ÉRASE UNA VEZ EN LONDRES "FOYLES"

Miércoles, 28 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

F O Y L E S

Hace años Foyles se proclamaba la mayor librería del mundo, después fue la mayor de Inglaterra y ahora, después de la muerte el 1999 de Christina Foyles, es una de la mayores del Londres.


Cuando se subía por Charing Cross desde Leicester Square hasta Oxford Street, a la izquierda, se destacaba la banderola de Foyles anunciando que tenía más de un millón de libros en sus estantes al servicio de sus clientes y yo siempre lo creí.
No era la típica librería, era un edificio de cuatro plantas atiborradas de libros, incluso dentro de una misma planta existían departamentos comunicados por pequeñas escaleras que te adentraban en un rincón sin un centímetro cuadrado libre de papel. Uno de mis lugares favoritos estaba en la segunda planta, detrás de filosofía clásica y religiones del mundo. Bajabas unos peldaños y entrabas en un espacio de unos ocho metros de largo por cuatro de ancho, allí se amontonaban los libros dedicados a la filosofía, psicología, pensamiento alternativo, misticismo, Cábala, traducciones orientales sobre budismo, sectas, nuevos credos, etc. También había folletos sobre todo tipo de manifestaciones místico-religiosas que siempre han proliferado en Inglaterra, revistas que generalmente no pasaban del número 2 dedicadas a nuevos conceptos culturales que revisaban los sustratos más clásicos de la filosofía y la psicología adecuándolos a un lenguaje más moderno, otras dedicadas al ocultismo como Arcane, The Ley Hunter dedicada a la información sobre los emplazamientos megalíticos en Gran Bretaña, Mantra, The Waxing Moon sobre grupos ocultistas y espirituales, New Age School of Meditation, Byakuren Zen, Buddhapadipa Wat, Chinese Tantric Yoga, Sufism, Kongo Zen, Druid Order, Bardib and Druid,etc. Allí tenían cabida pequeños santuarios dedicados a causas perdidas de antemano, revistas dedicadas, por ejemplo, al misticismo angélico, llenas de direcciones donde por media libra te enviaban a tu domicilio hojas mecanografiadas explicando los contactos oníricos de una ama de casa con un grupo de arcángeles rebeldes, otros te comunicaban mantras para cualquier ocasión, el nombre de las estaciones del metro londinense donde podías recibir la fuerza telúrica de los centros energéticos del Atlántico, cómo interpretar las mareas, leer las nubes y los estratocúmulos, aplicar la numerología al sexo…… Siempre que iba a Foyles una visita obligada era la del departamento de idiomas. Era un placer desplazarse de un estante a otro siguiendo la ruta de los diccionarios y gramáticas, pequeños volúmenes dedicados a las lenguas dravídicas, altaicas, urálicas, lenguas y dialectos austro-melanésicos como el Ajié, Boewe, Sirhe, Anesú, Dubea….. lenguas que a mitad del siglo XX apenas hablaban unos pocos cientos de personas y que algunas de ellas ya han desaparecido de la faz de la tierra, lenguas africanas que siempre consultaba algún misionero en ciernes o un aprendiz de diplomático, tailandés, vietnamita, camboyano, mongol…….Un universo paralelo, un contraste con las aglomeraciones delante de la sección dedicada al inglés por parte de los estudiantes extranjeros.No recuerdo si era en el primer piso o en el segundo que había lo que llamaría “el rincón del bibliófilo”.....

un arco de medio punto daba entrada a una sección alfombrada, con dos sillones de estilo inglés, dos mesas de madera noble con unos atriles donde reposaban gruesos volúmenes de piel con ribetes dorados y cintas multicolores para señalar las páginas, tinteros de cristal, de plata, grandes y pesados, plumas de ganso, hasta el polvo era noble allá dentro……. Las paredes forradas de estanterías de madera oscura, sólidas, albergando colecciones de literatura inglesa, pequeñas joyas de la erótica europea, colecciones numeradas de las obras de Shakespeare ilustradas por grandes dibujantes, la Divina Commedia en pergamino, los diarios privados de Samuel Peyps en octavo, múltiples ediciones de Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, un monumental volumen de Volpone de Ben Johnson, seguido por su The Alchemist con anotaciones, el Pendennis de Thackeray ilustrado por el mismo autor, las primeras ediciones del Tom Jones de Fielding, ediciones infantiles de las obras de Dickens, los impresionantes grabados de William Blake con sus versos en rojo sangre y plata bruñida, una edición numerada de Chaucer, los ensayos de Locke con comentarios manuscritos, la Morte d’Arthur de Malory con grabados de la época bajo una finísima hoja de seda…………

También era inevitable la presencia de un empleado que supervisaba todos los movimientos y que el grosor de las bolsas o carteras de los clientes no abultasen más a la salida que a la entrada sin antes haber pasado por caja. Algunas grandes colecciones como Penguin y Everyman tenían sus estantes propios con sus libros en rústica. Eran los más frecuentados por los estudiantes debido a sus precios asequibles y a la calidad de las publicaciones. Tenían cubiertas sobrias, un buen papel que amarilleaba con el tiempo pero que era resistente y sus lomos eran compactos y duraderos. Cubrían toda la literatura clásica universal con traducciones de especialistas y eruditos, con tipos de letra perfectamente legibles y con poquísimos errores de impresión, todo un lujo para los que como yo teníamos más viento que monedas en los bolsillos.

Con la muerte de Christina Foyles la vieja librería fue remodelada por los herederos. Todo fue modernizado y, evidentemente, el acceso a los libros fue racionalizado.

