ERASE UNA VEZ EN .... MARSELLA ... SERGE

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


-S E R G E-


Serge dejó las brumas de su Bretaña para viajar por toda Francia especialmente por el sur. Huía del frío y la neblina gris de Brest y vagabundeó por la Camargue para después plasmarla en sus baldosas. Serge pintaba flores de otros mundos, paisajes breves con toros que rumiaban al lado de los arrozales, salinas, caballos blancos paciendo bajo el sol, girasoles ........Sus baldosas estaban siempre llenas de luz, trazos delicados, colores tenues, suaves, líneas sinuosas, evocadoras.



Le conocí una tarde. Volvía a Bois-Luzy, después de haber pasado todo el día en la biblioteca leyendo. Me refugiaba allí cansado de ir de un lado para otro buscando trabajo en una Marsella que tenía ya miles de parados. Llegué hambriento, frustrado y desanimado, una combinación poco apta para alternar con la gente que a aquellas horas llenaba el comedor del albergue. Como yo era de los habituales, es decir, llevaba viviendo allí cinco meses, podía comer en la cocina, lo cual prefería. Allí estaban Frank, Gérard, Ferdinand, Abderramán y un tipo delgado, moreno, con un bigote estilo Pancho Villa y una espléndida cola de caballo de color castaño. Era Serge. Me lo presentaron y simpatizamos rápidamente.


Bois-Luzy, Marsella

Ferdinand estaba malhumorado. Habían llegado dos autocares de alemanes y nos tocaba dormir en las habitaciones del fondo, al lado de los lavabos, con las literas pegadas las unas a las otras, y no nos gustaba estar allí, ni que fuera por una noche o dos. Frank alegó que no había otro remedio y Abderramán replicó que, claro, a él no le importaba porque como era el encargado tenía habitación propia. Al final terminamos hablando de la falta de sexo en los albergues de la juventud. Serge dijo que él también dormiría en el “exilio”, palabra afortunada de Ferdinand, solidarizándose con nosotros. Bridamos con un vaso de un vino horroroso que Gérard compraba en una bodega del puerto, Frank dijo que era tan malo que no lo compraba, se lo regalaban para quitárselo de encima. Otra discusión. Aproveché para comerme mi camembert, la cena de todas las noches.

Salí al jardín. Era una especie de patio lleno de arena gruesa y guijarros rodeado por árboles y daba a la carretera de entrada al albergue. Era la ruta obligada para los coches y nosotros usábamos la salida trasera que daba a una gran escalinata de piedra llena de hierbajos en sus innumerables grietas. Por allí se bajaba directamente a la avenida que descendía hasta el centro de la ciudad y donde estaban además las dos únicas tiendas de comestibles. A lo lejos se intuían las luces del Château d’If y a la derecha la claridad diáfana del Vieux Port. Hacía frío y entré al cabo de unos minutos. No había nadie en la cocina y subí a acostarme.

Serge sorbía un a taza de café en el comedor ya vacío. Los alemanes habían partido a su nueva destinación y el albergue recuperaba su tranquilidad habitual. Me preparé una infusión y me senté al lado de Serge que estaba limpiando unas baldosas. Me explicó que se dedicaba a pintarlas. Las vendía en mercados y ferias, llevaba años haciéndolo. Se fue con una renqueante motocicleta y yo me quedé solo mientras decidía qué hacer. Al cabo de unos minutos Frank me llamó, tenía una llamada telefónica. Era Maud. Durante unos días había trabajado en una oficina municipal haciendo la limpieza pero como no tenía papeles no pude seguir. Maud, Claire, Odile, Zuléma y Tina trabajaban allí también y nos habíamos caído bien. Al marcharme me pidieron el teléfono para avisarme si sabían de algún trabajo para mí, y parecía que tenían uno: hacer de canguro de sus hijos por las tardes. Mi trabajo consistía en recogerlos de la escuela, llevarlos a casa, merendar y cuidarlos hasta que llegasen, normalmente entre las ocho y las nueve de la noche, hacer un poco de limpieza y poner alguna lavadora. Acepté encantado. Empezaría aquella misma tarde.

