ÉRASE UNA VEZ Estrasburgo. ( 2a. etapa )

Samstag, 19. April 2014



Estrasburgo


Louis propuso ir a la pensión donde había vivido con su hermano durante su estancia en Estrasburgo. Hacía frío y la lluvia era pertinaz.
Entramos en un bar que abría en aquellos momentos bajo la mirada inquisitiva y desconfiada de la dueña. Miró fijamente nuestras ropas mojadas, los zapatos llenos de barro, nuestros rostros sin afeitar, desaliñados, con unas mochilas que seguramente ya habían dado varias veces la vuelta al mundo, llenas de descosidos y el sombrero negro de Louis con el que parecía un bandolero. Nos escurrimos sigilosamente hacia la mesa más apartada y pedimos cafés con leche. La bollería acababa de llegar, recién horneada, caliente, llena de apetitosas sugerencias que tuvimos que obviar y recurrimos a unos mendrugos de pan que llevábamos en las mochilas. Nos sirvió de mala gana, dejando las tazas de golpe como si quemaran. Comimos a hurtadillas, evitando los ojos furiosos de la dueña que parecía estar en todas partes. Afortunadamente pronto se llenó de clientes y pudimos pasar más desapercibos con nuestro desayuno. Cuando nos levantamos para irnos vi que la mesa estaba llena de migajas de pan y la mujer estaba al acecho. Cogí unas servilletas de papel y limpié concienzudamente la mesa y las sillas, lentamente, casi con delicadeza. Louis estaba ya en la puerta inquieto pero me demoré en la limpieza, casi regodeándome. Ya en la puerta me volví y, como sospechaba, la mujer con ojos de harpía seguía mirándonos, incliné ligeramente la cabeza y me despedí deseándole muy buenos días. Una vez en la calle Louis tiraba de mí para alejarse del bar temiendo que la mujer saliera indignada por mi irónica despedida y llámase la atención, pero yo sabía que no lo haría; yo había sido educado, ella no, y mis palabras se lo habían demostrado. Miré por encima del hombro. Estaba pegada a los cristales donde lucía el nombre del local. Nos miramos unos segundos. Sus ojos ya no eran tan duros.
Ya no llovía. Como todavía sentía el calorcillo del café con leche y la agradable sensación del estómago lleno aunque sólo fuera de pan duro procuré que el largo trecho hacia la pensión de Louis fuera agradable. Las calles empezaban a llenarse de gente, el tráfico aumentaba por momentos y descubrí que Estrasburgo era realmente una ciudad alemana. Se oía mucho alsaciano y las casas tenían la estructura característica de las ciudades germanas que se veían en el cine y en las revistas de turismo.

Llegamos a la pensión. Era una casa de tres plantas, con un restaurante típico lleno de fotografías de la catedral y de la parte vieja de la ciudad. Era un lugar acogedor, muy caldeado, todo de madera, con mesas largas, grandes jarras de cerveza en la barra del bar esperando ser llenadas, varias cabezas disecadas de jabalíes y venados colgaban de las paredes, copas, trofeos de competiciones deportivas, y una fotografía enorme presidía el comedor donde un tipo grande y barrigón sonreía con una trucha en su mano derecha y una caña de pescar en la izquierda mientras una niña le contemplaba extasiada. Era el dueño del lugar. Louis nos presentó y ellos se saludaron amistosamente. Los dos hermanos habían vivido, comido y cenado allí durante un par de años, siempre habían pagado las facturas y aparte de dos o tres fiestas pasadas de tono y alguna aventurilla sexual sus relaciones habían sido buenas.

Al poco rato apareció su esposa. Una mujer de apariencia frágil, pelo pajizo, con una tez nívea, con algunas pecas, nos saludó con simpatía. Oí una exclamación, miré hacia abajo y descubrí a la niña de la fotografía que nos miraba curiosa. Heidi no se separó de su madre durante la hora que estuvimos charlando y tomando más café. Yo me mantuve un poco al margen y dejé que Louis les explicase nuestras aventuras hasta llegar a Estrasburgo. Nos dijeron que nos quedásemos allí, ellos tenían cosas que hacer pero que no molestábamos. Había vuelto a llover y ahora con intensidad. Nos trajeron periódicos, revistas, y pasamos unas cuantas horas instalados cómodamente en una mesa. Al mediodía empezaron a llegar los huéspedes a comer y otros clientes. Algunos de ellos habían sido compañeros de Louis y Joseph y se saludaron campechanos. Se llenaban las mesas y nos sentíamos un poco cohibidos porque era la hora de comer y no sabíamos qué hacer, pero de pronto el dueño depositó dos platos llenos de hortalizas y un filete jugoso delante de nuestras narices, una invitación de la casa, por los buenos tiempos. Fue un gesto muy generoso y lo agradecimos adecuadamente. Los antiguos compañeros de Louis nos llenaron de jarras de cerveza, nos invitaron también a postres, unas porciones gargantuescas de tarta de cereza que me supieron a gloria, y por primera vez en meses pude decir que estaba lleno.
Louis quedó en verse con unos compañeros por la tarde, yo también por supuesto, y fuimos al piso de una pareja donde nos reuniríamos todos, unos diez o doce. Tomamos cerveza, salchichas, chuletas de cerdo ahumadas, pepinillos muy picantes, patatas hervidas con una salsa asquerosa de un blanco enfermizo y aguardiente de frambuesa, una delicia a pesar del peligro inminente que aquello significaba para unos estómagos que habían sufrido un ayuno involuntariamente prolongado.