Desaparecieron colecciones enteras de libros que nunca se habían vendido pero que seguían ocupando anaqueles a la espera de un lector que descubriese sus tesoros. Sin embargo, todavía se mantiene una tradición que sorprendió cuando fue fundada : estantes con los libros clasificados por la empresa editorial, generalmente en la primera planta, alrededor de las escaleras que llevan a los pisos superiores y donde se encuentra el diminuto ascensor. Fue calificada de estrambótica e ilógica en aquel tiempo, pero yo creo que es una fue idea estupenda ya que te permitía encontrar los autores más fácilmente porque en la mayoría de los casos cuando el libro desaparecía de las listas de las novedades sólo tenías que recorrer las editoriales por orden alfabético.

No echo de menos al viejo Foyles puesto que todavía sigue allí, y aún siento la misma emoción cuando entro y paseo mi mirada por todos los libros que alguien ha escrito esperando a un lector que esté deseando volver a casa para leerlos.


o&o
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"ERASE UNA VEZ EN MARSELLA ... MARIUS"

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
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-M A R I U S–


Marius llegó a Bois-Luzy una mañana de abril. Había estado lloviendo durante todo el día y los habituales estábamos en el comedor jugando al ajedrez mientras Ferdinand freía un filete en la cocina. Había estado allí en varias ocasiones, sólo unos días, de manera esporádica pero conocía a Tirol, el director del albergue, y a Frank. Se saludaron brevemente y Marius subió a los dormitorios.



Apareció por la noche con una bolsa de supermercado. Entró en la cocina y se preparó unos huevos fritos.Yo estaba hablando con Abderramán sobre su aventura con una chica suiza que le había contagiado unas purgaciones de caballo. Ferdinand me preguntó sobre mi trabajo con Monsieur Lagier y le dije que no había nada hasta dentro de un par de semanas. Marius se sentó a mi lado, hizo el gesto inútil pero educado de ofrecerme su plato y empezó a comer. Abderramán seguía quejándose de las molestias que sentía, Ferdinand, huraño como siempre, masticaba una manzana con fruición y dejaba que su jugo se deslizara por las comisuras de sus labios que brillaban bajo los fluorescentes ennegrecidos por los cuerpos de los insectos quemados.

Marius me preguntó si buscaba trabajo. Sí, había estando limpiando pisos para la agencia de los Lagier, pero no tenía nada inmediato. Me dijo que si quería podía trabajar con él vendiendo revistas por los barrios. Se trataba de una revista dedicada a los niños discapacitados, “Feu Vert à l’Espoir”. Había una pequeña comisión por cada revista vendida, se cobraba al final de la jornada al hacer la liquidación a la empresa que gestionaba la publicación y así mientras hubiera revistas. Salía un número semanal con mucha información, entrevistas, residencias especiales, cursos de formación, etc. Era una obra patrocinada por el ayuntamiento y otras entidades municipales.



Le vieux port de Marseille ...
A la mañana siguiente Marius y yo estábamos en la Canebière esperando a un tal Henri, nuestro interlocutor. Una furgoneta se acercó a nosotros y una mano nos saludó por la ventanilla. Henri era un joven casi escuálido, con pelo grasiento, cara de caballo, labios muy finos y una mirada aviesa. Había trabajado anteriormente con Marius pero la mirada que se cruzaron mientras se daban la mano era de pocos amigos. Me presentó pero Henri casi ni me miró, se ajetreó con unos paquetes de revistas que sacó de la parte trasera del vehículo y preguntó cuántas revistas queríamos. Marius le dijo que como no teníamos coche ni moto dos paquetes de veinticinco, por ser el primer día, ya estaría bien. Henri sonrió de forma caballuna y dijo que si las vendíamos todas el primer día sería todo un éxito y Marius replicó que todo dependía de la zona. Nos dio a escoger dos rutas, una casi en la periferia y otra al oeste de la ciudad, y Marius eligió la más alejada del centro. Quedaron en que llamaríamos nosotros por la noche desde el albergue para decir cuántas necesitaríamos al día siguiente.

Cogímos un autobús que nos dejó en un barrio de clase media. Marius me fue dando instrucciones de venta en el autobús, él ya había trabajado vendiendo libros y revistas. Nos repartimos la calle, él los pares y yo los nones.

Algunos pisos no contestaron al llamar por el interfono, otros no abrieron la puerta al decirles que se trataba de una revista y algunos me escucharon, hicieron preguntas y me cerraron la puerta cabeceando una negativa. Al cabo de dos horas no había vendido ni una y Marius tres a unas hermanas medio sordas y medio dormidas. Comimos un bocadillo de “foie-gras” que nos prepararon en un “bistro” cochambroso y nos repartimos una cerveza. Volvimos al ataque hasta las siete de la tarde con un resultado descorazonador: seis revistas, pero Marius dijo que volveríamos al día siguiente. Le dimos la nueva a Henri que se carcajeó como un demente e insinuó que con las que nos quedaban teníamos para toda la semana, pero Marius no se arredró e insistió en otro paquete para el día siguiente.

Marius sugirió cambiar de estrategia. Cada uno “trabajaría” una calle y nos encontraríamos cada hora. Empecé con entusiasmo.


La belle de Mai.

No había portería ni telefonillo, así que subí por una escalera estrecha, mal iluminada y llamé a una puerta. Oí que unos pasos se arrastraban por el suelo y pensé que era una persona mayor. Era una mujer madura. Llevaba una bata con volantes, como las que llevaban las coristas en el cine y desprendía un perfume ajazminado de antiguos efluvios. En la pared de la entrada había un espejo donde se reflejaba el interior de un dormitorio o alcoba ya que la puerta estaba completamente abierta. Se veía una cama con una colcha de color rosa, paredes del mismo color y una lamparilla con una pantalla de color rojo. Le ofrecí la revista y la mujer me compró una. Entornó la puerta un instante y volvió con un portamonedas. Me dio varias monedas y cuando buscaba el cambio me dijo que me lo guardara. Se lo agradecí y durante unos segundos nos miramos fijamente.



Tenía la piel ajada y las mejillas se desplomaban sobre unos labios gruesos, el cabello era crespo de tanta permanente y ligeramente quemado en las puntas, los ojos medio cerrados por falta de sueño estaban rodeados por una telaraña de arrugas. Quizás ella imaginó lo que yo estaba pensado y se puso tensa pero yo le ofrecí la mano. Eran unos dedos firmes y cálidos.

