Blog de literatura japonesa de Jordi Escurriola,
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B O B, en aquella época le llamaba Robert, era francés y le conocí en Bois-Luzy. Venía muchas a veces al albergue donde era muy conocido y hablábamos un rato al anochecer cuando todos nos reuníamos en el comedor comunitario. Le gustaba alardear de su castellano aprendido en el penal de Figueres donde pasó una buena temporada por entrar ilegalmente en España con contrabando.
Era una tarde espléndida. Desde Bois-Luzy el Mediterráneo parecía una turquesa líquida. Había poca gente en el albergue, la mayoría tenían que llegar el viernes. Iba a comprar algo para cenar cuando vi a Bob sentado en la calle, con una botella en la mano. El conductor del autobús le amenzaba con no dejarle subir si no soltaba la botella. Bob acababa de regresar de las fiestas de los gitanos en Sainte-Maire-sur-Mer y estaba borracho.
Me acerqué y le ayudé a levantarse. Discutí con el conductor para que le dejara subrir, yo me hacía cargo de él, y conseguí arrebatarle la botella de la mano. Bob apestaba a vino barato y a vómito. Llevaba el pelo largo, gris, muy sucio, barba de unos cuantos días y su sempiterno gabán había incrementado el número infinito de manchas. Nos sentamos, él boqueando como un atún . Me dijo donde vivía y el conductor nos informó que había una parada cerca porque era un lugar muy céntrico, y nos miro desconfiado. Bajamos y Bob, más recuperado, quiso comprar unos cigarrillos. En Marsella los estancos tenían unos paquetes de cigarrillos de cinco y diez unidades de tabaco barato y se llamaban “du clochard”, para los vagabundos o mendigos, y Bob los fumaba porque así siempre le sobraban unos céntimos para vino.
Llegamos a una finca espléndida en una gran avenida de Marsella. Yo estaba asombrado, más aún cuando sacó un llavero, escogió una llave y la puerta señorial se abrió silenciosamente. Su padre vivía allí, un hombre retirado de los negocios, rico, que abominaba de su hijo, y que aquellos días estaba con unos familiares en Bélgica, recuperándose de un ataque al corazón. Bob tenía unos cuarenta y cinco años pero parecía mayor, por lo que deduje que su padre tendría nos setenta años más o menos. Era un piso precioso, alto, grande, luminoso, con vistas al mar. No se llevaba bien con su padre, siempre discutían, por eso él procuraba estar siempre fuera o en el albergue. Todo esto me lo fue contando mientras yo preparaba infusiones de hierbas para reducir su resaca al mínimo. La nevera estaba vacía pero encontré unas latas de tomate y raviolis en la alacena y comimos sentados en la alfombra del gran salón. Era tarde, estábamos cansados y tenía que regresar al albergue, pero Bob insistió en que me quedara, podía dormir en “el cuarto de la sirvienta”, su cuarto, pero me lo dejaba, él dormiría en una de las cinco habitaciones que tenía el piso.
Era un cubículo en el piso superior donde se amontonaban mochilas, sacos de dormir, bolsas de equipaje y un par de armarios rebosantes de ropa vieja. También había carteras escolares llenas de papeles y mapas de todo el mundo. Su camastro era un colchón lleno de mantas y abrigos, pero no me importó demasiado, y me quedé dormido rápidamente.
Bajé a las ocho de la mañana. Bob estaba ya levantado y ordenaba unos papeles dentro de unas carpetas de cartón. Había preparado té, estaba sobrio y relajado. Desayunamos unas galletas y me pidió que me quedara el fin de semana, quería contarme muchos cosas.
Bob se marchó a la India después de leer a Lanza del Vasto, su “Retorno a los orígenes” cambió su vida que hasta entonces había transcurrido entre dudas y vacilaciones, escapadas a los burdeles de Avignon y borracheras en todas las tabernas del Vieux Port. Preparó su viaje leyendo todos los libros que pudo encontrar sobre la India, el misticismo, el yoga, las Upanishadas, la ley de Manu........ Estuvo varios meses en un “ashram” y después viajó por todos los lugares sacros del hinduismo, estudió sánscrito, y al cabo de dos años la policía lo echó del país por haber sobrepasado el límite establecido por su visado y se le prohibió volver en varios años. Regresó a Marsella, esta vez con más dudas y vacilaciones que nunca y se consagró al alcohol en una huída frenética de todo lo que hasta entonces había sido importante para él.La relación con su padre, su madre había fallecido años antes, que nunca fue buena se deterioró hasta el punto de desaparecer por temporadas y se dedicó a sobrevivir en los albergues de la juventud donde tenía amigos. Después aparecía, se metía en su cuartucho, y allí reseguía en los mapas los caminos de la India, sus veredas, sus ríos, sus fiestas y sus templos. Quiso reaccionar y se fue a Inglaterra, y allí conoció a Anne, se casaron deprisa, él quería quedarse y pensó que el matrimonio le curaría la herida de la India, pero el duende de la botella vivía dentro de él y su trabajo en “pubs” y restaurantes no le ayudó. Nació Moira y después Michel, entre ambos nacimientos Bob había vuelto a Francia, había estado en Italia, España y su matrimonio era ya una reliquia del pasado. Pero él volvía a Clapham Common, a la casa que Anne había comprado cuando nació Moira, y ella siempre lo aceptó.
