ÉRASE UNA VEZ EN LONDRES "FOYLES"

Sonntag, 17. Mai 2015


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

F O Y L E S

Hace años Foyles se proclamaba la mayor librería del mundo, después fue la mayor de Inglaterra y ahora, después de la muerte el 1999 de Christina Foyles, es una de la mayores del Londres.


Cuando se subía por Charing Cross desde Leicester Square hasta Oxford Street, a la izquierda, se destacaba la banderola de Foyles anunciando que tenía más de un millón de libros en sus estantes al servicio de sus clientes y yo siempre lo creí.
No era la típica librería, era un edificio de cuatro plantas atiborradas de libros, incluso dentro de una misma planta existían departamentos comunicados por pequeñas escaleras que te adentraban en un rincón sin un centímetro cuadrado libre de papel. Uno de mis lugares favoritos estaba en la segunda planta, detrás de filosofía clásica y religiones del mundo. Bajabas unos peldaños y entrabas en un espacio de unos ocho metros de largo por cuatro de ancho, allí se amontonaban los libros dedicados a la filosofía, psicología, pensamiento alternativo, misticismo, Cábala, traducciones orientales sobre budismo, sectas, nuevos credos, etc. También había folletos sobre todo tipo de manifestaciones místico-religiosas que siempre han proliferado en Inglaterra, revistas que generalmente no pasaban del número 2 dedicadas a nuevos conceptos culturales que revisaban los sustratos más clásicos de la filosofía y la psicología adecuándolos a un lenguaje más moderno, otras dedicadas al ocultismo como Arcane, The Ley Hunter dedicada a la información sobre los emplazamientos megalíticos en Gran Bretaña, Mantra, The Waxing Moon sobre grupos ocultistas y espirituales, New Age School of Meditation, Byakuren Zen, Buddhapadipa Wat, Chinese Tantric Yoga, Sufism, Kongo Zen, Druid Order, Bardib and Druid,etc. Allí tenían cabida pequeños santuarios dedicados a causas perdidas de antemano, revistas dedicadas, por ejemplo, al misticismo angélico, llenas de direcciones donde por media libra te enviaban a tu domicilio hojas mecanografiadas explicando los contactos oníricos de una ama de casa con un grupo de arcángeles rebeldes, otros te comunicaban mantras para cualquier ocasión, el nombre de las estaciones del metro londinense donde podías recibir la fuerza telúrica de los centros energéticos del Atlántico, cómo interpretar las mareas, leer las nubes y los estratocúmulos, aplicar la numerología al sexo…… Siempre que iba a Foyles una visita obligada era la del departamento de idiomas. Era un placer desplazarse de un estante a otro siguiendo la ruta de los diccionarios y gramáticas, pequeños volúmenes dedicados a las lenguas dravídicas, altaicas, urálicas, lenguas y dialectos austro-melanésicos como el Ajié, Boewe, Sirhe, Anesú, Dubea….. lenguas que a mitad del siglo XX apenas hablaban unos pocos cientos de personas y que algunas de ellas ya han desaparecido de la faz de la tierra, lenguas africanas que siempre consultaba algún misionero en ciernes o un aprendiz de diplomático, tailandés, vietnamita, camboyano, mongol…….Un universo paralelo, un contraste con las aglomeraciones delante de la sección dedicada al inglés por parte de los estudiantes extranjeros.No recuerdo si era en el primer piso o en el segundo que había lo que llamaría “el rincón del bibliófilo”.....

un arco de medio punto daba entrada a una sección alfombrada, con dos sillones de estilo inglés, dos mesas de madera noble con unos atriles donde reposaban gruesos volúmenes de piel con ribetes dorados y cintas multicolores para señalar las páginas, tinteros de cristal, de plata, grandes y pesados, plumas de ganso, hasta el polvo era noble allá dentro……. Las paredes forradas de estanterías de madera oscura, sólidas, albergando colecciones de literatura inglesa, pequeñas joyas de la erótica europea, colecciones numeradas de las obras de Shakespeare ilustradas por grandes dibujantes, la Divina Commedia en pergamino, los diarios privados de Samuel Peyps en octavo, múltiples ediciones de Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, un monumental volumen de Volpone de Ben Johnson, seguido por su The Alchemist con anotaciones, el Pendennis de Thackeray ilustrado por el mismo autor, las primeras ediciones del Tom Jones de Fielding, ediciones infantiles de las obras de Dickens, los impresionantes grabados de William Blake con sus versos en rojo sangre y plata bruñida, una edición numerada de Chaucer, los ensayos de Locke con comentarios manuscritos, la Morte d’Arthur de Malory con grabados de la época bajo una finísima hoja de seda…………

También era inevitable la presencia de un empleado que supervisaba todos los movimientos y que el grosor de las bolsas o carteras de los clientes no abultasen más a la salida que a la entrada sin antes haber pasado por caja. Algunas grandes colecciones como Penguin y Everyman tenían sus estantes propios con sus libros en rústica. Eran los más frecuentados por los estudiantes debido a sus precios asequibles y a la calidad de las publicaciones. Tenían cubiertas sobrias, un buen papel que amarilleaba con el tiempo pero que era resistente y sus lomos eran compactos y duraderos. Cubrían toda la literatura clásica universal con traducciones de especialistas y eruditos, con tipos de letra perfectamente legibles y con poquísimos errores de impresión, todo un lujo para los que como yo teníamos más viento que monedas en los bolsillos.

Con la muerte de Christina Foyles la vieja librería fue remodelada por los herederos. Todo fue modernizado y, evidentemente, el acceso a los libros fue racionalizado.