Cuando bajé me encontré con Marius que parecía radiante. Había vendido seis revistas en una misma escalera y sólo eran las once. Yo le indiqué donde había estado y cuando le señalé la casa vi la mujer que me había comprado la revista en la ventana. Soltó el visillo cuando se dio cuenta de que la miraba pero volvió a asomarse al ver que yo la saludaba con la mano y me dedicó una sonrisa.

Fue un buen día.


Un jueves fuimos a un barrio que se llamaba “la Belle de Mai”, un nombre muy bonito para un lugar muy humilde. No vendimos nada hasta que una mujer del mercado nos dijo que nos acercáramos a la escuela, quizás allí nos comprarían alguna revista. Era una escuela rodeada por un muro medio derruido y con un patio de gravilla con unos maderos que pretendían ser los palos de una portería de fútbol. La fachada se caía a pedazos y la humedad rezumaba por todas partes. Nos atendió el director, no podía comprar nada pero nos pidió que les explicáramos a los niños de qué trataba la revista. Nos introdujo en un aula llena de chiquillos. Se callaron al instante, como asustados por nuestra presencia inesperada. Mientras Marius exponía someramente los temas de la publicación yo me fijaba en aquellas caras con unos ojos enormes, abiertos, brillantes, ansiosos de todo, expectantes. Cada uno vestía como podía, con zapatos gastados, abiertos por las puntas, las piernas sucias, llenas de arañazos, pelos revueltos, falditas hechas con cualquier paño que sobró de algún traje o de un vestido de una hermana mayor o de una vecina, camisas con más ojales que botones, blusas grises de tanto lavado….. pero siempre recordaré sus ojos.



Eran ya mediodía y no habíamos vendido nada. A media tarde entré en una callejuela con casas de dos plantas. Llamé y me abrió una chiquilla de unos ocho o nueve años. Me dijo que me esperara, que llamaría a su madre. Desde el interior me llegó la voz de una anciana. Le decía a la niña que no llamara a su madre, que si compraba aquella revista ella no podría comprar el pan para hacerle el bocadillo para el desayuno. Fue como una sacudida eléctrica. Miré a mi alrededor. El lugar no estaba asfaltado, lleno de hoyos y abrojos donde dormitaban unos gatos legañosos. No esperé a la niña, me volví y cuando llegué a la calle principal me di la vuelta, la niña me miraba desde la puerta y me saludaba con la mano.



Aquel día sólo vendimos media docena de revistas. Marius echaba chispas y despotricó contra Henri por habernos mandado a un barrio donde ya habían pasado otros compañeros una semana antes. Me dijo que nos quedaríamos con el dinero como compensación. Por la noche los gritos de Marius hablando por teléfono con Henri resonaron hasta los dormitorios del piso superior. Quedaron en que Henri pasaría a recoger las revistas sobrantes por el albergue y que ya no trabajaríamos más para él. Preparamos nuestros habituales bocadillos de “foie-gras” pero esta vez con dos cervezas.

Al día siguiente yo volví a la biblioteca, mi lugar favorito de Marsella cuando no tenía trabajo, mientras esperaba una llamada de Monsieur Lagier que tardó en llegar. Marius deambuló unas semanas más por Bois-Luzy, ahora apenas nos veíamos pues llegaba muy tarde por la noche, trabajaba de camarero en un bar del puerto y un día en que llovía a cántaros desapareció.

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ERASE UNA VEZ EN ... ORANGE, MORNAS, LYON, DIJON. ( PRIMERA ETAPA DEL VIAJE ... )

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
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CASTILLO DE MORNAS.

Marché hacia Estrasburgo una mañana del mes de mayo. Iba con Louis a quien había conocido en Bois-Luzy. Louis yJoseph eran hermanos. Habían nacido en Argel, hijos de una mujer española que llevaba muchos años en el país del norte de África, y sólo hablaban francés.

Habían estado en la Riviera trabajando de camareros pero tuvieron problemas con los dueños del restaurante y prefirieron cambiar de aires, y se trasladaron a Marsella. Todos los “fijos” del albergue teníamos el mismo problema laboral: un paro crónico que sólo Frank, el encargado,y Ferdinand, que trabajaba en una ferretería, habían superado, y se unieron al
grupo.

La muerte de Daniel me afectó mucho y durante unos días apenas me moví de Bois-Luzy. Los hermanos no tenían dinero y compartí con ellos los pocos francos que tenía de mi último trabajo. Mis lentejas llegaron a ser famosas, no por su calidad sino porque fueron el único plato que ingerimos durante semanas. Un mediodía con otros tres compañeros decidimos ir al mercado municipal de la Cannebière. Nos habían dicho que a la hora del cierre los vendedores dejaban las hortalizas, frutas y verduras que no habían vendido y que estaban demasiado maduras o estropeadas para vender al lado de los contenedores de basura. Además, a veces, se encontraban otros comestibles abandonados, una posibilidad que teníamos que aprovechar.

Los comerciantes habían ya cargado las furgonetas y desmontado los tenderetes del exterior del mercado. Nos dividimos en tres grupos y empezó nuestra “busca y captura” para la supervivencia. Llevábamos muchas bolsas de plástico que Frank, escéptico, como siempre, nos dio para animarnos pero nos recordó que debíamos devolver las vacías, esto lo dijo con una leve sonrisa. Los adoquines del recinto rezumaban todo tipo de jugos, y por todas partes se amontonaban lechugas podridas, hojas de coliflor, tronchos cortados y marchitos de puerros, cebollas ennegrecidas, ajos desmochados, apios manchados, patatas llenas de agujeros con agua pútrida, tomates aplastados, nabos reventados, chirimoyas con gusanos, frutas que de tan maduras se deshacían sólo de tocarlas…………………. Con nuestros cuchillos fuimos limpiando los trozos que parecían comestibles y al cabo de una hora y media habíamos llenado varias bolsas. No era un gran botín, pero suficiente para una cena o dos. El regreso fue más animado, teníamos una hora larga de camino y aprovechamos para comer la fruta que habíamos podido recuperar.