Estrasburgo

A las diez de la noche todos empezaron a desfilar y nosotros teníamos que buscar un rincón para pasar la noche. En la pensión ya nos habían dicho que no tenían habitaciones y el piso de la pareja, recién casados, estaba tan descartado que ni nos lo planteamos. Uno de los compañeros propuso que durmiéramos en el coche de su padre, un vehículo que estaba estropeado, pero tendríamos que irnos al amanecer porque su padre guardaba cosas en él y podía descubrirnos. Las calles relucían como espejos, la luna se multiplicaba en los charcos y nuestros pasos resonaban en el silencio de la primera noche en Estrasburgo.

Un voz estentórea nos despertó. Un hombre nos gritaba enfurecido delante de la ventanilla del coche. Hablaba alsaciano y Louis le dijo que no entendíamos lo que decía. En francés nos llamó ladrones, delincuentes, chorizos, violadores, bandidos, atracadores de banco, terroristas en ciernes, saboteadores de trenes y autobuses, pirómanos, y un largo etcétera de otros epítetos delictivos menos frecuentes. Cuando terminó estaba exhausto y tuvo que esperar unos segundos para recuperar el aliento mientras nosotros mirábamos a todas partes pensando que estábamos rodeados de una calaña infecta a punto de asesinarnos. Louis balbuceó que éramos amigos de su hijo, Paul, y el hombre sin dejar de mirarnos sospechosamente abrió la puerta y con un gesto nos indicó que saliéramos. Estuve a punto de salir con las manos hacia delante esperando las esposas y una pistola automática en la sien mientras toda la policía de Estrasburgo nos encañonaba con sus rifles de asalto y coches blindados. Paul salió corriendo de la casa y después de discutir con su progenitor nos invitaron a desayunar. El hombre continuó ceñudo y dirigiéndonos miradas aviesas que hubieran helado mi corazón a no ser por la amabilidad de la madre del muchacho que nos sirvió unas salchichas con huevos fritos dignos de encomio. Al despedirnos el padre me dio el periódico y nos preguntó si fumábamos, dijimos que no, bueno un poco, alguna vez, dijo Louis tímidamente y el hombre nos alargó dos puros “toscanos” más retorcidos que su lengua, sacó un mechero con una llama digna de un volcán y nos los encendió. Nos miró complacido durante unos segundos, dio media vuelta y desapareció, nosotros también desaparecimos pero a más velocidad.

Ya habíamos hablado de los problemas para encontrar trabajo allí. Los acontecimientos de mayo de 1968 habían dejado al descubierto los problemas sociales y laborales del país galo que durante los últimos años de De Gaulle se habían estado deteriorando. El paro en la zona Bouches-du-Rhône podía extrapolarse a otros territorios y la industria de Estrasburgo también se había resentido a pesar de la solidez de sus fábricas. El paro había aumentado y la gente se aferraba a sus puestos de trabajo como una póliza de vida. Hubiéramos tenido posibilidades con algo de dinero para esperar y buscar pero era lo único que no teníamos. Louis propuso ir a Wissembourg a pesar de que el problema parecía el mismo allí también, con el agravante de que era mucho más pequeño que Estrasburgo, lo cual, a su vez, tenía también sus ventajas : la frontera alemana con la factoría Mercedes-Benz. Paul nos presentó a un pariente que tenía negocios por aquella zona y por la tarde llegábamos a Wissembourg. La casa de la hermana de Louis estaba al extremo opuesto, a unos cien metros de la frontera alemana.


CONTINUARA...

ooOOoo

De este autor, un blog de literatura japonés:
www.japocat.blogspot.com

ÉRASE UNA VEZ EN .... LONDRES .. "MISS SWEETY"

Sonntag, 6. April 2014


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,

http://www.japocat.blogspot.com


M I S S
S W E E T Y


Durante mi primer año en Londres tuve tres profesores, uno para cada curso de los tres que hice aquel año y Miss Sweety, como su nombre muy bien indica, fue la más dulce y su entusiasmo por la literatura, especialmente la poesía, fue muy contagioso.

Era pequeña, muy delgada, mayor, tenía ya más de sesenta años, y vestía con pulcritud extrema. Siempre llevaba blusas claras, preferentemente de color marfil, con una corbata de lazo, una falda oscura, zapatos marrones o negros de talón grueso y bajo, sin maquillaje, unos pendientes de oro y alguna vez un collar de perlas que parecía muy antiguo.

Era muy puntual. Siempre llevaba un montón de libros aparte de los del curso, con muchos papelitos que sobresalían de entre sus páginas.