Desaparecieron colecciones enteras de libros que nunca se habían vendido pero que seguían ocupando anaqueles a la espera de un lector que descubriese sus tesoros. Sin embargo, todavía se mantiene una tradición que sorprendió cuando fue fundada : estantes con los libros clasificados por la empresa editorial, generalmente en la primera planta, alrededor de las escaleras que llevan a los pisos superiores y donde se encuentra el diminuto ascensor. Fue calificada de estrambótica e ilógica en aquel tiempo, pero yo creo que es una fue idea estupenda ya que te permitía encontrar los autores más fácilmente porque en la mayoría de los casos cuando el libro desaparecía de las listas de las novedades sólo tenías que recorrer las editoriales por orden alfabético.

No echo de menos al viejo Foyles puesto que todavía sigue allí, y aún siento la misma emoción cuando entro y paseo mi mirada por todos los libros que alguien ha escrito esperando a un lector que esté deseando volver a casa para leerlos.


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"ERASE UNA VEZ EN MARSELLA ... MARIUS"

Freitag, 5. Dezember 2014


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


-M A R I U S–


Marius llegó a Bois-Luzy una mañana de abril. Había estado lloviendo durante todo el día y los habituales estábamos en el comedor jugando al ajedrez mientras Ferdinand freía un filete en la cocina. Había estado allí en varias ocasiones, sólo unos días, de manera esporádica pero conocía a Tirol, el director del albergue, y a Frank. Se saludaron brevemente y Marius subió a los dormitorios.



Apareció por la noche con una bolsa de supermercado. Entró en la cocina y se preparó unos huevos fritos.Yo estaba hablando con Abderramán sobre su aventura con una chica suiza que le había contagiado unas purgaciones de caballo. Ferdinand me preguntó sobre mi trabajo con Monsieur Lagier y le dije que no había nada hasta dentro de un par de semanas. Marius se sentó a mi lado, hizo el gesto inútil pero educado de ofrecerme su plato y empezó a comer. Abderramán seguía quejándose de las molestias que sentía, Ferdinand, huraño como siempre, masticaba una manzana con fruición y dejaba que su jugo se deslizara por las comisuras de sus labios que brillaban bajo los fluorescentes ennegrecidos por los cuerpos de los insectos quemados.

Marius me preguntó si buscaba trabajo. Sí, había estando limpiando pisos para la agencia de los Lagier, pero no tenía nada inmediato. Me dijo que si quería podía trabajar con él vendiendo revistas por los barrios. Se trataba de una revista dedicada a los niños discapacitados, “Feu Vert à l’Espoir”. Había una pequeña comisión por cada revista vendida, se cobraba al final de la jornada al hacer la liquidación a la empresa que gestionaba la publicación y así mientras hubiera revistas. Salía un número semanal con mucha información, entrevistas, residencias especiales, cursos de formación, etc. Era una obra patrocinada por el ayuntamiento y otras entidades municipales.



Le vieux port de Marseille ...
A la mañana siguiente Marius y yo estábamos en la Canebière esperando a un tal Henri, nuestro interlocutor. Una furgoneta se acercó a nosotros y una mano nos saludó por la ventanilla. Henri era un joven casi escuálido, con pelo grasiento, cara de caballo, labios muy finos y una mirada aviesa. Había trabajado anteriormente con Marius pero la mirada que se cruzaron mientras se daban la mano era de pocos amigos. Me presentó pero Henri casi ni me miró, se ajetreó con unos paquetes de revistas que sacó de la parte trasera del vehículo y preguntó cuántas revistas queríamos. Marius le dijo que como no teníamos coche ni moto dos paquetes de veinticinco, por ser el primer día, ya estaría bien. Henri sonrió de forma caballuna y dijo que si las vendíamos todas el primer día sería todo un éxito y Marius replicó que todo dependía de la zona. Nos dio a escoger dos rutas, una casi en la periferia y otra al oeste de la ciudad, y Marius eligió la más alejada del centro. Quedaron en que llamaríamos nosotros por la noche desde el albergue para decir cuántas necesitaríamos al día siguiente.

Cogímos un autobús que nos dejó en un barrio de clase media. Marius me fue dando instrucciones de venta en el autobús, él ya había trabajado vendiendo libros y revistas. Nos repartimos la calle, él los pares y yo los nones.

Algunos pisos no contestaron al llamar por el interfono, otros no abrieron la puerta al decirles que se trataba de una revista y algunos me escucharon, hicieron preguntas y me cerraron la puerta cabeceando una negativa. Al cabo de dos horas no había vendido ni una y Marius tres a unas hermanas medio sordas y medio dormidas. Comimos un bocadillo de “foie-gras” que nos prepararon en un “bistro” cochambroso y nos repartimos una cerveza. Volvimos al ataque hasta las siete de la tarde con un resultado descorazonador: seis revistas, pero Marius dijo que volveríamos al día siguiente. Le dimos la nueva a Henri que se carcajeó como un demente e insinuó que con las que nos quedaban teníamos para toda la semana, pero Marius no se arredró e insistió en otro paquete para el día siguiente.

Marius sugirió cambiar de estrategia. Cada uno “trabajaría” una calle y nos encontraríamos cada hora. Empecé con entusiasmo.


La belle de Mai.

No había portería ni telefonillo, así que subí por una escalera estrecha, mal iluminada y llamé a una puerta. Oí que unos pasos se arrastraban por el suelo y pensé que era una persona mayor. Era una mujer madura. Llevaba una bata con volantes, como las que llevaban las coristas en el cine y desprendía un perfume ajazminado de antiguos efluvios. En la pared de la entrada había un espejo donde se reflejaba el interior de un dormitorio o alcoba ya que la puerta estaba completamente abierta. Se veía una cama con una colcha de color rosa, paredes del mismo color y una lamparilla con una pantalla de color rojo. Le ofrecí la revista y la mujer me compró una. Entornó la puerta un instante y volvió con un portamonedas. Me dio varias monedas y cuando buscaba el cambio me dijo que me lo guardara. Se lo agradecí y durante unos segundos nos miramos fijamente.



