a Foyles una visita obligada era la del departamento de idiomas. Era un placer desplazarse de un estante a otro siguiendo la ruta de los diccionarios y gramáticas, pequeños volúmenes dedicados a las lenguas dravídicas, altaicas, urálicas, lenguas y dialectos austro-melanésicos como el Ajié, Boewe, Sirhe, Anesú, Dubea….. lenguas que a mitad del siglo XX apenas hablaban unos pocos cientos de personas y que algunas de ellas ya han desaparecido de la faz de la tierra, lenguas africanas que siempre consultaba algún misionero en ciernes o un aprendiz de diplomático, tailandés, vietnamita, camboyano, mongol…….Un universo paralelo, un contraste con las aglomeraciones delante de la sección dedicada al inglés por parte de los estudiantes extranjeros.No recuerdo si era en el primer piso o en el segundo que había lo que llamaría “el rincón del bibliófilo”.....

un arco de medio punto daba entrada a una sección alfombrada, con dos sillones de estilo inglés, dos mesas de madera noble con unos atriles donde reposaban gruesos volúmenes de piel con ribetes dorados y cintas multicolores para señalar las páginas, tinteros de cristal, de plata, grandes y pesados, plumas de ganso, hasta el polvo era noble allá dentro……. Las paredes forradas de estanterías de madera oscura, sólidas, albergando colecciones de literatura inglesa, pequeñas joyas de la erótica europea, colecciones numeradas de las obras de Shakespeare ilustradas por grandes dibujantes, la Divina Commedia en pergamino, los diarios privados de Samuel Peyps en octavo, múltiples ediciones de Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, un monumental volumen de Volpone de Ben Johnson, seguido por su The Alchemist con anotaciones, el Pendennis de Thackeray ilustrado por el mismo autor, las primeras ediciones del Tom Jones de Fielding, ediciones infantiles de las obras de Dickens, los impresionantes grabados de William Blake con sus versos en rojo sangre y plata bruñida, una edición numerada de Chaucer, los ensayos de Locke con comentarios manuscritos, la Morte d’Arthur de Malory con grabados de la época bajo una finísima hoja de seda…………

También era inevitable la presencia de un empleado que supervisaba todos los movimientos y que el grosor de las bolsas o carteras de los clientes no abultasen más a la salida que a la entrada sin antes haber pasado por caja. Algunas grandes colecciones como Penguin y Everyman tenían sus estantes propios con sus libros en rústica. Eran los más frecuentados por los estudiantes debido a sus precios asequibles y a la calidad de las publicaciones. Tenían cubiertas sobrias, un buen papel que amarilleaba con el tiempo pero que era resistente y sus lomos eran compactos y duraderos. Cubrían toda la literatura clásica universal con traducciones de especialistas y eruditos, con tipos de letra perfectamente legibles y con poquísimos errores de impresión, todo un lujo para los que como yo teníamos más viento que monedas en los bolsillos.

Con la muerte de Christina Foyles la vieja librería fue remodelada por los herederos. Todo fue modernizado y, evidentemente, el acceso a los libros fue racionalizado.

Desaparecieron colecciones enteras de libros que nunca se habían vendido pero que seguían ocupando anaqueles a la espera de un lector que descubriese sus tesoros. Sin embargo, todavía se mantiene una tradición que sorprendió cuando fue fundada : estantes con los libros clasificados por la empresa editorial, generalmente en la primera planta, alrededor de las escaleras que llevan a los pisos superiores y donde se encuentra el diminuto ascensor. Fue calificada de estrambótica e ilógica en aquel tiempo, pero yo creo que es una fue idea estupenda ya que te permitía encontrar los autores más fácilmente porque en la mayoría de los casos cuando el libro desaparecía de las listas de las novedades sólo tenías que recorrer las editoriales por orden alfabético.