Su inglés era extraordinario, con su acento “oxoniano”, su dicción precisa, su vocabulario amplísimo, y su cadencia le daba al idioma una musicalidad especial. Hablaba con suavidad, matizando y dando énfasis a las palabras nuevas que lentamente iba incorporando a nuestro vocabulario. Teníamos media hora de gramática, quince minutos de conversación y media hora más de lectura. Entonces era cuando Miss Sweety nos demostraba su personalidad. Abría sus libros, no los de la escuela, los de su biblioteca personal y proponía un texto entre varios autores conocidos, como G H Wells, Dickens, Thackeray, Eliot, Gissing, Trollope y Butler entre otros. Leía lentamente un párrafo y luego nos preguntaba lo que habíamos entendido, generalmente poco, y entonces nos explicaba con pelos y señales todas las palabras, verbos, adjetivos, adverbios………..unas lecciones realmente interesantes.

Pero cuando llegaba el turno de la poesía Miss Sweety se transformaba. Su voz se deslizaba por los versos suavemente como la seda y algunas palabras se le asomaban a los ojos bajo el velo sutil de las lágrimas. Nos enseñó a recitar, a modular las palabras, a respirar en las pausas y a demorarse en las raíces del verso. A todos nos encantaba escucharla, incluso en algún momento recuerdo haber retenido la respiración para captar el pálpito de sus palabras.

Uno de sus poetas preferidos era Robert Frost.


Un día llegaron dos nuevas alumnas al curso. Eran de Tanzania y eran primas. En sus rostros tenían las marcas tribales de los ritos de iniciación a la adolescencia de los Kerebes, unas cicatrices que garabateaban sus mejillas y afeaban sus rostros. Eran muy tímidas, se sentaban muy juntas, como protegiéndose de aquella ciudad que les debía parecer monstruosa. Vestían de manera moderna pero sus movimientos todavía recordaban las huellas de sus vestimentas coloreadas. Apenas nos miraban, siempre con la cabeza gacha pero todos, éramos unos ocho o diez a lo sumo, nos abocamos a ayudarlas. Un día Miss Sweety dedicó una clase a Tanzania y ellas con un inglés a tropezones nos explicaron sus costumbres, sus aldeas, las lenguas y dialectos separados a veces por unos pocos kilómetros de tierra rojiza y árboles escuálidos.

Yo tenía un libro sobre modismos ingleses, una joya, y un día saqué a relucir el tema y algunos compañeros se anotaron el título para comprarlo. Las dos Kerebe cuchichearon entre ellas y me preguntaron donde lo había comprado y si la librería estaba lejos, me ofrecí inmediatamente a comprárselo yo y a entregárselo al día siguiente. Aceptaron inmediatamente. Cuando salimos Miss Sweety me hizo un gesto con la mano para que me acercara a su mesa. Me dijo simplemente “well done” con una sonrisa deslumbrante. Al día siguiente todos estábamos pendientes de la llegada de las chicas. Encima de la mesa, en el sitio habitual de ellas, había un paquetito con el libro, y cuando lo abrieron se pusieron de pie y me dieron las gracias en swahili.

Al trimestre siguiente cambié de curso pero afortunadamente seguí con Miss Sweety. Como éramos sólo unos cinco decidieron unir dos grupos en uno y añadir unos estudiantes chinos de intercambio. Eran tres chicas. Un día el principio de la clase se demoró y como yo tenía a las orientales a mi izquierda les dije que estaba leyendo a Po Chü-i, la pronunciación “pi-yin” en aquel tiempo. Movieron la cabeza como afirmando que lo conocían me lancé a hablarles de Tu Fu, Wang Wei, Tao Yuan-Ming, Li Ho, Xuan Chi……. Y ellas meneaban la cabeza y sonreían tanto que me mosqueé y les pregunté si eran poetas populares. Siguieron sonriendo hasta que una de ellas dijo que no sabían quiénes eran. No sé si me sonrojé, me puse pálido, o simplemente cara de bobalicón, musité una disculpa y nunca más volví a hablar de mis lecturas.

Un día a la salida se le cayó un libro a Miss Sweety, me agaché raudo y lo recogí del suelo pero se desprendió una hoja que voló hasta debajo de la mesa, en aquella escuela no había pupitres o mesas individuales sino mesas largas y nosotros nos sentábamos alrededor. Gateé hasta encontrar el papel y al cogerlo vi que era un poema. El papel era de color maíz y la mecanografía de una máquina antigua. Me demoré unos segundos alisando el papel y leyendo con disimulo pero la mano de Miss Sweety me lo arrebató suave pero firmemente. Volvió a introducirlo en el libro y nos despedimos hasta la clase siguiente....


Puente de Londres

El curso estaba a punto de terminar, cambié de trabajo, de habitación, y llegó el día de mi adiós a Miss Sweety. Yo era el único que cambiaba de curso y de escuela, mi destino sería la SOAS y después la Polytechnic, y Miss Sweety propuso leer como final a Robert Frost.

Unos versos de su “North of Boston” :

“I didn’t make you know how glad I was
To have you come and camp here in our land…….”
(Nunca te hice saber mi alegría
Por haber venido y acampar aquí en nuestra tierra……)


Cuando me despedí de ella me cogió la mano entre las suyas y me instó a seguir estudiando mientras depositaba entre ellas un sobre.