Tenía la piel ajada y las mejillas se desplomaban sobre unos labios gruesos, el cabello era crespo de tanta permanente y ligeramente quemado en las puntas, los ojos medio cerrados por falta de sueño estaban rodeados por una telaraña de arrugas. Quizás ella imaginó lo que yo estaba pensado y se puso tensa pero yo le ofrecí la mano. Eran unos dedos firmes y cálidos.

Cuando bajé me encontré con Marius que parecía radiante. Había vendido seis revistas en una misma escalera y sólo eran las once. Yo le indiqué donde había estado y cuando le señalé la casa vi la mujer que me había comprado la revista en la ventana. Soltó el visillo cuando se dio cuenta de que la miraba pero volvió a asomarse al ver que yo la saludaba con la mano y me dedicó una sonrisa.

Fue un buen día.


Un jueves fuimos a un barrio que se llamaba “la Belle de Mai”, un nombre muy bonito para un lugar muy humilde. No vendimos nada hasta que una mujer del mercado nos dijo que nos acercáramos a la escuela, quizás allí nos comprarían alguna revista. Era una escuela rodeada por un muro medio derruido y con un patio de gravilla con unos maderos que pretendían ser los palos de una portería de fútbol. La fachada se caía a pedazos y la humedad rezumaba por todas partes. Nos atendió el director, no podía comprar nada pero nos pidió que les explicáramos a los niños de qué trataba la revista. Nos introdujo en un aula llena de chiquillos. Se callaron al instante, como asustados por nuestra presencia inesperada. Mientras Marius exponía someramente los temas de la publicación yo me fijaba en aquellas caras con unos ojos enormes, abiertos, brillantes, ansiosos de todo, expectantes. Cada uno vestía como podía, con zapatos gastados, abiertos por las puntas, las piernas sucias, llenas de arañazos, pelos revueltos, falditas hechas con cualquier paño que sobró de algún traje o de un vestido de una hermana mayor o de una vecina, camisas con más ojales que botones, blusas grises de tanto lavado….. pero siempre recordaré sus ojos.



Eran ya mediodía y no habíamos vendido nada. A media tarde entré en una callejuela con casas de dos plantas. Llamé y me abrió una chiquilla de unos ocho o nueve años. Me dijo que me esperara, que llamaría a su madre. Desde el interior me llegó la voz de una anciana. Le decía a la niña que no llamara a su madre, que si compraba aquella revista ella no podría comprar el pan para hacerle el bocadillo para el desayuno. Fue como una sacudida eléctrica. Miré a mi alrededor. El lugar no estaba asfaltado, lleno de hoyos y abrojos donde dormitaban unos gatos legañosos. No esperé a la niña, me volví y cuando llegué a la calle principal me di la vuelta, la niña me miraba desde la puerta y me saludaba con la mano.



Aquel día sólo vendimos media docena de revistas. Marius echaba chispas y despotricó contra Henri por habernos mandado a un barrio donde ya habían pasado otros compañeros una semana antes. Me dijo que nos quedaríamos con el dinero como compensación. Por la noche los gritos de Marius hablando por teléfono con Henri resonaron hasta los dormitorios del piso superior. Quedaron en que Henri pasaría a recoger las revistas sobrantes por el albergue y que ya no trabajaríamos más para él. Preparamos nuestros habituales bocadillos de “foie-gras” pero esta vez con dos cervezas.

Al día siguiente yo volví a la biblioteca, mi lugar favorito de Marsella cuando no tenía trabajo, mientras esperaba una llamada de Monsieur Lagier que tardó en llegar. Marius deambuló unas semanas más por Bois-Luzy, ahora apenas nos veíamos pues llegaba muy tarde por la noche, trabajaba de camarero en un bar del puerto y un día en que llovía a cántaros desapareció.

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ÉRASE UNA VEZ EN ……MARSELLA..."DANIEL"...