La región de la Camargue



Decidí ir a la Cannebière y ver si conseguía encontrar a Serge. Primero fui a Le Pagre, el mercado de los pescadores, pero no le ví, después al Cours Julien, el mercado agrícola, tampoco , y finalmente me decidí por el Prado, el más popular. Tuve que dar una vuelta completa y meterme por las callejuelas pero al fin lo encontré. Estaba sentado en una sillita plegable, al lado de su motocicleta y fumando un cigarrillo apestoso. Había distribuido sus baldosas sobre una especie de sábana doblada y tenía una caja llena de tarros de pintura en su regazo mientras pintaba. Me saludó con su sonrisa socarrona y no dijo nada hasta terminar de pintar la baldosa. Eran unos flamencos rojos, típicos de la Camarge sobre el fondo azul claro de la loza, muy bonitos. Me dijo que había vendido dos baldosas, suficiente para pagar dos noches en Bois-Luzy y comer dos días, todo un éxito a aquellas horas, si vendía cuatro o cinco más tendría para una semana.

Se había criado con su abuela, en su tenderete de pescado del mercado de Quatre Moulins; su padre les abandonó y su madre trabajaba de cocinera en un transatlántico que hacía la ruta de Australia y Nueva Zelanda y la veía una vez al año. La abuela Dorine cargó con él hasta su muerte, el primer dolor de su vida. Aprendió a dibujar y a pintar de un vecino que hacía carteles para fiestas y calendarios y cuando no estaba con la abuela se metía en el piso de monsieur Jeanot. Como no tenían dinero se las ingenió para aprovechar al máximo cualquier papel, cartón e incluso trapos viejos , por eso Serge siempre pintaba sobre pequeñas superficies. Bajó a la Provenza e hizo del sol su dios, le rindió tributo y se hizo granjero en Arles sólo para contemplar los amarillos y las noches estrelladas que viera Van Gogh. Hizo de las baldosas su tela y del campo su taller, redujo los objetos y los seres a su esencia como un alquimista de los colores, buscó lo universal en lo más insignificante, huyó de absolutos y trascendencias y se convirtió en un místico de la luz. Vivía con tanta sobriedad que tener para comer durante tres días seguidos lo consideraba un lujo.

Estuve con él hasta media tarde, después me fuí a la escuela del Boulevard Gambetta. Maud me esperaba para recoger a los niños. Eran cinco : Mignone, Mouche, Pierrot, Jean-Jean y Odette. Se pegaron a Maud y me miraron desconfiados mientras cargaba con sus carteras y fuimos todos juntos a la rue Saint Pierre. Era una escalera amplia, oscura, húmeda, con peldaños de baldosas rojas casi todas partidas. Claire esperaba a Maud para ir a trabajar y aprovecharon para mostrarse muy afectuosas conmigo y de este modo presentarme como alguien de confianza. Me quedé solo con cinco pares de ojos que me escrutaban como aves de presa. Mouche tomó la iniciativa y me cosió a preguntas. Era la más pequeña, seis años, su espontaneidad rompió el hielo y al rato estábamos todos tumbados por el suelo comiendo pan con mermelada mientras yo les contaban cuentos orientales.

Durante varias semanas fui el hermano mayor del que carecían y el padre que algunos de ellos no habían conocido. Me ayudaban en todos los quehaceres domésticos, sacando cosas que luego aparecían en otros lugares, se peleaban por la escoba, por llenar los cubos de agua, pero lo más divertido era tender la colada que consistía básicamente de bragas, de todas formas, colores y tamaños, y una vez tendidas parecían ristras de banderolas celebrando una fiesta.

Una noche cuando llegué al albergue volvía a estar lleno de gente. Había mucho barullo e intenté escaparme por la entrada principal, pero Abderramán me llamó. Estaban jugando a cartas, al ajedrez, al parchís, a la oca, toda la mesa llena de juegos y necesitaban un intérprete, y allí entraba yo. Durante dos horas traduje las cosas más dispares aunque la mayoría de las veces no era imprescindible. Todos queríamos comunicarnos, todos hacíamos el esfuerzo de escuchar, saltaron las barreras de las lenguas y las clases y fuimos una Babel de buena voluntad.

Al día siguiente Serge me saludó con un “Bonjour, maître” , al que yo contesté “Bonjour, artiste” , éste fue desde entonces nuestro saludo matutino, él dejó de ser Serge y yo Jordi, y así hasta el final.

Los días de lluvia, nefastos para Serge, los pasábamos en el comedor charlando entre nosotros. Los grupos daban mucho ambiente pero duraban dos días como máximo y todos preferían ir a los lugares típicos y Bois-Luzy quedaba alejado de todo. Una noche le pregunté a Serge si le gustaría pasar una tarde con los niños y conmigo, él podía dibujarles algo, hablar de la Bretaña, de la Camargue, de Arles, aceptó con un simple gesto de cabeza.

Yo ya les había hablado de Serge y cuando vieron su coleta, sus ojos grises que siempre sonreían, su serenidad, quedaron prendados de él.