Lo abrí tan pronto estuve en la calle. Era un papel de color maíz con unos versos que siempre recordaré:


“You are as young as your faith
And as old as your despair……………………..”
(Eres tan joven como tu fe
Y tan viejo como tu desesperanza……..)


IIIo0oIII


Otros articulos magnificos relacionados, de este autor son:

"Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".

(1925) "Memorias" del conquistador de vidas Giacomo Casanova.

Dienstag, 23. Oktober 2012



Este Narciso por excelencia, nacido en Venecia, el ano 1925, era hijo de comediantes. Por su apellido es conocido alrededor del mundo, como el aventurero nato por exelencia y conquistador más famoso de mujeres. En su haber profesional u amoroso se le cuentan 132 relaciones sentimentales, desde con la más sencilla de las mujeres, hasta rozar a las de más alta categoria y a las más aristocráticas, y naturalmente no dejó jamás de relacionarse, y con gran gusto !hasta con las de peor reputación!

Fue un nino muy precoz,. y no sólo por ser un buen estudiante y escribir tesis de derecho, por ejemplo a los 11 anos, sino porque a esa misma edad ya perdió su virginidad. Fue con una chica de 14 anos, según cuenta la historia.

La primera educación que recibió fue la eclesiástica y posteriormente sobre ciencias y filosofia. Con un abad y un senador aprendió.

Su relación con las mujeres seguiria junto con los estudios y ya no se pararía jamás. A los 15 anos siguió experimentando, en este caso con 2 chicas huérfanas, un "menage a trois". Entretanto, ya que Casanova nunca se aburriria, tuvo otra relación con la preferida de su profesor, la querida del senador, que era una cantante, Teresa.

No fue, de hecho hasta los 21 anos que se independizó, y empezó su destino en solitario. Se hizo violinista y viajó hasta Corfú y Constantinopla, más tarde regresó a Venecia. Su madre, ya su padre habia muerto, le llevó hasta Roma para ingresarlo a las órdenes de un cardenal y hacerle trabajar como fraile, pero esta idea no funcionó. Se hizo luego médico, con conocimientos adquiridos en sus estudios, y con el dinero que ganó se aficionó a la magia y a la cábala. Pero a oidos de la Inquisición llegó su afición y empezó a ser perseguido. Recorrió escapando muchas ciudades de Francia e Italia, hasta que volvió de nuevo a la ciudad de Venecia.

En este tiempo no faltaron relaciones sexuales, y tuvo lugar la que fue más importante en su vida, con Henriette, ya que ésta aún tras separarse, le haria cuidar y le enviaría dinero durante toda su vida. !Pero los altercados más fuertes no habían ni comenzado! "Un menage a quatre", con 2 monjas, un abad y un embajador francés casi le costaron ir a la cárcel, pero tuvo suerte y escapó. Llegó entonces a Paris, donde viviria 18 anos y se codearía con el mismo rey, Luis XV y Madame Pompadour, en la corte. Es cuando decide cambiar su identidad, pasando a llamarse Chevalier d'Seingalt (caballero de Seingalt) .

Es increible, como este personaje, salido de la nada, porque sus conocimientos eran en toda ciencia dispersos, llegaba a encandilar a toda la gente y llegaba al contacto con los más ilustres personajes. En Roma conoció al papa de Roma , Clemente XIII, o en Prusia, al rey, a Federico II el Grande, y a Catalina la Grande en San Petersburgo, el cual le ofreció un cargo en el ejército, pero Casanova lo rechazó. Residió en Zurich, hasta que se traslada a Madrid y a Barcelona. En Madrid organizó más o menos politicamente a alemanes y suizos, y en Barcelona, pasó 42 dias en la cárcel por descubrirsele un affaire con la mujer del Capitán General del ejército espanol. Se sabe de todos sus romances gracias al escrito de sus MEMORIAS, que con nombres y fechas detalla el mismo, cada uno de sus encuentros, como el que tuvo una ocasión, con una joven de 17 anos, una napolitana, que al ir a su casa, descubrió que con la madre ya se habia acostado antes. Lo más grave es que a continuación, tuvo lugar otro! !!"menage a trois"!!!
Madame D´Urfé fue otra de sus mecenas durante un tiempo, hasta que descubrió que Giacomo no era ni mago, ni le daria jamás un hijo !ni de milagro!. Siguió no obstante traduciendo libros y escribiendo, en Venecia, hasta que tuvo que exiliarse otra vez. Y en el ano 1783, viajará por toda Europa, Praga, Viena, Augsburgo y conoce casualmente al compositor Mozart escribiendo una obra sobre un Don Juan, sería la ópera Don Giovanni. A continuación y a través de la amistad con el conde de Waldstein, se hace masón. La masoneria es una rama filosófica que agrupa a pensadores, hombres y mujeres, admitiéndo diversos pensamientos intelectuales y creencias religiosas, en el cual se integraria nuestro seductor protagonista. El conde seguidamente le propone dirigir la biblioteca del Dux en Bohemia. Fue en este momento cuando comenzó a redactar su memorias entre entristecido e infeliz.