Montag, 14. Juli 2014


DANIEL, un tipo alto y desgarbado me observaba ceñudo mientras Monsieur Lagier me presentaba. Se dedicaba a limpiar cristales por toda Marsella y colaboraba estrechamente con el matrimonio Lagier.
Yo había empezado a trabajar para los Lagier limpiando pisos pero ahora tenía que limpiar todos los aseos, baños y duchas de una clínica de adelgazamiento que se acababa de construir en las afueras de Marsella, en el campo. Lagier me llevaba en coche hasta allí y por la tarde volvía a la ciudad en un Citroën renqueante, sucio, oliendo a disolvente, de un pintor vietnamita que durante el trayecto de vuelta nunca abría la boca y tenía los labios siempre fruncidos como si le doliera el estómago o tuviera intenciones criminales. Daniel aparecía cuando yo terminaba a eso de las seis. Montaba una motocicleta llena de parches y alambres por todas partes y siempre iba con una mochila gris tan vieja que debía ser como mínimo de algún superviviente de la línea Maginot.
Un día llegó más temprano, me localizó y se sentó a mi lado mientras yo comía un pedazo de pan con queso. Él llevaba una tartera y me ofreció media tortilla, medio tomate y un trozo de carne empanada junto con un trago de vino tinto. Era la primera vez que hablábamos desde que Lagier nos presentó y ahora ya no estaba ceñudo, todo lo contrario. Estaba casado con una mujer argelina y tenía un chico de ocho años. Vivía al norte de Marsella, en una zona donde todavía quedaban pequeñas casas con higueras y manzanos, donde no llegaban los autobuses y en lugar de carreteras había caminos de tierra llenos de baches y rodeados de matorrales y flores silvestres. A partir de aquel día empezó a llegar antes y comíamos juntos, siempre de la tartera que su mujer empezó a llenar más de lo habitual y que yo interpreté como una invitación ya que Daniel decía que el capitalismo en cualquiera de sus formas y manifestaciones siempre explotaba a los trabajadores, y yo no era una excepción, especialmente cuando se enteró de que llevaba varios meses sin trabajo, sólo lcon as pocas faenas que me daba Lagier. Durante dos semanas estuvimos trabajando juntos: él limpiando los grandes ventanales de las habitaciones y yo los blanquísimos aseos y lavabos, comíamos juntos, sentados en el suelo de linóleo de las habitaciones, y charlamos mucho.
Era el último día en la clínica. Daniel me dijo que cuando no trabajara para Lagier podía ayudarle a él a limpiar cristales, escaparates, etc. Tenía una lista de bares y pequeños restaurantes fijos y todos los días hacía una ronda y había trabajo para dos. Se lo había comentado a Lagier y éste se había mostrado de acuerdo ya que después de la clínica no tenía nada más para mí. Acepté encantado, me gustaba Daniel, era franco, un buen tipo y Lagier decía que era la persona más honrada que conocía. Aquella noche en Bois-Luzy, por primera vez desde que estaba allí, me comí un filete que la mujer de Daniel le había dado para mí. Era tan grande que no cabía en las pobres sartenes del albergue que desconocían las dimensiones de un buen trozo de ternera, por falta de experiencia, claro. Lo compartí con Frank que a pesar de ser el encargado tampoco no recordaba haber visto nunca un filete de tres dedos de grosor. Sólo estábamos los dos y él aportó una “baguette” que confiscó del estante de Ferdinand, antes que la birlara Abderramán o que se apropiara de ella Gérard que llevaba una temporada de caco de avituallamiento. Media botella de tinto, no quise preguntar de donde procedía, nos regó la cena y casi me dolían las mandíbulas de tanto masticar o de lo poco que las había ejercitado últimamente.

MARSELLA


Daniel me esperaba en L’Estaque y desde allí fuimos a un bar en Saint Herni. Era el típico bar mediterráneo lleno de gente y de humo, con mesas cuadradas de mármol amarillento y patas negras de metal forjado. Era grande, con un comedor al fondo separado de las mesas de la entrada donde se amontonaban los clientes jugando al dominó y a las cartas por dos columnas entre las cuales se alzaba un mueble lleno de cajones coronado por un espejo enorme. Me presentó al dueño, me dejó dos cubos, uno para el agua y otro con estropajos, bayetas, un bote abrillantador, detergente, y se marchó a otro bar, pasaría a recogerme al cabo de una hora. Me subí al mueble. Quedaba a un metro del suelo y desde aquella altura miré a mi alrededor. Los clientes eran los de toda la vida, muchos vivían allí y seguramente los que ya no lo hacían volvían también si no estaban lejos para seguir con sus partidas llenas de gritos, maldiciones, exabrutos, todo envuelto en la neblina azul del tabaco. Puse manos a la obra. Daniel me había dado unas someras instrucciones básicas e intenté hacerlo como me había indicado. El tiempo pasó volando y casi sin darme cuenta Daniel apareció a mi lado para decirme que ya estaba bien y podíamos marcharnos; ahora tocaba Le Quartier de l’Opéra, un pequeño restaurante que abriría para la cena en un par de horas, allí trabajaríamos juntos para terminar antes. Daniel se pasó el rato charlando con la dueña, una anciana de pelo blanco con un delantal almidonado y grandes lazos en los hombros y repasando unas vitrinas llenas de grandes cazuelas con pescado en escabeche, patés, alcachofas rellenas con picadillo de carne adobada con finas hierbas, lenguas de ternera con champiñones enteros, mejillones a la marinera, y ostras sobre un lecho de hielo picado y enormes hojas de col. Terminanos a tiempo y nos invitaron a tomar una cerveza y unos mejillones a la marsellesa, es decir, crudos, que se remojan en diversas salsas a gusto del comensal. Mi primer trabajo con Daniel.
Un día Daniel me dijo que tenía un pequeño cobertizo en su jardín y que si quería podía ir a vivir con ellos, ya lo había hablado con su mujer y le parecía bien, así no perdería tanto tiempo yendo y volviendo de Bois-Luzy que quedaba lejos de allí y como la zona principal de trabajo quedaba más cerca aprovecharíamos más el tiempo. Me pareció una idea estupenda, tener un sitio para mí, en Bois-Luzy era simplemente imposible, ni en los lavabos se estaba tranquilo, era un lujo.
Durante varias semanas recorrí Marsella de bar en bar y de restaurante en restaurante. Algunas veces me tocaban los escaparates de alguna tienda o de un supermercado, pero yo prefería los sitios con gente como los bares, llenos de bullicio y el trabajo era más llevadero entre los gritos y las risotadas de los parroquianos, y siempre caía alguna cerveza, un vaso de vino, una tapa de pepinillos o mejillones. La mayoría de las veces iba solo, ya me conocían y había aprendido a limpiar cristaleras y vitrinas como un profesional. Casi nunca volvimos a comer juntos, iba a los lugares más distantes con su motocicleta mientras yo me dedicaba más al centro, recorrí todo el Vieux Port, L’Estaque, La Pointe Rouge, Bonneveine, Pharo, Rabatau, Endoume, Bonpard, Roucas, etc. De hecho, todo estaba lejos de Bois-Luzy, o mejor dicho, Bois-Luzy estaba lejos de cualquier sitio.