El comedor se llenó de papeles, salieron lapiceros de todos los rincones, Serge abrió su caja de colores y toda la tarde estuvimos pintando, garabateando los objetos más inverosímiles, creando formas desconocidas, colores imposibles, una velada que me gustaría pensar que fue tan importante para ellos como lo fue para mí. Cuando llegaron Maud y Claire todos se precipitaron hacia ellas mostrándoles sus dibujos y pinturas, había más en sus caras y manos que en los papeles pero a nadie le importó, aunque me tocó a mí lavarlos a todos. Nos invitaron a cenar y nos llenaron de latas de sardinas en escabeche y latitas de paté.

Sólo con aquel trabajo no podía seguir en Marsella y al cabo de varios meses decidí marcharme a Estrasburgo. Me iría temprano y preferí despedirme de todos los “habituales” con los que había compartido tantas veladas. Descorchamos una buena botella de vino, comimos salchichón y quesos y alguien puso una canción de Matt Monro que estaba muy de moda entonces.

Eran les seis de la mañana y el olor del tabaco que fumaba Serge me advirtió de su presencia. Fue nuestro último“Bonjour”,lo sustituimos por un “Au revoir”, pero los dos sabíamos que era un

“ADIEU” ...


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ÉRASE UNA VEZ EN … MARSELLA ... LA BIBLIOTECA.

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
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LA B I B L I O T E C A

Después de Bois-Luzy, el lugar donde pasé más tiempo fue en

la biblioteca

de Marsella.


Estaba cerca de la estación de tren de Saint Charles, en un vetusto edificio de sobria fachada. Siempre fui andando desde el albergue, una hora de camino. Abría a las diez de la mañana y a aquella hora no había apenas lectores durante la semana y podía elegir los mejores sitios, generalmente al fondo, cerca del mostrador donde se pedían y se recogían los libros.

En la entrada, a la derecha, estaba el estrado de la bibliotecaria con su aire clásico : correcta, seca y eficiente, y sólo sonreía cuando salías, al entregarle la lista con los títulos de los libros leídos, lista que te entregaba displicente tan pronto entrabas. Allí debías anotar los libros que querías leer o consultar y para ello tenías que ir a los archivos, un mueble con muchos cajetines de madera con una etiqueta engarzada dentro de una placa de latón abierta en su parte superior y donde figuraban las iniciales de los títulos y otros con las de los autores. Todo estaba escrito a máquina, seguramente una vieja Underwood, con algunas letras bamboleantes que subían y bajaban según la presión al teclear. Una vez localizado el texto o el autor lo anotabas en la lista y a continuación ibas al fondo a través de una arcada. Allí se abría una especie de túnel y un mostrador de madera absolutamente viejo. Dos hombres con guardapolvos de color arena te esperaban como si fueses su enemigo y cuando recibían la lista la escudriñaban esperando encontrar algún error y si era correcta penetraban aquel túnel de claroscuros donde se erigían estantes y estantes llenos de libros que algunas veces desbordaban los anaqueles. A veces tenían que ir hasta el final, una zona que el ojo humano no podía distinguir en la oscuridad y donde ellos desaparecían como tragados por una niebla asesina. Cuando les costaba encontrar los libros su tardanza era motivo de angustia y desasosiego puesto que volvían enfurruñados y con los labios fruncidos en una mueca que no presagiaba nada bueno, pero lo peor era si volvían con las manos vacías, lo cual significaba que alguien lo estaba leyendo o lo había pedido prestado y no había ningún otro ejemplar, entonces sus ojos echaban chispas, la voz devenía gutural y era mejor retroceder mascullando excusas antes que algún rayo te fulminara. Si el libro estaba disponible lo tomabas sonriendo y volvías raudo al sitio que habías elegido, cuando era posible, claro.

La biblioteca era una nave de techo alto y de donde colgaban los fluorescentes como cuerdas de ahorcado. Las mesas eran larguísimas, llenas de muescas donde se destacaban las palabras soeces, declaraciones de amor y nombres femeninos. En el centro lámparas de latón con un par de bombillas, situadas de manera opuesta para cubrir más espacio, y las paredes estaban llenas de volúmenes antiguos, algunos de proporciones gigantescas que nadie hubiera podido leer sin antes haber hecho un curso especial de gimnasia y resistencia física.