Se especula que quizás la fantasia se le subió un poco a la cabeza en sus relatos, porque incluso se detectan casos de abusos sexuales o de pederastía, con ninas. Murió a los 73 anos, ! no sin expresar que le quedaban todavía 27 anos de escarceos amorosos!.
Dejó escrito en sus últimas frases de sus MEMORIAS:

"Todo lo que he hecho a lo largo de mi vida, sea bueno o malo, lo he hecho libremente, soy un hombre libre".


!!!!!MUY BIEN DICHO CASANOVA!!!!


"ÉRASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. HÉCTOR.

Dienstag, 30. November 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

H E C T O R

HECTOR FALLECIO HACE UNOS MESES SIN EL LONDRES NUNCA SERA IGUAL, NI YO.

De los años que viví en Londres hay varios recuerdos imborrables, pero de ellos destaca especialmente el de Héctor, mi maestro y amigo.
LIBRERIA WATKINS

Héctor nació al pie de los Andes, en tierra de viñedos y seminarios. Su padre había estudiado teología pero durante la guerra civil española se trasladó a la Argentina y fue maestro de música, entre otras actividades. Su madre era muy religiosa, de origen italiano, y soñó para Héctor la carrera eclesiástica, su culminación, el orgullo de la familia.

Héctor ingresó en el seminario y destacó en teología, filosofía y música, y pronto empezó a dar clases en una escuela religiosa. Pasó el tiempo y justo a punto de tomar las órdenes mayores tuvo una crisis de fe y colgó los hábitos. Se marchó a Venezuela y se dedicó a la fotografía. Con un amigo recorrió todo el país con la cámara en ristre viviendo muchas aventuras y anécdotas. Decidió cambiar de aires y se trasladó a España.

En Madrid trabajó con un fotógrafo durante varios años, pero, eternamente insatisfecho, se marchó a Londres. Allí empezó el gran viaje en busca de sí mismo. Había leído mucho y en Venezuela estuvo en contacto con intelectuales participando en debates y reuniones literarias con gente vinculada a la masonería, rosacruces y esotéricos, aunque su interés principal fue siempre la filosofía y la teología.

Yo lo conocí por casualidad. Estaba en Londres trabajando y estudiando en la Universidad y un día fui a visitar a unos amigos con quienes había estado trabajando durante un año. Tenían un pequeño restaurante de cocina francesa y Héctor estaba allí fregando platos, una de las pocas actividades que podía hacer alguien sin papeles ni contrato. No sé cómo salió el nombre de Gurdjieff y el Priorato de Fontainebleau y aquellos nombres cimentaron nuestra amistad. A partir de entonces nos vimos con frecuencia, de hecho, sólo los domingos, que pasábamos charlando y comentando nuestras lecturas semanales. Me habló de autores prácticamente desconocidos para mí, a él debo mi entusiasmo por Mircea Eliade y Colin Wilson, entre otros, y juntos descubrimos librerías pequeñas de segunda mano donde siempre encontramos un libro para estudiar. Recuerdo particularmente una que estaba dentro de un invernadero, cerca de High Street Kensington. Se subía una cuesta todavía sin asfaltar y a la izquierda aparecían los vidrios llenos de polvo y lluvia de la librería. Sus propietarios, canosos, dignos, vestidos completamente de blanco recibían a los pocos clientes que se acercaban allí, les ofrecían té, folletos sobre seminarios de budismo tibetano en tierras escocesas, revistas sobre la Kábala hebrea, una sobre una secta cuyo gurú había sido taxista en Londres y ahora afirmaba vivir en Venus, y desde allí alentaba a sus seguidores a adorar una piedra que él les había enviado por transporte interestelar, también la del Monasterio de las Siete Llaves perdido en la serranía andaluza, y otras de vida intensa pero breve. Entre las montañas de libros había macetas con docenas de plantas y flores.Se podía leer, pasear, hojear cualquier libro, cualquier texto que estuviese a la vista, y nadie te exigía que comprases nada, hicieras lo que hicieras te acompañaban a la salida con su sonrisa habitual, te deseaban buen día y que volvieras cuando quisieras. Volvimos varias veces, compramos pocos libros y charlamos mucho, pero un día encontramos los vidrios rotos, el interior vacío, unas macetas rotas en el camino y un cartel escrito a mano con una caligrafía exquisita comunicando el fallecimiento del propietario y el final, triste final de la librería más cálida y más humana que he encontrado jamás.

Poco después “descubrimos” Compendium, en Candem Town, dos librerías dedicadas una exclusivamente a la historia y otra a la filosofía y ciencias de la mente, como se decía en aquellos tiempos; la última vez que estuvimos había estantes enteros dedicados al “New Age”. Siempre había gente pero sucumbió a la comercialización de la zona cerca del río, lugar ahora de mercadillos y tiendas de todo tipo. Nuestro último reducto fue Watkins, un callejón de Charing Cross. Las obras de Crowley, las nuevas ediciones de las obras de la Gran Bestia se encontraban allí, todos los libros de y sobre la Golden Dawn, John Bennet, Rodney Collin, todos los autores que componían la pléyade británica del esoterismo europeo tenían un lugar destacado en sus estantes. Los libros sobre la India y el Tibet eran muy populares, especialmente Agehananda Bharati y Anagarika Govinda.También pasamos por Atlantis, cuentan que fue la última librería que visitó Crowley antes de morir. Cerca de allí, destacó Dark They Were and Golden Eyed, de espléndido nombre pero rápida agonía. Watkins y Atlantis son las únicas supervivientes de aquella época llena de furor alternativo.