VIEUX PORT


Comía solo y siempre buscaba un parque o un jardín público. Frecuenté lugares como Corbière, La Colline Puget, La Magalone, Des Vestiges, Pharo-Emile, Borély, L’Oasis, Bois-Sacré, etc. Allí engullía mis “baguettes” con paté, quesos como el Camembert, Brie de Meaux, Charolais, Gratte Paille, Mimolette, Raclette, Niolo, Pavé d’Auge, Beaufort …. Cerca del puerto había un pequeño supermercado que tenía docenas de quesos y yo siempre quería probar uno diferente, y durante mucho tiempo fui un cliente asiduo, aunque sólo compraba los económicos; el queso fue mi almuerzo o mi cena durante toda mi estancia en Marsella.
Mi traslado a casa de Daniel se demoraba pero como tenía un trabajo estable y unos ingresos mínimos, pero seguros, la precariedad que siempre había marcado mi estancia en el albergue, donde Frank tenía que dar siempre largas a Tirol, el director, y explicar por qué nos demorábamos tanto en el pago, disminuyó y algún sábado iba a la rue Chapelier y comía un buen “cous-cous” en uno de aquellos restaurantes con una simple cortina a guisa de puerta, llenos de moscas y polvo por doquier pero donde la sémola de trigo, el pollo , el cordero y las verduras eran un manjar.
Habían transcurrido tres meses y mi traslado parecía inminente, pero de repente Daniel desapareció. Ya no me llamaba y un día le pregunté a Lagier si le había pasado algo. No sabía nada él tampoco, le había dejado varios recados a Alzima, su mujer, pero no había llamado. Me dijo que tenía problemas económicos pero que parecía que poco a poco lo iba solucionando, de hecho, llevaban colaborando varios años y Daniel era muy trabajador pero no hablaba a penas de él, era muy reservado. Era cierto, habíamos hablado muchas veces pero nunca me había contado nada de su vida, sólo pequeños detalles sin demasiada importancia, seguía siendo prácticamente un desconocido, aunque era evidente su generosidad y seriedad, y Lagier siempre insistía en ello.
Frank me llamó, tenía una llamada telefónica, era Lagier. Pensé en que tenía algo para mí pero no, no fue así. Daniel se había suicidado. Lagier me lo dijo de repente, como si le costara hablar y sólo haciendo un gran esfuerzo lo había soltado de golpe. Nadie sabía lo que había pasado, ni siquiera Alzima que había llamado desolada. Lo había encontrado en el cobertizo del jardín, colgado de una viga, sin una nota, nada que explicase la tragedia. Fui rápidamente a la tienda de Lagier. Al entrar me dijo que Alzima acababa de irse con el pequeño Laurent. Salí inmediatamente. Ví una mujer completamente de negro con un niño que se cogía de ella como si quisiera volver a entrar dentro de la madre y olvidar el presente, se abrazaba a Alzima de tal modo que a veces tropezaban hasta el punto de casi caerse. Me quedé allí, en el umbral, viendo como sus figuras oscuras disminuían y se reducían a la nada en la distancia.

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ÉRASE UNA VEZ EN … MARSELLA ... LA BIBLIOTECA.

Montag, 14. Juli 2014


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com




LA B I B L I O T E C A

Después de Bois-Luzy, el lugar donde pasé más tiempo fue en

la biblioteca

de Marsella.


Estaba cerca de la estación de tren de Saint Charles, en un vetusto edificio de sobria fachada. Siempre fui andando desde el albergue, una hora de camino. Abría a las diez de la mañana y a aquella hora no había apenas lectores durante la semana y podía elegir los mejores sitios, generalmente al fondo, cerca del mostrador donde se pedían y se recogían los libros.

En la entrada, a la derecha, estaba el estrado de la bibliotecaria con su aire clásico : correcta, seca y eficiente, y sólo sonreía cuando salías, al entregarle la lista con los títulos de los libros leídos, lista que te entregaba displicente tan pronto entrabas. Allí debías anotar los libros que querías leer o consultar y para ello tenías que ir a los archivos, un mueble con muchos cajetines de madera con una etiqueta engarzada dentro de una placa de latón abierta en su parte superior y donde figuraban las iniciales de los títulos y otros con las de los autores. Todo estaba escrito a máquina, seguramente una vieja Underwood, con algunas letras bamboleantes que subían y bajaban según la presión al teclear. Una vez localizado el texto o el autor lo anotabas en la lista y a continuación ibas al fondo a través de una arcada. Allí se abría una especie de túnel y un mostrador de madera absolutamente viejo. Dos hombres con guardapolvos de color arena te esperaban como si fueses su enemigo y cuando recibían la lista la escudriñaban esperando encontrar algún error y si era correcta penetraban aquel túnel de claroscuros donde se erigían estantes y estantes llenos de libros que algunas veces desbordaban los anaqueles. A veces tenían que ir hasta el final, una zona que el ojo humano no podía distinguir en la oscuridad y donde ellos desaparecían como tragados por una niebla asesina. Cuando les costaba encontrar los libros su tardanza era motivo de angustia y desasosiego puesto que volvían enfurruñados y con los labios fruncidos en una mueca que no presagiaba nada bueno, pero lo peor era si volvían con las manos vacías, lo cual significaba que alguien lo estaba leyendo o lo había pedido prestado y no había ningún otro ejemplar, entonces sus ojos echaban chispas, la voz devenía gutural y era mejor retroceder mascullando excusas antes que algún rayo te fulminara. Si el libro estaba disponible lo tomabas sonriendo y volvías raudo al sitio que habías elegido, cuando era posible, claro.

La biblioteca era una nave de techo alto y de donde colgaban los fluorescentes como cuerdas de ahorcado. Las mesas eran larguísimas, llenas de muescas donde se destacaban las palabras soeces, declaraciones de amor y nombres femeninos. En el centro lámparas de latón con un par de bombillas, situadas de manera opuesta para cubrir más espacio, y las paredes estaban llenas de volúmenes antiguos, algunos de proporciones gigantescas que nadie hubiera podido leer sin antes haber hecho un curso especial de gimnasia y resistencia física.