Mis primeras lecturas fueron las traducciones de textos tibetanos de Alexandra David-Neel. Bob me habló mucho de aquella mujer que vivió en el Tibet durante años, dominaba el tibetano y varios de sus dialectos, fue ordenada monja budista y estudió en las lamaserías más importantes del país. En aquellos años vivía retirada en Digne, una pequeña localidad no muy lejos de Marsella, sola con sus libros ya que su ahijado, el Lama Yogden, había fallecido en 1955. Allí rodeada de tapices, jarrones, bronces y de una extraordinaria biblioteca consumía sus últimos años una mujer excepcional. Había vivido en la India, cruzado el Tibet a pie, visitando monasterios colgados en precipicios casi inexpugnables y había permanecido meses y meses aislada en una pequeña cabaña (“tsams khang”, en tibetano) a casi 4.000 metros de altitud. Bob había asistido a unas charlas en su residencia y quería volver a verla, pero era ya demasiado tarde, falleció en septiembre de 1969, a la edad de cien años, tres meses antes Bob y yo habíamos hecho planes para ir a visitarla.

Todavía conservo el cuaderno donde anotaba los libros a leer. Allí tengo incluso el número de archivo correspondiente : Alexandra David-Neel (J.13494): Textes Tibétains Inédites , A. Choozku (46261): Théâtre Persan, Choix de Téazies, Kalidasa (46254): Vikrahorvaçi, Cûdchaka (46255): Le Chariot de Terre Cuite, J.B. Chabert (7680): Littérature Syriaque…….

Los sábados la biblioteca estaba llena de estudiantes y apenas encontrabas una silla donde sentarte y mucho menos unos centímetros de mesa donde posar los libros. Las colas en el mostrador eran agotadoras porque los dos “libreros” iban y venían con pasos cansinos demorando las entregas. Cuando no tenía trabajo me pasaba el día allí y evitaba los sábados y las tardes en época de exámenes.

Un martes llovía a cántaros, no tenía paraguas y llegué hecho una sopa, chorreando agua por todas partes, hasta el cerebro navegaba en un charco. Al entrar, eran poco más de las diez, un gesto imperativo de la bibliotecaria me detuvo. Me miró de arriba abajo y clavó sus ojos de águila en mis zapatos abiertos por las costuras y que emitían un sonido sordo de chapoteo al andar arrojando chorros de agua hacía afuera. Movió desalentada la cabeza y me dijo que no podía entrar con aquel calzado, me indicó con la mano una silla a su izquierda, que esperara allí, habló un instante con su ayudante, una joven en prácticas que siempre tenía aspecto de no estar allí, de no saber qué hacía allí y de desconocer porqué estaba allí, y luego desapareció. Su ayudante me dirigió una mirada que me pareció dura pero luego supe que era muy miope. Cuando volvió la bibliotecaria llevaba en la mano un par de zapatillas deportivas, unos calcetines y una toalla. Me dijo que me cambiara en el lavabo y que entonces podía entrar. A partir de entonces nos saludábamos con deferencia.

Alguna vez me acompañaba algún compañero de Bois-Luzy pero con la condición de que cada uno estaría allí el tiempo que quisiera y si uno quería salir o entrar era asunto suyo. Generalmente volvía solo y entonces me demoraba en algún supermercado buscando las ofertas del día antes de subir la escalinata del albergue y meterme en la cocina a cocinar mis sempiternos guisantes o mis macarrones. Cuando no tenía tomate les añadía toda clase de hierbas y aún así se pegaban al gaznate con una persistencia digna de encomio.

Los días calurosos eran insoportables. Unos ventiladores situados estratégicamente por alguien que nunca había estado allí leyendo removían un aire viciado que sólo trasladaba el sudor de un lado para otro. Las ventanas eran altas y siempre estaban cerradas. Yo entraba y salía cada dos horas. Me agazapaba bajo la sombra de los balcones o de las ramas de los árboles y subía a Saint Charles. Allí me sentaba cerca de los andenes donde aparte de circular los trenes pasaba un airecillo vigorizante aunque malsano. Buscaba algún periódico, casi siempre lo encontraba, localizaba un banco bien situado y leía hasta que mi cuerpo volvía a la normalidad. Volvía a la biblioteca seguido por la mirada de reprobación de mi amiga ya que a cada entrada y salida tenía que coger y devolver el papelito de marras, pero una vez se lo expliqué me comprendió aunque no le gustó. Ella tenía dos ventiladores cercanos, uno de ellos fijo en su dirección apuntando hacia arriba y otro dando vueltas hacia abajo.