Frank meneó la cabeza compadeciéndonos cuando vio lo que habíamos encontrado, pero aquella noche hicimos un potaje de verduras que la sal, pimienta, pimentón y las hierbas de la cocina enriquecieron considerablemente. Llenamos las panzas y recobramos un poco del humor perdido los últimos días. Llamé a Serge para compartir mi ración, la rechazó inicialmente pero yo insistí, era mi cena y sabia que él no había comido nada aquel día, y él hubiera hecho lo mismo conmigo.

Seguíamos sin encontrar trabajo. Los Lagier también estaban en horas bajas y el paro crecía en toda la zona de Bouches-du-Rhône. No sabía que poco después empezaría un nuevo viaje.

Louis y Joseph habían trabajado en Estrasburgo y me comentaron que allí habría más posibilidades de trabajo, además tenían una hermana que vivía en Wissembourg, su marido era conserje de un instituto y tenían una vivienda en las instalaciones. La población era fronteriza con Alemania, el instituto estaba justo en la frontera, y mucha gente trabajaba en la fábrica de Mercedez-Benz a apenas media hora en coche de la frontera. La empresa disponía de autocares que recogían a los trabajadores en sus diversos turnos y regresaban al atardecer; encontrar trabajo allí, en última instancia, no seria difícil. Pero Estrasburgo era la meta.
Joseph prefirió quedarse en Marsella. Dibujaba muy bien, tenía un trazo extraordinario, pero se había especializado en “tebeos” de hazañas bélicas y su época ya había pasado. Sus viñetas llenas de submarinos alemanes y aviones británicos no interesaban a nadie, tenía que reciclarse y era el momento de hacerlo.

Teníamos que hacer el viaje en “auto-stop”, apenas teníamos dinero para comprar provisiones y ahorrar era imprescindible. Una furgoneta nos dejó en Aix-en-Provence, cerca de la gran universidad. De un vehículo a otro fuimos haciendo cortas etapas esperando llegar a Dijon al día siguiente, pero las cosas no habían de ser tan fáciles.

DIJON.

Llegamos a Avignon al atardecer y nos dispusimos a dormir cerca del palacio papal, en un prado con grandes árboles. Al despertar estábamos rodeados de sacos de dormir donde unos chicos roncaban como benditos. Sin duda era el lugar preferido de los auto-stopistas sin suerte ni dinero. Dejamos Avignon temprano, los ronquidos y la humedad nos estimularon a ir a buscar una carretera que fuera al este.

LYON.

Un coche se detuvo y preguntamos adónde iba, el conductor, un tipo joven, alegre, nos dijo que cerca, pero nunca imaginamos que nos dejaría al cabo de un kilómetro, había llegado a su casa, un lugar en medio de la nada. Estuvimos horas y horas esperando. Eran las ocho y empezaba a oscurecer. No tuvimos más remedio que internarnos en un bosquecillo y pasar la noche rodeados de pinos y de luciérnagas. A las cinco de la mañana volvimos a la carretera. Pasaron las horas y hasta mediodía no pudimos encontrar ningún vehículo. A las cinco de la tarde llegamos a Orange, unos simples cien kilómetros desde Marsella, y nuestro ánimo empezaba a flaquear, por no decir nada de nuestro humor que empeoraba con el tiempo, un cielo lleno de nubes oscuras que amenazaba un torrente de agua. El conductor nos había hablado de la antigüedad romana de Orange, su espléndida fuente en el centro de la población y quizá por altruismo nos dejó justo allí, rodeados de coches que circunvalaban la noble piedra de la fuente. Una parada de autobuses fuera de uso nos acogió con su techo de obra y su banco de madera húmeda y casi carcomida. Dormimos medio sentados, rodeados de una cortina de agua que llenaba los hoyos de la carretera comarcal.

Al día siguiente un coche destartalado lleno de libros viejos con destino a Mornas, unos diez kilómetros de Orange, nos dejó a primera hora de la tarde al pie de la fortaleza que domina la población. Era un pueblo pequeño, con una plaza central donde un camión con la parte trasera transformada en tienda ambulante de embutidos y quesos pregonaba sus exquisiteces a los pocos transeúntes que en aquellas horas todavía calurosas se atrevían a circular por sus calles. Recuerdo una panadería. Estaba en la misma plaza, se bajaban unos peldaños de roca gastados por los años y al fondo había un mostrador, y detrás estantes con enormes hogazas de pan, crujientes panes de centeno, panecillos blancos como la nieve, pasteles, pizzas coronadas de marisco, tartas de hojaldre, empanadas aún calientes de las que emanaban pequeñas volutas de vaho……..... El interior era fresco, casi frio, muy agradable, tanto que me demoré un buen rato mientras simulaba interesarme por casi todos los productos que allí había. Nos instalamos en las afueras, al pie de un despeñadero, un llano con un riachuelo y una tranquilidad tan absoluta que decidimos pasar allí el resto de la tarde y la noche. Dimos un paseo siguiendo el río y cogimos muchas cerezas y de un campo que parecía abandonado muchas patatas que asamos en las brasas de la hoguera que encendimos con toda precaución. Estaba oscureciendo do cuando se nos unió un suizo atraído por el agradable olor de las patatas y del tomillo y la retama que usamos para perfumar las brasas. Él compartió los embutidos que había comprado en la pueblo, bebimos una botella de vino, también suya, y las cerezas con queso no fue una mala combinación.