Mis primeras lecturas fueron las traducciones de textos tibetanos de Alexandra David-Neel. Bob me habló mucho de aquella mujer que vivió en el Tibet durante años, dominaba el tibetano y varios de sus dialectos, fue ordenada monja budista y estudió en las lamaserías más importantes del país. En aquellos años vivía retirada en Digne, una pequeña localidad no muy lejos de Marsella, sola con sus libros ya que su ahijado, el Lama Yogden, había fallecido en 1955. Allí rodeada de tapices, jarrones, bronces y de una extraordinaria biblioteca consumía sus últimos años una mujer excepcional. Había vivido en la India, cruzado el Tibet a pie, visitando monasterios colgados en precipicios casi inexpugnables y había permanecido meses y meses aislada en una pequeña cabaña (“tsams khang”, en tibetano) a casi 4.000 metros de altitud. Bob había asistido a unas charlas en su residencia y quería volver a verla, pero era ya demasiado tarde, falleció en septiembre de 1969, a la edad de cien años, tres meses antes Bob y yo habíamos hecho planes para ir a visitarla.

Todavía conservo el cuaderno donde anotaba los libros a leer. Allí tengo incluso el número de archivo correspondiente : Alexandra David-Neel (J.13494): Textes Tibétains Inédites , A. Choozku (46261): Théâtre Persan, Choix de Téazies, Kalidasa (46254): Vikrahorvaçi, Cûdchaka (46255): Le Chariot de Terre Cuite, J.B. Chabert (7680): Littérature Syriaque…….

Los sábados la biblioteca estaba llena de estudiantes y apenas encontrabas una silla donde sentarte y mucho menos unos centímetros de mesa donde posar los libros. Las colas en el mostrador eran agotadoras porque los dos “libreros” iban y venían con pasos cansinos demorando las entregas. Cuando no tenía trabajo me pasaba el día allí y evitaba los sábados y las tardes en época de exámenes.

Un martes llovía a cántaros, no tenía paraguas y llegué hecho una sopa, chorreando agua por todas partes, hasta el cerebro navegaba en un charco. Al entrar, eran poco más de las diez, un gesto imperativo de la bibliotecaria me detuvo. Me miró de arriba abajo y clavó sus ojos de águila en mis zapatos abiertos por las costuras y que emitían un sonido sordo de chapoteo al andar arrojando chorros de agua hacía afuera. Movió desalentada la cabeza y me dijo que no podía entrar con aquel calzado, me indicó con la mano una silla a su izquierda, que esperara allí, habló un instante con su ayudante, una joven en prácticas que siempre tenía aspecto de no estar allí, de no saber qué hacía allí y de desconocer porqué estaba allí, y luego desapareció. Su ayudante me dirigió una mirada que me pareció dura pero luego supe que era muy miope. Cuando volvió la bibliotecaria llevaba en la mano un par de zapatillas deportivas, unos calcetines y una toalla. Me dijo que me cambiara en el lavabo y que entonces podía entrar. A partir de entonces nos saludábamos con deferencia.

Alguna vez me acompañaba algún compañero de Bois-Luzy pero con la condición de que cada uno estaría allí el tiempo que quisiera y si uno quería salir o entrar era asunto suyo. Generalmente volvía solo y entonces me demoraba en algún supermercado buscando las ofertas del día antes de subir la escalinata del albergue y meterme en la cocina a cocinar mis sempiternos guisantes o mis macarrones. Cuando no tenía tomate les añadía toda clase de hierbas y aún así se pegaban al gaznate con una persistencia digna de encomio.

Los días calurosos eran insoportables. Unos ventiladores situados estratégicamente por alguien que nunca había estado allí leyendo removían un aire viciado que sólo trasladaba el sudor de un lado para otro. Las ventanas eran altas y siempre estaban cerradas. Yo entraba y salía cada dos horas. Me agazapaba bajo la sombra de los balcones o de las ramas de los árboles y subía a Saint Charles. Allí me sentaba cerca de los andenes donde aparte de circular los trenes pasaba un airecillo vigorizante aunque malsano. Buscaba algún periódico, casi siempre lo encontraba, localizaba un banco bien situado y leía hasta que mi cuerpo volvía a la normalidad. Volvía a la biblioteca seguido por la mirada de reprobación de mi amiga ya que a cada entrada y salida tenía que coger y devolver el papelito de marras, pero una vez se lo expliqué me comprendió aunque no le gustó. Ella tenía dos ventiladores cercanos, uno de ellos fijo en su dirección apuntando hacia arriba y otro dando vueltas hacia abajo.

La última vez fui con John, un canadiense que se quedó unos días en el albergue. Me habló de Carlos Castaneda, cuyo primer libro causaba furor en Canadá y quedamos en que me mandaría un ejemplar cuando volviese. Y así lo hizo. Recibí el ejemplar con una dedicatoria y con la noticia de que su padre había fallecido. En la nota decía que el libro tenía que circular, él lo había recibido de un amigo americano con esa condición y así lo hice. Años más tarde alguien me lo devolvió porque había vuelto a su casa después de un largo periplo entre parientes, amigos y conocidos, pero que nadie había prácticamente leído porque estaba en inglés, a pesar de insistir que él sabía suficiente inglés. Ahora lo tengo junto con otros del mismo autor y su lomo viejo y desgajado destaca entre ellos.


Marché a Estrasburgo con la mochila de un italiano con el que hice un trueque con mi maleta. Llevaba mi primera gramática de japonés y mi eterno ejemplar de las obras completas de Shakespeare que compré en Londres por una libra esterlina en Foyles. No pude despedirme de la bibliotecaria, se había jubilado y se había retirado a un convento.