No echo de menos al viejo Foyles puesto que todavía sigue allí, y aún siento la misma emoción cuando entro y paseo mi mirada por todos los libros que alguien ha escrito esperando a un lector que esté deseando volver a casa para leerlos.


o&o
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"Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".


"ERASE UNA VEZ EN MARSELLA ... MARIUS"

Viernes, 5 de diciembre del 2014


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


-M A R I U S–


Marius llegó a Bois-Luzy una mañana de abril. Había estado lloviendo durante todo el día y los habituales estábamos en el comedor jugando al ajedrez mientras Ferdinand freía un filete en la cocina. Había estado allí en varias ocasiones, sólo unos días, de manera esporádica pero conocía a Tirol, el director del albergue, y a Frank. Se saludaron brevemente y Marius subió a los dormitorios.



Apareció por la noche con una bolsa de supermercado. Entró en la cocina y se preparó unos huevos fritos.Yo estaba hablando con Abderramán sobre su aventura con una chica suiza que le había contagiado unas purgaciones de caballo. Ferdinand me preguntó sobre mi trabajo con Monsieur Lagier y le dije que no había nada hasta dentro de un par de semanas. Marius se sentó a mi lado, hizo el gesto inútil pero educado de ofrecerme su plato y empezó a comer. Abderramán seguía quejándose de las molestias que sentía, Ferdinand, huraño como siempre, masticaba una manzana con fruición y dejaba que su jugo se deslizara por las comisuras de sus labios que brillaban bajo los fluorescentes ennegrecidos por los cuerpos de los insectos quemados.

Marius me preguntó si buscaba trabajo. Sí, había estando limpiando pisos para la agencia de los Lagier, pero no tenía nada inmediato. Me dijo que si quería podía trabajar con él vendiendo revistas por los barrios. Se trataba de una revista dedicada a los niños discapacitados, “Feu Vert à l’Espoir”. Había una pequeña comisión por cada revista vendida, se cobraba al final de la jornada al hacer la liquidación a la empresa que gestionaba la publicación y así mientras hubiera revistas. Salía un número semanal con mucha información, entrevistas, residencias especiales, cursos de formación, etc. Era una obra patrocinada por el ayuntamiento y otras entidades municipales.



Le vieux port de Marseille ...
A la mañana siguiente Marius y yo estábamos en la Canebière esperando a un tal Henri, nuestro interlocutor. Una furgoneta se acercó a nosotros y una mano nos saludó por la ventanilla. Henri era un joven casi escuálido, con pelo grasiento, cara de caballo, labios muy finos y una mirada aviesa. Había trabajado anteriormente con Marius pero la mirada que se cruzaron mientras se daban la mano era de pocos amigos. Me presentó pero Henri casi ni me miró, se ajetreó con unos paquetes de revistas que sacó de la parte trasera del vehículo y preguntó cuántas revistas queríamos. Marius le dijo que como no teníamos coche ni moto dos paquetes de veinticinco, por ser el primer día, ya estaría bien. Henri sonrió de forma caballuna y dijo que si las vendíamos todas el primer día sería todo un éxito y Marius replicó que todo dependía de la zona. Nos dio a escoger dos rutas, una casi en la periferia y otra al oeste de la ciudad, y Marius eligió la más alejada del centro. Quedaron en que llamaríamos nosotros por la noche desde el albergue para decir cuántas necesitaríamos al día siguiente.

Cogímos un autobús que nos dejó en un barrio de clase media. Marius me fue dando instrucciones de venta en el autobús, él ya había trabajado vendiendo libros y revistas. Nos repartimos la calle, él los pares y yo los nones.

Algunos pisos no contestaron al llamar por el interfono, otros no abrieron la puerta al decirles que se trataba de una revista y algunos me escucharon, hicieron preguntas y me cerraron la puerta cabeceando una negativa. Al cabo de dos horas no había vendido ni una y Marius tres a unas hermanas medio sordas y medio dormidas. Comimos un bocadillo de “foie-gras” que nos prepararon en un “bistro” cochambroso y nos repartimos una cerveza. Volvimos al ataque hasta las siete de la tarde con un resultado descorazonador: seis revistas, pero Marius dijo que volveríamos al día siguiente. Le dimos la nueva a Henri que se carcajeó como un demente e insinuó que con las que nos quedaban teníamos para toda la semana, pero Marius no se arredró e insistió en otro paquete para el día siguiente.