Empezamos temprano al día siguiente. El suizo iba a Nantes, al oeste, y nos separamos en la carretera. No tuvimos que esperar demasiado y encontramos una furgoneta de reparto que iba hasta Lyon. Nos dejó cerca de la autopista, no estaba permitido hacer auto-stop dentro de ella. Dos chicas estaban allí y con el poco humor que nos quedaba les .pedimos la vez. Se echaron a reír y estuvimos charlando hasta que un Citröen negro, enorme, se detuvo y las chicas corrieron hacia él. Al cabo de unos minutos vimos que cerraban bruscamente una de las puertas y empezaron a insultar al conductor, un tipo obeso con traje y corbata. Intuí lo que había pasado y arrastrando a Louis que estaba como alelado corrí hacia el coche pero ya había arrancado con un ruido de neumáticos atronador. Estaban indignadas. El tipejo en cuestión sólo aceptaba a una de ellas hasta Orléans, el destino de las muchachas. Estuvimos despotricando un buen rato hasta que un camión las recogió, sólo a dos nos decían claramente los dedos levantados del conductor que se disculpó con una sonrisa algo cínica. Nos despedimos efusivamente de ellas y nos dejaron media botella de naranjada caliente.

Llevábamos un par de horas y cansados decidimos ir a un supermercado cercano y comprar pan y queso, ya habíamos agotado las provisiones de Marsella. Nos sentamos en unas piedras y la espera fue larga, agotadora : tres horas tardamos en subir a un coche que nos dejó en una pequeña población a medio camino de Dijon. Otra noche al raso. Nos lavamos en una fuente, más pan y ahora chocolate, y nos tumbamos bajo el alero de un taller de reparación de motocicletas bajo la amenaza de un perro que ladraba desde el interior, pero estábamos tan cansados que no le hicimos caso.

La próxima etapa era Dijon. Tardamos horas en llegar. Anochecía y fuimos a un bar a tomar una bebida caliente. Nos sentamos en una mesa de mármol. Al cabo de un buen rato pregunté en la barra donde podíamos pasar la noche, si había algún albergue, queríamos asearnos, pero no sabían de ninguno, y nos hablaron de un aparcamiento de camiones con dirección a Besançon. Estuvimos una hora charlando con aquellas personas que además nos invitaron a tomar café.

Dormimos en el aparcamiento entre dos camiones de gran tonelaje y de madrugada, los primeros camiones se pusieron en marcha. Uno de ellos nos dejó en una carretera que aseguró ser la que llevaba a Estrasburgo, lo cual no era cierto. Anduvimos horas sin ver ni un solo vehículo y cuando habíamos perdido la esperanza de salir de allí, además había empezado a llover, de la bruma apareció un camión. Se extrañó de vernos por aquellos parajes tan solitarios, él hacía una ruta por el interior transportando cajas de flores secas. Nos recogió con el pretexto de que se dormía y esperaba que charlando se le pasaría la modorra que el embargaba. Nos dio los restos de un enorme bocadillo de carne y tuvimos que entretenerle cantando, silbando, contando chascarrillos estúpidos simplemente para que mantuviera los ojos abiertos. En dos ocasiones cerró los ojos y el camión se desvió peligrosamente hacia el carril contrario pero enderecé el volante con un gesto firme sujetándole las manos. Cerca de Estrasburgo le ayudamos a descargar unas docenas de cajas y nos dejó en el centro de la ciudad. Una mañana gris, húmeda, con enormes charcos de agua por todas partes fue la bienvenida a la esperanza de un trabajo que resultó un fracaso desde el principio....

MORNAS


Y CONTINUARA !!! ....

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ÉRASE UNA VEZ EN.. KARLSRUHE ( FINAL DEL VIAJE! )

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
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K A R L S R U H E

Tenía un buen trecho andando, el auto-stop no funcionaba cerca de la frontera. Durante una hora y media anduve por carreteras comarcales, después nacionales y luego me extravié. Tomé un atajo que me llevó a la autopista y, por lo tanto, tuve que retroceder. Llegué a una estación de tren, estaba cansado, era casi mediodía y no sabía cuándo llegaría a Karlsruhe. Miré los horarios de los trenes y al final pregunté en una de las taquillas. Estaba cerca y el precio del billete era barato, por lo tanto decidí tomar el tren y dejar el auto-stop para la vuelta...

Quince minutos más tarde estaba en Karlsruhe. No fue difícil encontrar la base militar, había indicaciones por todas partes, y me dirigí directamente a una garita donde un soldado completamente pertrechado montaba guardia. Dejó que hablara, le di todos los nombres que me había dado André y sin decirme una sola palabra descolgó un teléfono y transmitió mi mensaje. Al cabo de cinco minutos un impresionante coche americano se detenía al lado de la garita. El conductor, alemán, dijo en inglés que me llevaría a ver al sargento.

Era un tipo parlanchín y campechano, me hizo varias preguntas y pareció quedar satisfecho. Me dijo que íbamos directamente a la oficina de empleo de la base para ver si podían arreglar el tema de un posible contrato para no comunitarios. Llegamos a un edificio de oficinas y después de pasar varios controles entramos en un despacho. Una mujer tecleaba en una máquina de escribir y mientras ellos dos hablaban en alemán yo me entretuve en mirar por la ventana. Era un tercer piso y desde allí se veían las instalaciones de la base y los aparcamientos llenos de coches americanos y vehículos militares. Había casitas con un pequeño jardín alrededor, como las que se veían en las películas americanas de los años cincuenta, y que eran las de los oficiales, mientras que más lejos se destacaban los barracones de los soldados. Cuando terminaron de hablar el alemán me miró y movió la cabeza indicándome que no había solución. Era imperativo un contrato y si el sargento decidía hacerme una carta y volvía con ella a Barcelona y me presentaba en el consulado alemán quizá habría alguna posibilidad. Me hicieron la carta y me acompañaron a la salida.

Ya me había hecho a la idea de volver y conseguir un contrato aunque no fuese fácil. Si quería volver a Inglaterra tendría el mismo problema pero al menos aquello ya lo conocía y allí sería más fácil. De hecho quería volver a Londres, tenía que seguir con el japonés y en el Central Polytechnic siempre encontraría una plaza con el profesor Parker, con quien me mantenía en contacto por carta, pero antes quería estar un año en Alemania y aprender algo de alemán.