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ERASE UNA VEZ EN ... ORANGE, MORNAS, LYON, DIJON. ( PRIMERA ETAPA DEL VIAJE ... )

Dienstag, 22. April 2014


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


Marché hacia Estrasburgo una mañana del mes de mayo. Iba con Louis a quien había conocido en Bois-Luzy. Louis yJoseph eran hermanos. Habían nacido en Argel, hijos de una mujer española que llevaba muchos años en el país del norte de África, y sólo hablaban francés.

Habían estado en la Riviera trabajando de camareros pero tuvieron problemas con los dueños del restaurante y prefirieron cambiar de aires, y se trasladaron a Marsella. Todos los “fijos” del albergue teníamos el mismo problema laboral: un paro crónico que sólo Frank, el encargado,y Ferdinand, que trabajaba en una ferretería, habían superado, y se unieron al
grupo.

La muerte de Daniel me afectó mucho y durante unos días apenas me moví de Bois-Luzy. Los hermanos no tenían dinero y compartí con ellos los pocos francos que tenía de mi último trabajo. Mis lentejas llegaron a ser famosas, no por su calidad sino porque fueron el único plato que ingerimos durante semanas. Un mediodía con otros tres compañeros decidimos ir al mercado municipal de la Cannebière. Nos habían dicho que a la hora del cierre los vendedores dejaban las hortalizas, frutas y verduras que no habían vendido y que estaban demasiado maduras o estropeadas para vender al lado de los contenedores de basura. Además, a veces, se encontraban otros comestibles abandonados, una posibilidad que teníamos que aprovechar.

Los comerciantes habían ya cargado las furgonetas y desmontado los tenderetes del exterior del mercado. Nos dividimos en tres grupos y empezó nuestra “busca y captura” para la supervivencia. Llevábamos muchas bolsas de plástico que Frank, escéptico, como siempre, nos dio para animarnos pero nos recordó que debíamos devolver las vacías, esto lo dijo con una leve sonrisa. Los adoquines del recinto rezumaban todo tipo de jugos, y por todas partes se amontonaban lechugas podridas, hojas de coliflor, tronchos cortados y marchitos de puerros, cebollas ennegrecidas, ajos desmochados, apios manchados, patatas llenas de agujeros con agua pútrida, tomates aplastados, nabos reventados, chirimoyas con gusanos, frutas que de tan maduras se deshacían sólo de tocarlas…………………. Con nuestros cuchillos fuimos limpiando los trozos que parecían comestibles y al cabo de una hora y media habíamos llenado varias bolsas. No era un gran botín, pero suficiente para una cena o dos. El regreso fue más animado, teníamos una hora larga de camino y aprovechamos para comer la fruta que habíamos podido recuperar.

Frank meneó la cabeza compadeciéndonos cuando vio lo que habíamos encontrado, pero aquella noche hicimos un potaje de verduras que la sal, pimienta, pimentón y las hierbas de la cocina enriquecieron considerablemente. Llenamos las panzas y recobramos un poco del humor perdido los últimos días. Llamé a Serge para compartir mi ración, la rechazó inicialmente pero yo insistí, era mi cena y sabia que él no había comido nada aquel día, y él hubiera hecho lo mismo conmigo.

Seguíamos sin encontrar trabajo. Los Lagier también estaban en horas bajas y el paro crecía en toda la zona de Bouches-du-Rhône. No sabía que poco después empezaría un nuevo viaje.

Louis y Joseph habían trabajado en Estrasburgo y me comentaron que allí habría más posibilidades de trabajo, además tenían una hermana que vivía en Wissembourg, su marido era conserje de un instituto y tenían una vivienda en las instalaciones. La población era fronteriza con Alemania, el instituto estaba justo en la frontera, y mucha gente trabajaba en la fábrica de Mercedez-Benz a apenas media hora en coche de la frontera. La empresa disponía de autocares que recogían a los trabajadores en sus diversos turnos y regresaban al atardecer; encontrar trabajo allí, en última instancia, no seria difícil. Pero Estrasburgo era la meta.

Joseph prefirió quedarse en Marsella. Dibujaba muy bien, tenía un trazo extraordinario, pero se había especializado en “tebeos” de hazañas bélicas y su época ya había pasado. Sus viñetas llenas de submarinos alemanes y aviones británicos no interesaban a nadie, tenía que reciclarse y era el momento de hacerlo.

Teníamos que hacer el viaje en “auto-stop”, apenas teníamos dinero para comprar provisiones y ahorrar era imprescindible. Una furgoneta nos dejó en Aix-en-Provence, cerca de la gran universidad. De un vehículo a otro fuimos haciendo cortas etapas esperando llegar a Dijon al día siguiente, pero las cosas no habían de ser tan fáciles.

Llegamos a Avignon al atardecer y nos dispusimos a dormir cerca del palacio papal, en un prado con grandes árboles. Al despertar estábamos rodeados de sacos de dormir donde unos chicos roncaban como benditos. Sin duda era el lugar preferido de los auto-stopistas sin suerte ni dinero. Dejamos Avignon temprano, los ronquidos y la humedad nos estimularon a ir a buscar una carretera que fuera al este.

Un coche se detuvo y preguntamos adónde iba, el conductor, un tipo joven, alegre, nos dijo que cerca, pero nunca imaginamos que nos dejaría al cabo de un kilómetro, había llegado a su casa, un lugar en medio de la nada. Estuvimos horas y horas esperando. Eran las ocho y empezaba a oscurecer. No tuvimos más remedio que internarnos en un bosquecillo y pasar la noche rodeados de pinos y de luciérnagas. A las cinco de la mañana volvimos a la carretera. Pasaron las horas y hasta mediodía no pudimos encontrar ningún vehículo. A las cinco de la tarde llegamos a Orange, unos simples cien kilómetros desde Marsella, y nuestro ánimo empezaba a flaquear, por no decir nada de nuestro humor que empeoraba con el tiempo, un cielo lleno de nubes oscuras que amenazaba un torrente de agua. El conductor nos había hablado de la antigüedad romana de Orange, su espléndida fuente en el centro de la población y quizá por altruismo nos dejó justo allí, rodeados de coches que circunvalaban la noble piedra de la fuente. Una parada de autobuses fuera de uso nos acogió con su techo de obra y su banco de madera húmeda y casi carcomida. Dormimos medio sentados, rodeados de una cortina de agua que llenaba los hoyos de la carretera comarcal.