La última vez fui con John, un canadiense que se quedó unos días en el albergue. Me habló de Carlos Castaneda, cuyo primer libro causaba furor en Canadá y quedamos en que me mandaría un ejemplar cuando volviese. Y así lo hizo. Recibí el ejemplar con una dedicatoria y con la noticia de que su padre había fallecido. En la nota decía que el libro tenía que circular, él lo había recibido de un amigo americano con esa condición y así lo hice. Años más tarde alguien me lo devolvió porque había vuelto a su casa después de un largo periplo entre parientes, amigos y conocidos, pero que nadie había prácticamente leído porque estaba en inglés, a pesar de insistir que él sabía suficiente inglés. Ahora lo tengo junto con otros del mismo autor y su lomo viejo y desgajado destaca entre ellos.


Saint Charles


Marché a Estrasburgo con la mochila de un italiano con el que hice un trueque con mi maleta. Llevaba mi primera gramática de japonés y mi eterno ejemplar de las obras completas de Shakespeare que compré en Londres por una libra esterlina en Foyles. No pude despedirme de la bibliotecaria, se había jubilado y se había retirado a un convento.

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"ÉRASE UNA VEZ .. BARCELONA ... ENRIQUETA.

Martes, 27 de julio del 2010


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E N R I Q U E T A

Anoche soñé con Enriqueta con su casa ……..Recuerdo mis paseos por sus pasillos, mi deambular admirado por el pequeño jardín oriental, con diminutos atajos de arena, enclaustrado, sugerente, con su banco entre el manzano y el peral, sus guijarros blancos y sus lechos de flores. Invitaba a conversaciones íntimas, a confesiones, a pequeños anhelos, y allí se celebraban fiestas, recitales de poesía, música, teatro, charlas……..
Las paredes de la casa de Enriqueta estaban llenas de objetos de todas las partes del mundo. Vitrinas larguísimas albergaban cientos de figuritas de vidrio y de cristal, de oro y de plata, de maderas de árboles escondidos en recónditos valles, de marfil, huesos de animales olvidados, pedernales recuperados de las cuevas perdidas en los desiertos, juncos sutiles, mimbres flexibles como voces humanas, metales forjados por alquimistas, corales de diseño exquisito, ojos de esmeraldas, manos de nácar, pequeñísimos timbales confeccionados con la piel del murciélago blanco de la China, dagas afiladas hechas con las espinas de extraños peces de las islas Filipinas, pedacitos minúsculos de ámbar prehistórico, rocas de formas inquietantes, calaveras reducidas que me llenaban de zozobra, perlas de infinitas formas y colores………………
La habitación de la entrada estaba dedicada a la náutica. Una hélice enorme hecha con el tronco de un árbol de Sumatra, nudos marineros que colgaban del techo como arácnidos, botellas con translúcidas sierpes mitológicas que necesitaban la eternidad para parir los miles de navíos que yacían en sus vientres, velas ajadas por tempestades, miniaturas de barcos que habían hechizado las noches de luna llena en los lagos de los Sung, maderas de naufragios de las playas de la Polinesia, anclas erosionadas por todos los mares y que habían contemplado el misterioso crustáceo de cristal que nace en las simas profundas de las islas de Nueva Caledonia.
El baño era el interior de una mar reclusa en un rincón de los trópicos. El lavabo era la biblioteca de un intrépido viajero, lleno de revistas que incitaban a aventuras, memorias de viajes ya olvidados.
¿Y el salón de música? Un piano, flautas infinitas, guitarras, violas, violines, laúdes, trompetas, saxofones……………..y docenas de fotografías. Todos los que pasaban por aquella mágica casa dejaban su huella, sus dedicatorias sensibles, todos destacando la gran humanidad de Enriqueta.
Pero todo se podía resumir en el maravilloso Sant Jordi que presidía el salón principal. Era de laca y el caballo blanco donde el héroe de la Capadocia se elevaba con la lanza conquistadora del dragón era de cáscara de huevo. Sombras que se difuminaban en matizados grises destacaban aún más su blancura. El volumen de su cuerpo rompía la uniformidad oscura de la laca, creando un espacio donde la serenidad del rostro del héroe era el equilibrio del conjunto con el movimiento presentido de la cabalgadura, el dolor, la ira y la impotencia del drago herido de muerte por el hierro mientras la cara angustiada de la doncella explicaba toda la simbología del cuadro. Horas y horas me había pasado contemplándolo, hechizado. Enriqueta no me decía nada cuando me acercaba demasiado para escuchar el relincho del noble animal. La última vez que la vi estaba sentada en la ventana que daba a la calle. Estaba lacando un biombo con el lema de “Mercat de Calaf”. Una laca negra de fondo sobre el cual se iban destacando todos los personajes del mercado. Las lacas se fundían entre sí creando tonos dorados, ocres, verdes insólitos, rojos nobles, azules inverosímiles, grises vertiginosos, una danza de movimiento contínuo en la forja de un microcosmos extraordinario.Cuando volví a Barcelona después de años de ausencia Enriqueta había muerto .Ella quería donar la casa al ayuntamiento y que fuera una pequeña colección pública para que todo tipo de público recorriera lentamente sus vitrinas y admirara todo lo que su alma artística había considerado bello e inquietante, pero había sido desvalijada por sus antaño admiradores y amigos, eso me lo comentó Miquel, amigo y vecino de Enriqueta y quien me la presentó.
Desde su muerte nadie ha entrado allí. La planta baja está abandonada y la gente dice que el jardín es una selva maloliente donde campean gatos y trastos viejos que la gente ha arrojado desde sus balcones y terrazas.Sólo un par de vecinos recuerdan la frágil figura de Enriqueta y sus maravillosos objetos y sólo en sueños puedo evocarla con todo el afecto que siempre tuve por ella.
No puedo reflejar con palabras su ambiente exquisito, su generosidad legendaria, su figura vestida siempre con pantalones estrechos y casaca china, con su cuello alto con ribetes de oro…….
Anoché soñé con Enriqueta o, como dice Chuang-Tzu, quizá fue ella quien soñó conmigo……………………………….