Marius sugirió cambiar de estrategia. Cada uno “trabajaría” una calle y nos encontraríamos cada hora. Empecé con entusiasmo.


La belle de Mai.

No había portería ni telefonillo, así que subí por una escalera estrecha, mal iluminada y llamé a una puerta. Oí que unos pasos se arrastraban por el suelo y pensé que era una persona mayor. Era una mujer madura. Llevaba una bata con volantes, como las que llevaban las coristas en el cine y desprendía un perfume ajazminado de antiguos efluvios. En la pared de la entrada había un espejo donde se reflejaba el interior de un dormitorio o alcoba ya que la puerta estaba completamente abierta. Se veía una cama con una colcha de color rosa, paredes del mismo color y una lamparilla con una pantalla de color rojo. Le ofrecí la revista y la mujer me compró una. Entornó la puerta un instante y volvió con un portamonedas. Me dio varias monedas y cuando buscaba el cambio me dijo que me lo guardara. Se lo agradecí y durante unos segundos nos miramos fijamente.



Tenía la piel ajada y las mejillas se desplomaban sobre unos labios gruesos, el cabello era crespo de tanta permanente y ligeramente quemado en las puntas, los ojos medio cerrados por falta de sueño estaban rodeados por una telaraña de arrugas. Quizás ella imaginó lo que yo estaba pensado y se puso tensa pero yo le ofrecí la mano. Eran unos dedos firmes y cálidos.

Cuando bajé me encontré con Marius que parecía radiante. Había vendido seis revistas en una misma escalera y sólo eran las once. Yo le indiqué donde había estado y cuando le señalé la casa vi la mujer que me había comprado la revista en la ventana. Soltó el visillo cuando se dio cuenta de que la miraba pero volvió a asomarse al ver que yo la saludaba con la mano y me dedicó una sonrisa.

Fue un buen día.


Un jueves fuimos a un barrio que se llamaba “la Belle de Mai”, un nombre muy bonito para un lugar muy humilde. No vendimos nada hasta que una mujer del mercado nos dijo que nos acercáramos a la escuela, quizás allí nos comprarían alguna revista. Era una escuela rodeada por un muro medio derruido y con un patio de gravilla con unos maderos que pretendían ser los palos de una portería de fútbol. La fachada se caía a pedazos y la humedad rezumaba por todas partes. Nos atendió el director, no podía comprar nada pero nos pidió que les explicáramos a los niños de qué trataba la revista. Nos introdujo en un aula llena de chiquillos. Se callaron al instante, como asustados por nuestra presencia inesperada. Mientras Marius exponía someramente los temas de la publicación yo me fijaba en aquellas caras con unos ojos enormes, abiertos, brillantes, ansiosos de todo, expectantes. Cada uno vestía como podía, con zapatos gastados, abiertos por las puntas, las piernas sucias, llenas de arañazos, pelos revueltos, falditas hechas con cualquier paño que sobró de algún traje o de un vestido de una hermana mayor o de una vecina, camisas con más ojales que botones, blusas grises de tanto lavado….. pero siempre recordaré sus ojos.



Eran ya mediodía y no habíamos vendido nada. A media tarde entré en una callejuela con casas de dos plantas. Llamé y me abrió una chiquilla de unos ocho o nueve años. Me dijo que me esperara, que llamaría a su madre. Desde el interior me llegó la voz de una anciana. Le decía a la niña que no llamara a su madre, que si compraba aquella revista ella no podría comprar el pan para hacerle el bocadillo para el desayuno. Fue como una sacudida eléctrica. Miré a mi alrededor. El lugar no estaba asfaltado, lleno de hoyos y abrojos donde dormitaban unos gatos legañosos. No esperé a la niña, me volví y cuando llegué a la calle principal me di la vuelta, la niña me miraba desde la puerta y me saludaba con la mano.