Al día siguiente un coche destartalado lleno de libros viejos con destino a Mornas, unos diez kilómetros de Orange, nos dejó a primera hora de la tarde al pie de la fortaleza que domina la población. Era un pueblo pequeño, con una plaza central donde un camión con la parte trasera transformada en tienda ambulante de embutidos y quesos pregonaba sus exquisiteces a los pocos transeúntes que en aquellas horas todavía calurosas se atrevían a circular por sus calles. Recuerdo una panadería. Estaba en la misma plaza, se bajaban unos peldaños de roca gastados por los años y al fondo había un mostrador, y detrás estantes con enormes hogazas de pan, crujientes panes de centeno, panecillos blancos como la nieve, pasteles, pizzas coronadas de marisco, tartas de hojaldre, empanadas aún calientes de las que emanaban pequeñas volutas de vaho……..... El interior era fresco, casi frio, muy agradable, tanto que me demoré un buen rato mientras simulaba interesarme por casi todos los productos que allí había. Nos instalamos en las afueras, al pie de un despeñadero, un llano con un riachuelo y una tranquilidad tan absoluta que decidimos pasar allí el resto de la tarde y la noche. Dimos un paseo siguiendo el río y cogimos muchas cerezas y de un campo que parecía abandonado muchas patatas que asamos en las brasas de la hoguera que encendimos con toda precaución. Estaba oscureciendo do cuando se nos unió un suizo atraído por el agradable olor de las patatas y del tomillo y la retama que usamos para perfumar las brasas. Él compartió los embutidos que había comprado en la pueblo, bebimos una botella de vino, también suya, y las cerezas con queso no fue una mala combinación.

Empezamos temprano al día siguiente. El suizo iba a Nantes, al oeste, y nos separamos en la carretera. No tuvimos que esperar demasiado y encontramos una furgoneta de reparto que iba hasta Lyon. Nos dejó cerca de la autopista, no estaba permitido hacer auto-stop dentro de ella. Dos chicas estaban allí y con el poco humor que nos quedaba les .pedimos la vez. Se echaron a reír y estuvimos charlando hasta que un Citröen negro, enorme, se detuvo y las chicas corrieron hacia él. Al cabo de unos minutos vimos que cerraban bruscamente una de las puertas y empezaron a insultar al conductor, un tipo obeso con traje y corbata. Intuí lo que había pasado y arrastrando a Louis que estaba como alelado corrí hacia el coche pero ya había arrancado con un ruido de neumáticos atronador. Estaban indignadas. El tipejo en cuestión sólo aceptaba a una de ellas hasta Orléans, el destino de las muchachas. Estuvimos despotricando un buen rato hasta que un camión las recogió, sólo a dos nos decían claramente los dedos levantados del conductor que se disculpó con una sonrisa algo cínica. Nos despedimos efusivamente de ellas y nos dejaron media botella de naranjada caliente.

Llevábamos un par de horas y cansados decidimos ir a un supermercado cercano y comprar pan y queso, ya habíamos agotado las provisiones de Marsella. Nos sentamos en unas piedras y la espera fue larga, agotadora : tres horas tardamos en subir a un coche que nos dejó en una pequeña población a medio camino de Dijon. Otra noche al raso. Nos lavamos en una fuente, más pan y ahora chocolate, y nos tumbamos bajo el alero de un taller de reparación de motocicletas bajo la amenaza de un perro que ladraba desde el interior, pero estábamos tan cansados que no le hicimos caso.

La próxima etapa era Dijon. Tardamos horas en llegar. Anochecía y fuimos a un bar a tomar una bebida caliente. Nos sentamos en una mesa de mármol. Al cabo de un buen rato pregunté en la barra donde podíamos pasar la noche, si había algún albergue, queríamos asearnos, pero no sabían de ninguno, y nos hablaron de un aparcamiento de camiones con dirección a Besançon. Estuvimos una hora charlando con aquellas personas que además nos invitaron a tomar café.

Dormimos en el aparcamiento entre dos camiones de gran tonelaje y de madrugada, los primeros camiones se pusieron en marcha. Uno de ellos nos dejó en una carretera que aseguró ser la que llevaba a Estrasburgo, lo cual no era cierto. Anduvimos horas sin ver ni un solo vehículo y cuando habíamos perdido la esperanza de salir de allí, además había empezado a llover, de la bruma apareció un camión. Se extrañó de vernos por aquellos parajes tan solitarios, él hacía una ruta por el interior transportando cajas de flores secas. Nos recogió con el pretexto de que se dormía y esperaba que charlando se le pasaría la modorra que el embargaba. Nos dio los restos de un enorme bocadillo de carne y tuvimos que entretenerle cantando, silbando, contando chascarrillos estúpidos simplemente para que mantuviera los ojos abiertos. En dos ocasiones cerró los ojos y el camión se desvió peligrosamente hacia el carril contrario pero enderecé el volante con un gesto firme sujetándole las manos. Cerca de Estrasburgo le ayudamos a descargar unas docenas de cajas y nos dejó en el centro de la ciudad. Una mañana gris, húmeda, con enormes charcos de agua por todas partes fue la bienvenida a la esperanza de un trabajo que resultó un fracaso desde el principio....



Y CONTINUARA !!! ....

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