De Héctor aprendí a estudiar las notas de pie de página y a valorar especialmente las bibliografías. De cada libro casi siempre obteníamos un nombre, una referencia que, a su vez, nos remitía a otro y así sucesivamente. Todo era como una telaraña inmensa y nosotros pasábamos de un hilo a otro en un periplo que nos hacía considerar cada fragmento como un todo inacabable.

Un día Héctor me trajo una especie de pamfleto publicado en España....eran unas hojas impresas en un papel basto con una tinta de mala calidad y un título pedante. Leí unas pocas frases y miré fijamente a mi amigo. ¿Cómo podía leer aquel artículo? Era una diatriba contra un escritor tildándole de “rojo comunista y asqueroso anticristiano”, entre otros epítetos semejantes. Era un pamfleto que arremetía contra todo lo que no era franquismo y católico. Me dijo que era muy interesante de leer porque así sabríamos siempre a quién leer, es decir, lo criticable, lo censurado, lo insultado era precisamente lo que debíamos conocer. A través de una amiga nos llegaban puntualmente, una vez al mes, aquellas hojas que muy en contra de sus intenciones nos permitió saber de unos autores que quizá nunca hubieramos leido.

Héctor releía los textos sagrados quizás en busca de su fe perdida, analizaba cada frase, estudiaba los personajes bíblicos con lupa, usaba la Vetus Latina, la Vulgata, la versión inglesa del rey James, la de Nácar y Colunga, la de Reina-Valera............. Cuando llegó la noticia de que se estaban traduciendo algunos de los textos hallados en el Mar Muerto se pasó días buscando información en todos los periódicos y revistas literarias. John M Allegro fue de los primeros en publicar sus impresiones de los textos provocando un escándalo monumental con su libro The Sacred Mushroom que fue vapuleado por la prensa conservadora, hasta tal extremo que el editor publicó una nota disculpándose por haberlo impreso y no volvió a publicarse. Nosotros lo leímos y fue objeto de debate durante muchos domingos en su cuarto.

Hacía tiempo que Héctor vivía en Wimbledon donde había encontrado trabajo en un restaurante como ayudante de cocina en jornadas completas que le dejaban poco margen para la lectura. Pero él siempre encontraba tiempo para sus análisis, sus reflexiones, que resumía en pedacitos de papel que depositaba entre las hojas de los libros. Luego apuntaba notas para discutir conmigo los domingos cuando yo llegaba de Earl’s Court donde vivía. Hacia las nueve de la mañana empezábamos y regresaba a mi cochambrosa habitación a las nueve de la noche con la cabeza llena de ideas, los bolsillos llenos de papeles y el corazón lleno de agradecimiento.

Cuando tuvo vacaciones me hizo unos anaqueles con unas maderas viejas que encontramos en un cubo de basura, los pintamos de color verde, colgué una lupa con una hebra de lana para leer la letra pequeña de las ediciones baratas que compraba y así tuve mi primera biblioteca en Londres.

Después cuando regresé a casa mantuvimos el contacto siempre y los primeros años Héctor venía y estaba unos días en Barcelona y el volumen de las notas seguía creciendo. Más adelante, ya mayor, de frágil salud, yo iba a Londres y pasaba dos semanas en una habitación de la residencia donde se hospedaba. Había insistido a la asistente social que como siempre habia un cuarto para los visitantes que estuviera dispuesto para cuando yo iba, creo que fui el único visitante que gozó de aquel privilegio en muchos años.

Jubilado ya seguía con sus búsquedas y pasaba horas y horas paseando por Londres. Conocía todos los barrios, todos los paseos, todos los atajos, su historia, su origen, su principio y nunca quiso saber su final para no entristecerse. En aquellas correrías encontró “el molino de la abadía”. Era un descampado al lado de un río, en Merton, y los sábados y domingos estaba lleno de tenderetes. Unos vendían rosquillas que cocinaban delante del cliente, otros ropas de segunda mano, camisetas con estampados inverosímiles, la señora Baas vendía sus “curris” ardientes, con pequeñas gambas cocidas dentro de sus salsas oscuras como su tez, sus confituras de mil frutas para reducir y emulsionar los picantes ingredientes que te dejaban los labios hinchados en un beso de fuego, alguien vendía cajitas de madera blanca con aperturas insólitas, collares, anillos, pulseras de fina plata que hacían las delicias de las adolescentes, macetas de mimbre esperando su flor................ Y allí se erguía como un monstruo antediluviano un viejo edificio lleno a rebosar de libros viejos. Todas las materias estaban clasificadas y sus autores por orden alfabético, aunque con un desorden producto de muchas consultas y dudas. La primera cosa que hacíamos era ir allí. Héctor se retiraba a husmear por otra parte y dejaba que me arrastrara por el suelo para leer los títulos de libros que estaban en los estantes inferiores. Cuando encontrábamos uno interesante chasqueábamos los dedos como una señal y uno u otro iba a comprobar el “valor de la captura”. Siempre encontré algo. Unas veces un título buscado que después de varios años aparecía de repente como si alguien se hubiera apiadado de mi, otras un autor desconocido con un título inquietante, otras un viejo conocido me sorprendía con un libro que me había pasado desapercibido .......

oo&oo

Otros articulos relacionados de este autor son: "Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".