Aquel día sólo vendimos media docena de revistas. Marius echaba chispas y despotricó contra Henri por habernos mandado a un barrio donde ya habían pasado otros compañeros una semana antes. Me dijo que nos quedaríamos con el dinero como compensación. Por la noche los gritos de Marius hablando por teléfono con Henri resonaron hasta los dormitorios del piso superior. Quedaron en que Henri pasaría a recoger las revistas sobrantes por el albergue y que ya no trabajaríamos más para él. Preparamos nuestros habituales bocadillos de “foie-gras” pero esta vez con dos cervezas.

Al día siguiente yo volví a la biblioteca, mi lugar favorito de Marsella cuando no tenía trabajo, mientras esperaba una llamada de Monsieur Lagier que tardó en llegar. Marius deambuló unas semanas más por Bois-Luzy, ahora apenas nos veíamos pues llegaba muy tarde por la noche, trabajaba de camarero en un bar del puerto y un día en que llovía a cántaros desapareció.

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ÉRASE UNA VEZ EN ……MARSELLA..."DANIEL"...

Lunes, 14 de julio del 2014


DANIEL, un tipo alto y desgarbado me observaba ceñudo mientras Monsieur Lagier me presentaba. Se dedicaba a limpiar cristales por toda Marsella y colaboraba estrechamente con el matrimonio Lagier.
Yo había empezado a trabajar para los Lagier limpiando pisos pero ahora tenía que limpiar todos los aseos, baños y duchas de una clínica de adelgazamiento que se acababa de construir en las afueras de Marsella, en el campo. Lagier me llevaba en coche hasta allí y por la tarde volvía a la ciudad en un Citroën renqueante, sucio, oliendo a disolvente, de un pintor vietnamita que durante el trayecto de vuelta nunca abría la boca y tenía los labios siempre fruncidos como si le doliera el estómago o tuviera intenciones criminales. Daniel aparecía cuando yo terminaba a eso de las seis. Montaba una motocicleta llena de parches y alambres por todas partes y siempre iba con una mochila gris tan vieja que debía ser como mínimo de algún superviviente de la línea Maginot.
Un día llegó más temprano, me localizó y se sentó a mi lado mientras yo comía un pedazo de pan con queso. Él llevaba una tartera y me ofreció media tortilla, medio tomate y un trozo de carne empanada junto con un trago de vino tinto. Era la primera vez que hablábamos desde que Lagier nos presentó y ahora ya no estaba ceñudo, todo lo contrario. Estaba casado con una mujer argelina y tenía un chico de ocho años. Vivía al norte de Marsella, en una zona donde todavía quedaban pequeñas casas con higueras y manzanos, donde no llegaban los autobuses y en lugar de carreteras había caminos de tierra llenos de baches y rodeados de matorrales y flores silvestres. A partir de aquel día empezó a llegar antes y comíamos juntos, siempre de la tartera que su mujer empezó a llenar más de lo habitual y que yo interpreté como una invitación ya que Daniel decía que el capitalismo en cualquiera de sus formas y manifestaciones siempre explotaba a los trabajadores, y yo no era una excepción, especialmente cuando se enteró de que llevaba varios meses sin trabajo, sólo lcon as pocas faenas que me daba Lagier. Durante dos semanas estuvimos trabajando juntos: él limpiando los grandes ventanales de las habitaciones y yo los blanquísimos aseos y lavabos, comíamos juntos, sentados en el suelo de linóleo de las habitaciones, y charlamos mucho.
Era el último día en la clínica. Daniel me dijo que cuando no trabajara para Lagier podía ayudarle a él a limpiar cristales, escaparates, etc. Tenía una lista de bares y pequeños restaurantes fijos y todos los días hacía una ronda y había trabajo para dos. Se lo había comentado a Lagier y éste se había mostrado de acuerdo ya que después de la clínica no tenía nada más para mí. Acepté encantado, me gustaba Daniel, era franco, un buen tipo y Lagier decía que era la persona más honrada que conocía. Aquella noche en Bois-Luzy, por primera vez desde que estaba allí, me comí un filete que la mujer de Daniel le había dado para mí. Era tan grande que no cabía en las pobres sartenes del albergue que desconocían las dimensiones de un buen trozo de ternera, por falta de experiencia, claro. Lo compartí con Frank que a pesar de ser el encargado tampoco no recordaba haber visto nunca un filete de tres dedos de grosor. Sólo estábamos los dos y él aportó una “baguette” que confiscó del estante de Ferdinand, antes que la birlara Abderramán o que se apropiara de ella Gérard que llevaba una temporada de caco de avituallamiento. Media botella de tinto, no quise preguntar de donde procedía, nos regó la cena y casi me dolían las mandíbulas de tanto masticar o de lo poco que las había ejercitado últimamente.