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Murciélagos, mamíferos desagradables pero que merecen un respeto.

Martes, 13 de julio del 2010





A los murciélagos y a "los vampiros" ...se les conoce por tener alas y su habilidad en el uso de tales. Entre todos los mamíferos, estos son los únicos capaces de ejercer el vuelo. Hay otros, como las ardillas voladoras, que pueden planear de un punto alto hacia otro más bajo, pero no volar.

Y desde luego, los murciélagos y vampiros son famosos por sus hábitos nocturnos.

Desde tiempos de antaño las leyendas y supersticiones de toda las culturas los mencionan como no muy agradables.

El hecho de que tres especies se alimenten de sangre ha aumentado los mitos al extremo de Drácula.
UUUUHHHH

Los murciélagos se estudian en dos grupos.
Primero tenemos los que se orientan por el sentido de la vista y olfato.
Estos son los:
Murciélagos Zorros Voladores


El resto, que es la gran mayoría, se orientan usando el sentido del oído. Tienen este sentido tan desarrollado que se compara con los radares y son:

Murciélagos Bigotudos,
Murciélagos Bulldogs,
Murciélagos de Alas de Disco,
Murciélagos de Alas,
de Disco Americanos,
Murciélagos de Cara Rayada,
Murciélagos de Cola Corta,
Murciélagos de Cola Libre,
Murciélagos de Cola Plana,
Murciélagos de Nariz Cónica,
Murciélagos de Nariz de Cerdo,
Murciélagos de Nariz Decorada
Murciélagos de Nariz Decorada Americanos
Murciélagos de Nariz Simple
Murciélagos Herraduras
Murciélagos sin Dedo Pulgar
Vampiros
Vampiros Falsos,

!!Jolines, será por especies de la misma Familia!!


Durante el invierno viven aletargados en una suerte de hibernación, su presencia se nota en los huecos, entre el follaje o en las ramas de los árboles como asimismo entre las rocas y grietas de las laderas y en los interiores de las construcciones aparecen en los entretechos, bohardillas, adentro de los taparrollos de las cortinas de enrollar, etc.

Estos animales son muy sociables. Machos y hembras intercambian llamados y los recién nacidos, que aún no tienen pelos y su piel se vé de color rosa, chillan sin parar cuando las madres vuelven de caza.
Otra característica que tienen estos mamíferos es que al copular, las hembras reciben el esperma de los machos y lo pueden guardar en su organismo, fecundando recién cuando sea la época y el lugar más apropiado para obtener suficiente alimento.

Si bien la presencia de estos mamíferos es indeseable por los ruidos que hacen, por el olor de sus excrementos o por los ectoparásitos que pueden trasportar, merecen ser respetados y protegidos tratando de ahuyentarlos y no matarlos a fin de que sigan actuando de control ecológico de varias plagas de insectos.

Breve historia de Cataluña.

Domingo, 11 de julio del 2010


Dedicado a mi padre Jacint, un gigante, un patriarca catalán. Y a mi madre, guapisima murciana, que llego a los 2 años y aqui se casaron.