ÉRASE UNA VEZ EN.. KARLSRUHE ( FINAL DEL VIAJE! )

Dienstag, 27. Juli 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


K A R L S R U H E

Tenía un buen trecho andando, el auto-stop no funcionaba cerca de la frontera. Durante una hora y media anduve por carreteras comarcales, después nacionales y luego me extravié. Tomé un atajo que me llevó a la autopista y, por lo tanto, tuve que retroceder. Llegué a una estación de tren, estaba cansado, era casi mediodía y no sabía cuándo llegaría a Karlsruhe. Miré los horarios de los trenes y al final pregunté en una de las taquillas. Estaba cerca y el precio del billete era barato, por lo tanto decidí tomar el tren y dejar el auto-stop para la vuelta...

Quince minutos más tarde estaba en Karlsruhe. No fue difícil encontrar la base militar, había indicaciones por todas partes, y me dirigí directamente a una garita donde un soldado completamente pertrechado montaba guardia. Dejó que hablara, le di todos los nombres que me había dado André y sin decirme una sola palabra descolgó un teléfono y transmitió mi mensaje. Al cabo de cinco minutos un impresionante coche americano se detenía al lado de la garita. El conductor, alemán, dijo en inglés que me llevaría a ver al sargento.

Era un tipo parlanchín y campechano, me hizo varias preguntas y pareció quedar satisfecho. Me dijo que íbamos directamente a la oficina de empleo de la base para ver si podían arreglar el tema de un posible contrato para no comunitarios. Llegamos a un edificio de oficinas y después de pasar varios controles entramos en un despacho. Una mujer tecleaba en una máquina de escribir y mientras ellos dos hablaban en alemán yo me entretuve en mirar por la ventana. Era un tercer piso y desde allí se veían las instalaciones de la base y los aparcamientos llenos de coches americanos y vehículos militares. Había casitas con un pequeño jardín alrededor, como las que se veían en las películas americanas de los años cincuenta, y que eran las de los oficiales, mientras que más lejos se destacaban los barracones de los soldados. Cuando terminaron de hablar el alemán me miró y movió la cabeza indicándome que no había solución. Era imperativo un contrato y si el sargento decidía hacerme una carta y volvía con ella a Barcelona y me presentaba en el consulado alemán quizá habría alguna posibilidad. Me hicieron la carta y me acompañaron a la salida.

Ya me había hecho a la idea de volver y conseguir un contrato aunque no fuese fácil. Si quería volver a Inglaterra tendría el mismo problema pero al menos aquello ya lo conocía y allí sería más fácil. De hecho quería volver a Londres, tenía que seguir con el japonés y en el Central Polytechnic siempre encontraría una plaza con el profesor Parker, con quien me mantenía en contacto por carta, pero antes quería estar un año en Alemania y aprender algo de alemán.

Busqué la carretera que llevaba a Francia y al poco rato un motorista me hizo señas para que me acomodase detrás de él y me dejó en un garaje al lado de la carretera, estaba cerca de la frontera y en francés me indicó que me esperara allí, a aquella hora pasaba un camión con destino a Wissembourg. Y así fue. Una camioneta llena de cajas de cerveza y gaseosa se paró delante de mi mientras el motorista me saludaba con la mano desde la ventana de la cocina. No hablamos ni una sola palabra, condujo por la carretera desierta y cuando llegamos se bajó del coche y saludó a André que me miraba sonriente. El motorista era su primo y el camionero un amigo de la familia, le había llamado por teléfono y comunicado mi llegada, era el único habitante de Wissewmbourg que hacía auto-stop……

La hermana de Louis nos había encontrado una habitación en casa de una viuda. Una anciana vestida de negro, una aparición del siglo diecinueve, nos esperaba. Les dije que no podía quedarme, que tenía que volver para lo del contrato, pero Marie dijo que aunque yo no me quedara la habitación era para Louis, no podía quedarse en su casa, normas del instituto, aunque había hablado con el director y nos había concedido un permiso provisional por ser Louis su hermano y yo un imaginario primo, la familia tenía aún algunos privilegios aunque fueran temporales, por lo tanto caducos.

Era una habitación feísima, oscura, con una ventana oculta tras unas cortinas de terciopelo ajadas, gruesas, llenas del polvo de los siglos, una cama enorme llena de cojines y almohadas amarillentas, una silla de color negro, una butaca tan baja que parecía estar pegada al suelo, una mesa-escritorio en buen estado y una lámpara con una pantalla verde. Deprimente vivir allí y peor dormir en aquel cuarto que olía a naftalina, a flores marchitas, a ropajes mohosos y a decrepitud. Louis no dijo nada, pero su cara reflejaba inquietud mientras Marie discutía un alquiler que la viuda rebajaba constantemente en una lucha frenética para conseguir al inquilino y Marie para salir de allí airosa sin desairar a la viuda negra. Cuando salimos casi sin despedirnos Marie suspiró y dijo que a pesar de que Louis no se podía permitir nada mejor ella le encontraría un buen cuarto individual ya que yo no podía quedarme.