MARSELLA


Daniel me esperaba en L’Estaque y desde allí fuimos a un bar en Saint Herni. Era el típico bar mediterráneo lleno de gente y de humo, con mesas cuadradas de mármol amarillento y patas negras de metal forjado. Era grande, con un comedor al fondo separado de las mesas de la entrada donde se amontonaban los clientes jugando al dominó y a las cartas por dos columnas entre las cuales se alzaba un mueble lleno de cajones coronado por un espejo enorme. Me presentó al dueño, me dejó dos cubos, uno para el agua y otro con estropajos, bayetas, un bote abrillantador, detergente, y se marchó a otro bar, pasaría a recogerme al cabo de una hora. Me subí al mueble. Quedaba a un metro del suelo y desde aquella altura miré a mi alrededor. Los clientes eran los de toda la vida, muchos vivían allí y seguramente los que ya no lo hacían volvían también si no estaban lejos para seguir con sus partidas llenas de gritos, maldiciones, exabrutos, todo envuelto en la neblina azul del tabaco. Puse manos a la obra. Daniel me había dado unas someras instrucciones básicas e intenté hacerlo como me había indicado. El tiempo pasó volando y casi sin darme cuenta Daniel apareció a mi lado para decirme que ya estaba bien y podíamos marcharnos; ahora tocaba Le Quartier de l’Opéra, un pequeño restaurante que abriría para la cena en un par de horas, allí trabajaríamos juntos para terminar antes. Daniel se pasó el rato charlando con la dueña, una anciana de pelo blanco con un delantal almidonado y grandes lazos en los hombros y repasando unas vitrinas llenas de grandes cazuelas con pescado en escabeche, patés, alcachofas rellenas con picadillo de carne adobada con finas hierbas, lenguas de ternera con champiñones enteros, mejillones a la marinera, y ostras sobre un lecho de hielo picado y enormes hojas de col. Terminanos a tiempo y nos invitaron a tomar una cerveza y unos mejillones a la marsellesa, es decir, crudos, que se remojan en diversas salsas a gusto del comensal. Mi primer trabajo con Daniel.
Un día Daniel me dijo que tenía un pequeño cobertizo en su jardín y que si quería podía ir a vivir con ellos, ya lo había hablado con su mujer y le parecía bien, así no perdería tanto tiempo yendo y volviendo de Bois-Luzy que quedaba lejos de allí y como la zona principal de trabajo quedaba más cerca aprovecharíamos más el tiempo. Me pareció una idea estupenda, tener un sitio para mí, en Bois-Luzy era simplemente imposible, ni en los lavabos se estaba tranquilo, era un lujo.
Durante varias semanas recorrí Marsella de bar en bar y de restaurante en restaurante. Algunas veces me tocaban los escaparates de alguna tienda o de un supermercado, pero yo prefería los sitios con gente como los bares, llenos de bullicio y el trabajo era más llevadero entre los gritos y las risotadas de los parroquianos, y siempre caía alguna cerveza, un vaso de vino, una tapa de pepinillos o mejillones. La mayoría de las veces iba solo, ya me conocían y había aprendido a limpiar cristaleras y vitrinas como un profesional. Casi nunca volvimos a comer juntos, iba a los lugares más distantes con su motocicleta mientras yo me dedicaba más al centro, recorrí todo el Vieux Port, L’Estaque, La Pointe Rouge, Bonneveine, Pharo, Rabatau, Endoume, Bonpard, Roucas, etc. De hecho, todo estaba lejos de Bois-Luzy, o mejor dicho, Bois-Luzy estaba lejos de cualquier sitio.