Intentar en un comentario personal explicar el nacionalismo o el patriotismo, va a ser difícil, aunque ese es mi objetivo. Me siento nacionalista porque amo a mi tierra, como cualquier madrileño ama Madrid, un segoviano ama Segovia o un asturiano ama a Asturias.
Un dia entonces me pregunté y por eso leí y antes lo estudié, por qué han dudado ellos del amor de un catalán o catalana por Cataluña. Qué ven ellos de diferente en nosotros? por qué hablamos otros idioma?, pero los ingleses hablan inglés y a ellos nadie les critica por eso y ellos no odian a los ingleses por hablar inglés. Bueno, como están lejos....y nosotros tan cerca... debieron pensar, no nos gusta como hablan y vamos a fastidiarles y a quitarles la vida porque nos da la gana. Tal vez la historia que se escribe con sangre, en este caso, empezara así.... Por qué la fabulosa pregunta, la super fácil pregunta es, por qué si ellos aman su tierra se han dedicado siempre a quitarnos ese sentimiento a nosotros? a romper sistematicamente y hasta el momento presente y con tan mala baba cualquier sentimiento nacionalista. Por que resulta que finalmente no sólo no lograron matar el amor sino que potenciaron nuestra personalidad y ahora seguimos llevando en nuestros genes esa facultad de amar y de ser honrados a la vez, sin fastidiar a otras naciones, como ha hecho el resto de España y Castilla en concreto.

Montserrat Caballé, una cantante de ópera, la más parecida a la divinidad.


Vamos allá. Cataluña hasta el siglo XV, tenía un rey, Martín el Humano, al morir, y alargarse su sucesión 3 años, empezaron los conflictos. Ni el clero, ni el Papa Luna, ni los nobles, llegaban a un acuerdo y le sucedió en el trono el Rey Fernando I. Se barajaban otros nombres, un conde catalán pero menor en fuerza, y eran pocos sus seguidores, Aragón y Cataluña y un francés Luis d´Anjou, pero fue Fernando I el escogido por tener más cantidad de votantes y enseguida entró en guerra contra el conde de Urgell. Ninguno cedió y donde habia reinado la harmonia y se vivia divinamente, muy dignamente de las cosechas de algodón, y del vino, de la tala forestal, y la cria de animales, el comercio etc, sobrevino la fatal barvarie y al poco tiempo llegó la pobreza más absoluta, las enfermedades y la peste, los incendios, la muerte y la destrucción por doquier. Por luchar un rey contra un condado, la población catalana empezó a descender a razón de 1.000 habitantes por año.


Lluís Companys

Para resumir el objetivo de este rey belicoso y soberbio, y del resto de los que fueron viniendo a continuación, Felipes, Austrias, y demás reyes, una tierra que daba trabajo a todos que contaba como máximo en aquella época con 355.000 personas, al empezar esta dichosa guerra, maldita como todas las guerras, se redujo a las cenizas. Tanto castellanos como franceses, que se añadirian después, pretendian que esa pequena porción de población, pagase los gastos del ejército castellano y mantuviese a una población de unos 8.000.000 millones de habitantes. Por el otro lado de la frontera, la idea era clara, invadir Cataluna para dar paso a Francia, hacia el frente castellano. Por ámbos lados Cataluña se vió sumergida y sometida una y otra vez, una y otra vez.
Hubieron muchos parlamentos, charlas que no fueron diálogos, ya que todo consenso venia ya impuesto por la fuerza. Por ejemplo los soldados castellanos que venian a luchar en Cataluna tenian que alojarse en las masias catalanas viviendo a pan y cuchillo, abusando por supuesto de todo lo que veian y querian, o sino quemaban las viviendas y echaban a las gentes de sus pueblos o ciudades. Sin olvidar los elevados tributos que el rey al mismo tiempo pedia e iba aumentando cada año. Cada campesino, negociante o noble, pudiera o no, debia pagar o sino iba encarcelado o a la horca. A la vez, llegaban las tropas francesas a conquistar El Rosellón y la Cerdana, que también desde antaño habian sido de Cataluña, por eso el idioma catalán aún impera por aquellas tierras. Pero o se cedian esas provincias o de nuevo se abria otra puerta a la lucha y al fuego.