Busqué la carretera que llevaba a Francia y al poco rato un motorista me hizo señas para que me acomodase detrás de él y me dejó en un garaje al lado de la carretera, estaba cerca de la frontera y en francés me indicó que me esperara allí, a aquella hora pasaba un camión con destino a Wissembourg. Y así fue. Una camioneta llena de cajas de cerveza y gaseosa se paró delante de mi mientras el motorista me saludaba con la mano desde la ventana de la cocina. No hablamos ni una sola palabra, condujo por la carretera desierta y cuando llegamos se bajó del coche y saludó a André que me miraba sonriente. El motorista era su primo y el camionero un amigo de la familia, le había llamado por teléfono y comunicado mi llegada, era el único habitante de Wissewmbourg que hacía auto-stop……

La hermana de Louis nos había encontrado una habitación en casa de una viuda. Una anciana vestida de negro, una aparición del siglo diecinueve, nos esperaba. Les dije que no podía quedarme, que tenía que volver para lo del contrato, pero Marie dijo que aunque yo no me quedara la habitación era para Louis, no podía quedarse en su casa, normas del instituto, aunque había hablado con el director y nos había concedido un permiso provisional por ser Louis su hermano y yo un imaginario primo, la familia tenía aún algunos privilegios aunque fueran temporales, por lo tanto caducos.

Era una habitación feísima, oscura, con una ventana oculta tras unas cortinas de terciopelo ajadas, gruesas, llenas del polvo de los siglos, una cama enorme llena de cojines y almohadas amarillentas, una silla de color negro, una butaca tan baja que parecía estar pegada al suelo, una mesa-escritorio en buen estado y una lámpara con una pantalla verde. Deprimente vivir allí y peor dormir en aquel cuarto que olía a naftalina, a flores marchitas, a ropajes mohosos y a decrepitud. Louis no dijo nada, pero su cara reflejaba inquietud mientras Marie discutía un alquiler que la viuda rebajaba constantemente en una lucha frenética para conseguir al inquilino y Marie para salir de allí airosa sin desairar a la viuda negra. Cuando salimos casi sin despedirnos Marie suspiró y dijo que a pesar de que Louis no se podía permitir nada mejor ella le encontraría un buen cuarto individual ya que yo no podía quedarme.

Aquella noche cenamos pollo frito, con patatas, coles de Bruselas, cerveza y brindamos con unas copitas de aguardiente para que el empleo de Louis fuera más o menos permanente y que yo pudiera volver, aunque el sentimiento general era de que no volveríamos a vernos.

La empresa donde empezaba a trabajar Louis tenía tráfico diario con Estrasburgo y Marie, que conocía a los dueños, les pidió si podía bajar con alguno de sus camiones. No hubo ningún problema y al mediodía me acomodé en la cabina del conductor, me despedí de todos y emprendí el viaje de regreso.

Llegué al albergue de la juventud poco antes de la cena. El conductor conocía el camino y me llevó directamente. Por aquellas casualidades tenía un transporte al día siguiente para Marsella y me propuso viajar con él, prefería tener compañía, y como yo hablaba francés el trayecto sería más agradable. Quedamos en que él pasaría a recogerme a las diez de la mañana, yo tenía que esperarle delante del albergue, no debía demorarme puesto que no podía aparcar en aquella calle.

El albergue estaba lleno y después de deambular por varios pasillos llenos de extranjeros como yo me metí en un cuarto con seis literas. Había seis muchachos que hablaban entre ellos y se callaron cuando entré. Les pregunté si quedaba alguna litera libre pensando que si era seis tendría que buscarme otro sitio, pero no, uno de ellos estaba en otro cuarto, y me cedieron una. Me tumbé sin hacerles caso, y ellos prosiguieron con su charla. Me acomodé, saqué un libro y me puse a leer. Al poco rato salieron todos a cenar y yo preferí quedarme allí y comerme los bocadillos que me habían preparado Marie y Dorine.

La niña había insistido en ayudar a su madre y su bocadillo tenía carne de ternera, picadillo de huevo con pimiento rojo y pepinillos, una hoja de lechuga, salsa blanca picante, un tomate cortado en rodajas y unas lonchas de un embutido que parecía mortadela, el bocadillo era tan grueso que no me cabía en la boca y al morderlo todo se desparramaba por las comisuras como si aquellos ingredientes quisieran huir de la voracidad de mis mandíbulas, y Jacques aportó una bolsita de cacahuetes salados que había encontrado en la calle, su sinceridad era conmovedora.

La ventana daba a la calle principal, no había visillos, y las luces de los coches iluminó el cuarto toda la noche. Me dormí tarde pero como tenía los ojos cerrados los compañeros de cuarto pensaron que estaba dormido y no hicieron ruido, pero las literas crujieron como jaulas de grillos martirizados y a cada vuelta parecía que iban a desplomarse en cualquier momento.

Fui el primero en levantarse y bajé a desayunar. El comedor estaba vacío, una mujer leía un periódico y al verme entrar se levantó y se metió en la cocina. Salió con una cafetera, me llenó la taza ,rechacé la jarrita de leche, y un bollo con una pizca de mermelada fue mi ración.

Eran las ocho de la mañana y el camión no pasaría hasta las diez. Tenía dos horas para deambular por la ciudad. Memoricé el nombre de la calle, el itinerario, y fui al centro. Vi la espléndida catedral gótica y el centro histórico, paseé por sus callejuelas siempre pendiente del reloj y regresé a mi punto de partida. Faltaban quince minutos, me apoyé en una pared y esperé. A las once empecé a ponerme nervioso, a las once y media me preocupé y a las doce me inquieté, el camión no llegaba y para colmo empezó a llover a cántaros. Decidí esperar media hora más debajo de unos balcones pero fue en vano, mi transporte no llegaba. Tenía que salir de Estrasburgo y opté por el tren. Pregunté por la estación y resultó que estaba muy cerca. La lluvia arreciaba y el vestíbulo estaba lleno. Había un tren a Marsella a las quince horas.Fui a los lavabos, me sequé con las toallitas de papel de una máquina y conté mis escasos francos, el dinero justo y preciso para Marsella, una noche en Bois-Luzy y para llegar a Barcelona.