VIEUX PORT


Comía solo y siempre buscaba un parque o un jardín público. Frecuenté lugares como Corbière, La Colline Puget, La Magalone, Des Vestiges, Pharo-Emile, Borély, L’Oasis, Bois-Sacré, etc. Allí engullía mis “baguettes” con paté, quesos como el Camembert, Brie de Meaux, Charolais, Gratte Paille, Mimolette, Raclette, Niolo, Pavé d’Auge, Beaufort …. Cerca del puerto había un pequeño supermercado que tenía docenas de quesos y yo siempre quería probar uno diferente, y durante mucho tiempo fui un cliente asiduo, aunque sólo compraba los económicos; el queso fue mi almuerzo o mi cena durante toda mi estancia en Marsella.
Mi traslado a casa de Daniel se demoraba pero como tenía un trabajo estable y unos ingresos mínimos, pero seguros, la precariedad que siempre había marcado mi estancia en el albergue, donde Frank tenía que dar siempre largas a Tirol, el director, y explicar por qué nos demorábamos tanto en el pago, disminuyó y algún sábado iba a la rue Chapelier y comía un buen “cous-cous” en uno de aquellos restaurantes con una simple cortina a guisa de puerta, llenos de moscas y polvo por doquier pero donde la sémola de trigo, el pollo , el cordero y las verduras eran un manjar.
Habían transcurrido tres meses y mi traslado parecía inminente, pero de repente Daniel desapareció. Ya no me llamaba y un día le pregunté a Lagier si le había pasado algo. No sabía nada él tampoco, le había dejado varios recados a Alzima, su mujer, pero no había llamado. Me dijo que tenía problemas económicos pero que parecía que poco a poco lo iba solucionando, de hecho, llevaban colaborando varios años y Daniel era muy trabajador pero no hablaba a penas de él, era muy reservado. Era cierto, habíamos hablado muchas veces pero nunca me había contado nada de su vida, sólo pequeños detalles sin demasiada importancia, seguía siendo prácticamente un desconocido, aunque era evidente su generosidad y seriedad, y Lagier siempre insistía en ello.
Frank me llamó, tenía una llamada telefónica, era Lagier. Pensé en que tenía algo para mí pero no, no fue así. Daniel se había suicidado. Lagier me lo dijo de repente, como si le costara hablar y sólo haciendo un gran esfuerzo lo había soltado de golpe. Nadie sabía lo que había pasado, ni siquiera Alzima que había llamado desolada. Lo había encontrado en el cobertizo del jardín, colgado de una viga, sin una nota, nada que explicase la tragedia. Fui rápidamente a la tienda de Lagier. Al entrar me dijo que Alzima acababa de irse con el pequeño Laurent. Salí inmediatamente. Ví una mujer completamente de negro con un niño que se cogía de ella como si quisiera volver a entrar dentro de la madre y olvidar el presente, se abrazaba a Alzima de tal modo que a veces tropezaban hasta el punto de casi caerse. Me quedé allí, en el umbral, viendo como sus figuras oscuras disminuían y se reducían a la nada en la distancia.

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