Francesc Macià


Ningún rey tuvo la dignidad de apoyar la paz, de encontrar un camino a la concordia, saber pactar de antemano antes de atacar, y respetar una cultura paralela a la castellana, como es la portuguesa, la italiana o la holandesa. No, todos los monarcas, buscaban el dinero, y todos no dudaron en venir a Cataluña antes como amigos y en son de paz, pero a exigir sus derechos de muy mala manera. Derechos que no eran suyos, pero que al no saber dialogar, fueran los Felipes, Alfonsos, o Enriques, a todos podemos atribuir los mismos apodos de ladrones asesinos. En vez de tratarnos con respeto, España siempre usó las armas contra nosotros y así se fue forjando esta historia.
Por eso surgieron los famosos bandoleros gritaban a la venganza,y las famosas revueltas de los campesinos que con 4 herramientas de trabajo y 4 caballos atacaban a cualquier regimiento armado. Si el pueblo catalán estalló era porque lo estaban matando de hambre. Murieron ilustres señores, caballeros, artistas y gente de bien y nunca el clero supo apoyar tampoco la causa catalana. Y naturalmente miles de inocentes perdieron su vida. En 2 siglos funestos aquellos reyes no potenciaron ni la cultura, ni el arte, sino que se dedicaron a empobrecer esta tierra rica y pacífica, mataron y avasallaron por ignorancia, generación tras generación desde antes de los Reyes Católicos, inclusives estos, hasta el último de sus reyes ya en el siglo XVII.

Josep Tarradellas


Hay que añadir finalmente a los turcos, a los salvajes bereveres que por mar atacaban y atacaban sin cesar las costas desde Gerona, a Tarragona pués ansiaban dominar el mercado mediterráneo que fuera antes tan rico con su sede en Barcelona. En cualquier punto de las playas altas tal vez se vean aún los restos de los múltiples minaretes o torres de vigía que se tuvieron que construir para la defensa. Barcelona sufrió muchísimos sitios e invasiones. De entonces queda una fenomenal prueba, el Castillo de Montjuic con su único enorme canón todavia en pie. Y Lèrida por ejemplo vivió muchos años bajo el dominio de Castilla, bajo la explotación mejor dicho, por que si sobraba vino, castellanos o franceses que juntos habian formado y establecido una buena comunidad, de tal vez 20.000 habitantes pués lo tiraban por las aceras para limpiar las calles, a expensas de que hubiera gente del país que lo necesitara. Es decir nunca se llegaron a integrar, sino que vivieron como conquistadores.
Como explico así se ha ido forjando Cataluña en los siglos XV, XVI y XVII. Hasta la revolución del 11 de septiembre, qué no habrán seguido sufriendo los catalanes? por tener otra lengua y otra personalidad. Cuanta sangre vertida y por qué? si todos vivimos sobre el mismo suelo? Si nos unía la misma historia, por qué la separamos los hombres? Cientos de cabezas se colgaron y miles de casas fueron destruidas. Los últimos fusilamientos en masa, que ya es el sumun y a lo último y a lo más terrible que me remito, porque me es tan cercano en el tiempo y aunque yo todavía no hubiese nacido, he visto en las paredes de una iglesia en Barcelona, los agujeros de los tiros de los soldados franquistas a militantes y nacionalistas y gente de a pie que no eran soldados, solo ciudadanos libres. Esto ocurrió en el siglo XXI, hace menos de 40 años. Tan triste me resulta esta breve historia de mi humilde, hogareña y preciosa tierra, la mía y la de mi padre, porque mi madre es murciana, y llevo sangre castellana, pero jamás se me ocurriria odiar a alguién porque no haya nacido en Barcelona.

Prudenci Bertrana, poeta catalán.


En palabras de Cervantes y qué mejor ejemplo, él escribió, !esto sí es cortesia!....

Barcelona, archivo de cortesia,
albergue de estrangeros,
hospital de los pobres,
pátria de los valientes,
venganza de los ofendidos,
correspondencia grata de firmes amistades, y de lugares y de belleza única .....


Y tal vez todavía por ello, en nuestro escudo, llevamos una corona por valuarte. No somos tontos, a pesar de lo mucho que nos han apaleado, y maltratado y !sin motivo!, gentes que eran del mismo estado. Somos mucho mejor educados, y aguantamos mucho. Somos diplomáticos, nos gusta el pacto, respetamos el honor y no somos bélicos. Odiamos la traición y las mentiras y jamás devolvemos la espalda al amor de la madre que nos parió.
Por qué castellanos, franceses, y turcos, no os quedasteis en vuestra casa a coser o a trabajar simplemente en vez de ir a matar al vecino que no os habia hecho nada? por dinero y por pura avaricia? Seguimos por mucho que les pese siendo más fuertes, ricos y simpáticos e incluso más guapos me atreveria a decir, porque la unión hace la fuerza y la mezcla pacífica el alma y es lo más sano del mundo.

Los catalanes no! somos celosos y amamos la paz sobre todas las cosas!