Aquella noche cenamos pollo frito, con patatas, coles de Bruselas, cerveza y brindamos con unas copitas de aguardiente para que el empleo de Louis fuera más o menos permanente y que yo pudiera volver, aunque el sentimiento general era de que no volveríamos a vernos.

La empresa donde empezaba a trabajar Louis tenía tráfico diario con Estrasburgo y Marie, que conocía a los dueños, les pidió si podía bajar con alguno de sus camiones. No hubo ningún problema y al mediodía me acomodé en la cabina del conductor, me despedí de todos y emprendí el viaje de regreso.

Llegué al albergue de la juventud poco antes de la cena. El conductor conocía el camino y me llevó directamente. Por aquellas casualidades tenía un transporte al día siguiente para Marsella y me propuso viajar con él, prefería tener compañía, y como yo hablaba francés el trayecto sería más agradable. Quedamos en que él pasaría a recogerme a las diez de la mañana, yo tenía que esperarle delante del albergue, no debía demorarme puesto que no podía aparcar en aquella calle.

El albergue estaba lleno y después de deambular por varios pasillos llenos de extranjeros como yo me metí en un cuarto con seis literas. Había seis muchachos que hablaban entre ellos y se callaron cuando entré. Les pregunté si quedaba alguna litera libre pensando que si era seis tendría que buscarme otro sitio, pero no, uno de ellos estaba en otro cuarto, y me cedieron una. Me tumbé sin hacerles caso, y ellos prosiguieron con su charla. Me acomodé, saqué un libro y me puse a leer. Al poco rato salieron todos a cenar y yo preferí quedarme allí y comerme los bocadillos que me habían preparado Marie y Dorine.

La niña había insistido en ayudar a su madre y su bocadillo tenía carne de ternera, picadillo de huevo con pimiento rojo y pepinillos, una hoja de lechuga, salsa blanca picante, un tomate cortado en rodajas y unas lonchas de un embutido que parecía mortadela, el bocadillo era tan grueso que no me cabía en la boca y al morderlo todo se desparramaba por las comisuras como si aquellos ingredientes quisieran huir de la voracidad de mis mandíbulas, y Jacques aportó una bolsita de cacahuetes salados que había encontrado en la calle, su sinceridad era conmovedora.

La ventana daba a la calle principal, no había visillos, y las luces de los coches iluminó el cuarto toda la noche. Me dormí tarde pero como tenía los ojos cerrados los compañeros de cuarto pensaron que estaba dormido y no hicieron ruido, pero las literas crujieron como jaulas de grillos martirizados y a cada vuelta parecía que iban a desplomarse en cualquier momento.

Fui el primero en levantarse y bajé a desayunar. El comedor estaba vacío, una mujer leía un periódico y al verme entrar se levantó y se metió en la cocina. Salió con una cafetera, me llenó la taza ,rechacé la jarrita de leche, y un bollo con una pizca de mermelada fue mi ración.

Eran las ocho de la mañana y el camión no pasaría hasta las diez. Tenía dos horas para deambular por la ciudad. Memoricé el nombre de la calle, el itinerario, y fui al centro. Vi la espléndida catedral gótica y el centro histórico, paseé por sus callejuelas siempre pendiente del reloj y regresé a mi punto de partida. Faltaban quince minutos, me apoyé en una pared y esperé. A las once empecé a ponerme nervioso, a las once y media me preocupé y a las doce me inquieté, el camión no llegaba y para colmo empezó a llover a cántaros. Decidí esperar media hora más debajo de unos balcones pero fue en vano, mi transporte no llegaba. Tenía que salir de Estrasburgo y opté por el tren. Pregunté por la estación y resultó que estaba muy cerca. La lluvia arreciaba y el vestíbulo estaba lleno. Había un tren a Marsella a las quince horas.Fui a los lavabos, me sequé con las toallitas de papel de una máquina y conté mis escasos francos, el dinero justo y preciso para Marsella, una noche en Bois-Luzy y para llegar a Barcelona.

Llegué a Bois-Luzy temprano.Vi a alguno de mis antiguos compañeros pero Serge se había marchado al poco de irme yo. A Gérard lo habían echado por robar, dormía en los bancos públicos o bajo los matorrales de los parques y comía los paquetes de comida que l’Armée du Salut distribuía a los indigentes, Marius ya no estaba, nadie le había visto salir, Pierre había vuelto a Grenoble y Bob seguía ausente.

Pasé mis últimas horas con Joseph transmitiéndole los abrazos de la familia y contándole nuestro accidentado viaje al norte. Comimos un cous-cous memorable al que nos invitó Ruggero, un italo-suizo que había vendido la maleta que le cambié por su roñosa mochila y quiso compensarme en cierta manera por el desfavorable trueque que había hecho, yo, claro.

No volví a Estrasburgo. El consulado alemán se negó a tramitar ningún documento oficial basado en una carta manuscrita de un sargento estadounidense.


!FRANCIA HABIA TERMINADO Y VOLVI A LONDRES!.




&&&&&

Otros articulos relacionados de este autor son:
"Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".