Llegué a Bois-Luzy temprano.Vi a alguno de mis antiguos compañeros pero Serge se había marchado al poco de irme yo. A Gérard lo habían echado por robar, dormía en los bancos públicos o bajo los matorrales de los parques y comía los paquetes de comida que l’Armée du Salut distribuía a los indigentes, Marius ya no estaba, nadie le había visto salir, Pierre había vuelto a Grenoble y Bob seguía ausente.

Pasé mis últimas horas con Joseph transmitiéndole los abrazos de la familia y contándole nuestro accidentado viaje al norte. Comimos un cous-cous memorable al que nos invitó Ruggero, un italo-suizo que había vendido la maleta que le cambié por su roñosa mochila y quiso compensarme en cierta manera por el desfavorable trueque que había hecho, yo, claro.

No volví a Estrasburgo. El consulado alemán se negó a tramitar ningún documento oficial basado en una carta manuscrita de un sargento estadounidense.


!FRANCIA HABIA TERMINADO Y VOLVI A LONDRES!.




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ERASE UNA VEZ EN .... MARSELLA ... SERGE

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


-S E R G E-


Serge dejó las brumas de su Bretaña para viajar por toda Francia especialmente por el sur. Huía del frío y la neblina gris de Brest y vagabundeó por la Camargue para después plasmarla en sus baldosas. Serge pintaba flores de otros mundos, paisajes breves con toros que rumiaban al lado de los arrozales, salinas, caballos blancos paciendo bajo el sol, girasoles ........Sus baldosas estaban siempre llenas de luz, trazos delicados, colores tenues, suaves, líneas sinuosas, evocadoras.



Le conocí una tarde. Volvía a Bois-Luzy, después de haber pasado todo el día en la biblioteca leyendo. Me refugiaba allí cansado de ir de un lado para otro buscando trabajo en una Marsella que tenía ya miles de parados. Llegué hambriento, frustrado y desanimado, una combinación poco apta para alternar con la gente que a aquellas horas llenaba el comedor del albergue. Como yo era de los habituales, es decir, llevaba viviendo allí cinco meses, podía comer en la cocina, lo cual prefería. Allí estaban Frank, Gérard, Ferdinand, Abderramán y un tipo delgado, moreno, con un bigote estilo Pancho Villa y una espléndida cola de caballo de color castaño. Era Serge. Me lo presentaron y simpatizamos rápidamente.


Bois-Luzy, Marsella

Ferdinand estaba malhumorado. Habían llegado dos autocares de alemanes y nos tocaba dormir en las habitaciones del fondo, al lado de los lavabos, con las literas pegadas las unas a las otras, y no nos gustaba estar allí, ni que fuera por una noche o dos. Frank alegó que no había otro remedio y Abderramán replicó que, claro, a él no le importaba porque como era el encargado tenía habitación propia. Al final terminamos hablando de la falta de sexo en los albergues de la juventud. Serge dijo que él también dormiría en el “exilio”, palabra afortunada de Ferdinand, solidarizándose con nosotros. Bridamos con un vaso de un vino horroroso que Gérard compraba en una bodega del puerto, Frank dijo que era tan malo que no lo compraba, se lo regalaban para quitárselo de encima. Otra discusión. Aproveché para comerme mi camembert, la cena de todas las noches.

Salí al jardín. Era una especie de patio lleno de arena gruesa y guijarros rodeado por árboles y daba a la carretera de entrada al albergue. Era la ruta obligada para los coches y nosotros usábamos la salida trasera que daba a una gran escalinata de piedra llena de hierbajos en sus innumerables grietas. Por allí se bajaba directamente a la avenida que descendía hasta el centro de la ciudad y donde estaban además las dos únicas tiendas de comestibles. A lo lejos se intuían las luces del Château d’If y a la derecha la claridad diáfana del Vieux Port. Hacía frío y entré al cabo de unos minutos. No había nadie en la cocina y subí a acostarme.

Serge sorbía un a taza de café en el comedor ya vacío. Los alemanes habían partido a su nueva destinación y el albergue recuperaba su tranquilidad habitual. Me preparé una infusión y me senté al lado de Serge que estaba limpiando unas baldosas. Me explicó que se dedicaba a pintarlas. Las vendía en mercados y ferias, llevaba años haciéndolo. Se fue con una renqueante motocicleta y yo me quedé solo mientras decidía qué hacer. Al cabo de unos minutos Frank me llamó, tenía una llamada telefónica. Era Maud. Durante unos días había trabajado en una oficina municipal haciendo la limpieza pero como no tenía papeles no pude seguir. Maud, Claire, Odile, Zuléma y Tina trabajaban allí también y nos habíamos caído bien. Al marcharme me pidieron el teléfono para avisarme si sabían de algún trabajo para mí, y parecía que tenían uno: hacer de canguro de sus hijos por las tardes. Mi trabajo consistía en recogerlos de la escuela, llevarlos a casa, merendar y cuidarlos hasta que llegasen, normalmente entre las ocho y las nueve de la noche, hacer un poco de limpieza y poner alguna lavadora. Acepté encantado. Empezaría aquella misma tarde.