Aquella mañana me mostró los papeles de las carpetas. Eran poemas suyos, poesías surrealistas con las imágenes que veía durante sus alucinaciones, espléndidos versos llenos de desazón y desengaño, estremecedores. Le dije que eran buenos, podían revisarse, unir unos poemas con otros, escribir de nuevos, hacer un poemario, publicarse. Años después me enteré que los había vendido por quinientos dólares a un profesor de una universidad de Toronto, en una borrachera común que duró varios días, y nunca fueron publicados. Había libretas de sáncrito, sus diccionarios, sus gramáticas con las hojas despegadas llenas de garabatos, incluso frases medio traducidas y otras escritas con mano balbuciente, todo su paraíso perdido.
Pasamos tres días allí, sólo salimos para comprar lo imprescindible, lo más barato, pero tenía mucho té y muchas bolsitas para hacer infusiones. Descubrí muchas cosas y entendí muchas más.
Yo seguí también mi particular viaje y quedamos en escribirnos. Su primera carta me llegó a Barcelona cuando estaba a punto de volver a Londres en mi segundo viaje. Eran unas hojas encabezadas con el ritual “Om ma ni pad me hum” escrito en tibetano, seguía en castellano, intercalaba frases en italiano, empezaba el francés y continuaba con el inglés y terminaba con “que tu sombra nunca decrezca.....” Yo contesté desde Londres al poco tiempo y llegaron varias cartas contándome sus peripecias.
Pasó un año y en una carta me decía que fuera a ver a Anne y a los niños, ya unos adolescentes, que les había hablado de mi y me recibirían con mucho gusto. Fui un domingo. En aquel tiempo yo vivía en Putney y decidí dar un paseo hasta Clapham. Estaba muy cerca del Common, un parque muy grande, lleno de árboles. Era una típica casa de barrio londinense de tres pisos, vieja, muy descuidada. Llamé y oí como alguien bajaba unas escaleras. Me abrió una mujer con el pelo mal teñido y muy alborotado. Le dije quien era y su cara se iluminó con una sonrisa enorme y me contestó que Bob me esperaba el día anterior. Quedé paralizado en el umbral. ¡Bob estaba allí y me esperaba! No podía creerlo.
Subimos unas escaleras llenas de polvo que llevaban a un salón y Bob, de pie, me esperaba con los brazos abiertos. Me presentó a Moira, una preciosidad, y a Michel, muy simpático y divertido. Estuvimos hablando todos a la vez hasta el cansancio. Tenían un pollo, crudo, unas cebollas, ajos, apio, manzanas, dos limones fosilizados, unas patatas llenas de grillos y tarros llenos de hierbas descoloridas. Como ni Anne ni él sabían cocinar me tocó preparar el pollo con Moira como pinche y Michel como observador pasivo. No había un solo plato igual, todas las copas estaban desportilladas, los cubiertos eran desparejos, “requisados” en bares y restaurantes por toda la familia, el mantel era de un restaurante italiano, las servilletas eran pañuelos,mejor no saber su procedencia, pero fue una velada inolvidable.
Volví muchas veces a la casa de Clapham Common, comimos, cenamos, bebimos muchas cosas en aquella casa vieja, con ropa sucia por todas partes, Bob dormía con el gato, Tina, en una galería soleada en la parte posterior encima de abrigos y chaquetas, Moira en un cuchitril con una pequeña terraza directamente sobre el parque, Michel con su madre, con su hermana y a veces con Bob, siempre vestido, siempre sonriente, con libros por todas partes, la mayoría de bibliotecas y que seguramente nunca recuperarían, y charlábamos de todo lo humano y lo divino.
Bob me esperaba muchas veces a la salida de la universidad o del trabajo, siempre con una gran cantidad de bolsas que llenaba con todo lo que encontraba en la calle que le pareciera útil o interesante. Llevaba un gabán enorme, gris-verde-marrón con un toque de mugre, lleno de bolsillos abultados, zapatos de color y formas distintos, y como era muy friolero tres o cuatro jerseis de cualquier medida y colorido. La gente lo miraba pero a mí no me importó nunca, yo iba orgulloso a su lado escuchándole.
Era sábado. Llamé pero no me contestó nadie, insistí, era raro que no hubiera nadie. Desistí y cuando había desandado la mitad de la calle oí a Moira que corría detrás de mi. Estaba en su terracita tomando el sol y no me había oido llamar pero como se veía la calle desde allá me reconoció y bajó corriendo. Bob no estaba y tenía una carta para mí. Me decía que se había vuelto a Marsella, un colega de los albergues le ofrecía un trabajo de vigilante en la isla del Frioul, cerca del Château d’If, todo el año, poco trabajo, poco sueldo, pero mucho sol y muchas propinas de los turistas. Me deseaba suerte y que algún día nos veríamos.
Nunca volví a la casa de Clapham Common,nunca recibí carta de Bob, nadie contestó a la que envié años después de recuperar mi vieja agenda con las direcciones de Londres, nunca supe más de ellos, pero no importa, sé que nos recordaremos siempre.
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