La región de la Camargue



Decidí ir a la Cannebière y ver si conseguía encontrar a Serge. Primero fui a Le Pagre, el mercado de los pescadores, pero no le ví, después al Cours Julien, el mercado agrícola, tampoco , y finalmente me decidí por el Prado, el más popular. Tuve que dar una vuelta completa y meterme por las callejuelas pero al fin lo encontré. Estaba sentado en una sillita plegable, al lado de su motocicleta y fumando un cigarrillo apestoso. Había distribuido sus baldosas sobre una especie de sábana doblada y tenía una caja llena de tarros de pintura en su regazo mientras pintaba. Me saludó con su sonrisa socarrona y no dijo nada hasta terminar de pintar la baldosa. Eran unos flamencos rojos, típicos de la Camarge sobre el fondo azul claro de la loza, muy bonitos. Me dijo que había vendido dos baldosas, suficiente para pagar dos noches en Bois-Luzy y comer dos días, todo un éxito a aquellas horas, si vendía cuatro o cinco más tendría para una semana.

Se había criado con su abuela, en su tenderete de pescado del mercado de Quatre Moulins; su padre les abandonó y su madre trabajaba de cocinera en un transatlántico que hacía la ruta de Australia y Nueva Zelanda y la veía una vez al año. La abuela Dorine cargó con él hasta su muerte, el primer dolor de su vida. Aprendió a dibujar y a pintar de un vecino que hacía carteles para fiestas y calendarios y cuando no estaba con la abuela se metía en el piso de monsieur Jeanot. Como no tenían dinero se las ingenió para aprovechar al máximo cualquier papel, cartón e incluso trapos viejos , por eso Serge siempre pintaba sobre pequeñas superficies. Bajó a la Provenza e hizo del sol su dios, le rindió tributo y se hizo granjero en Arles sólo para contemplar los amarillos y las noches estrelladas que viera Van Gogh. Hizo de las baldosas su tela y del campo su taller, redujo los objetos y los seres a su esencia como un alquimista de los colores, buscó lo universal en lo más insignificante, huyó de absolutos y trascendencias y se convirtió en un místico de la luz. Vivía con tanta sobriedad que tener para comer durante tres días seguidos lo consideraba un lujo.

Estuve con él hasta media tarde, después me fuí a la escuela del Boulevard Gambetta. Maud me esperaba para recoger a los niños. Eran cinco : Mignone, Mouche, Pierrot, Jean-Jean y Odette. Se pegaron a Maud y me miraron desconfiados mientras cargaba con sus carteras y fuimos todos juntos a la rue Saint Pierre. Era una escalera amplia, oscura, húmeda, con peldaños de baldosas rojas casi todas partidas. Claire esperaba a Maud para ir a trabajar y aprovecharon para mostrarse muy afectuosas conmigo y de este modo presentarme como alguien de confianza. Me quedé solo con cinco pares de ojos que me escrutaban como aves de presa. Mouche tomó la iniciativa y me cosió a preguntas. Era la más pequeña, seis años, su espontaneidad rompió el hielo y al rato estábamos todos tumbados por el suelo comiendo pan con mermelada mientras yo les contaban cuentos orientales.

Durante varias semanas fui el hermano mayor del que carecían y el padre que algunos de ellos no habían conocido. Me ayudaban en todos los quehaceres domésticos, sacando cosas que luego aparecían en otros lugares, se peleaban por la escoba, por llenar los cubos de agua, pero lo más divertido era tender la colada que consistía básicamente de bragas, de todas formas, colores y tamaños, y una vez tendidas parecían ristras de banderolas celebrando una fiesta.

Una noche cuando llegué al albergue volvía a estar lleno de gente. Había mucho barullo e intenté escaparme por la entrada principal, pero Abderramán me llamó. Estaban jugando a cartas, al ajedrez, al parchís, a la oca, toda la mesa llena de juegos y necesitaban un intérprete, y allí entraba yo. Durante dos horas traduje las cosas más dispares aunque la mayoría de las veces no era imprescindible. Todos queríamos comunicarnos, todos hacíamos el esfuerzo de escuchar, saltaron las barreras de las lenguas y las clases y fuimos una Babel de buena voluntad.

Al día siguiente Serge me saludó con un “Bonjour, maître” , al que yo contesté “Bonjour, artiste” , éste fue desde entonces nuestro saludo matutino, él dejó de ser Serge y yo Jordi, y así hasta el final.

Los días de lluvia, nefastos para Serge, los pasábamos en el comedor charlando entre nosotros. Los grupos daban mucho ambiente pero duraban dos días como máximo y todos preferían ir a los lugares típicos y Bois-Luzy quedaba alejado de todo. Una noche le pregunté a Serge si le gustaría pasar una tarde con los niños y conmigo, él podía dibujarles algo, hablar de la Bretaña, de la Camargue, de Arles, aceptó con un simple gesto de cabeza.

Yo ya les había hablado de Serge y cuando vieron su coleta, sus ojos grises que siempre sonreían, su serenidad, quedaron prendados de él.

El comedor se llenó de papeles, salieron lapiceros de todos los rincones, Serge abrió su caja de colores y toda la tarde estuvimos pintando, garabateando los objetos más inverosímiles, creando formas desconocidas, colores imposibles, una velada que me gustaría pensar que fue tan importante para ellos como lo fue para mí. Cuando llegaron Maud y Claire todos se precipitaron hacia ellas mostrándoles sus dibujos y pinturas, había más en sus caras y manos que en los papeles pero a nadie le importó, aunque me tocó a mí lavarlos a todos. Nos invitaron a cenar y nos llenaron de latas de sardinas en escabeche y latitas de paté.

Sólo con aquel trabajo no podía seguir en Marsella y al cabo de varios meses decidí marcharme a Estrasburgo. Me iría temprano y preferí despedirme de todos los “habituales” con los que había compartido tantas veladas. Descorchamos una buena botella de vino, comimos salchichón y quesos y alguien puso una canción de Matt Monro que estaba muy de moda entonces.

Eran les seis de la mañana y el olor del tabaco que fumaba Serge me advirtió de su presencia. Fue nuestro último“Bonjour”,lo sustituimos por un “Au revoir”, pero los dos sabíamos que era un

“ADIEU” ...


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