Quien te lastima
te hace FUERTE,
quien te critica
te hace IMPORTANTE,
quien te envidia
te hace VALIOSO,
y a veces es divertido saber que,
aquellos que te desean lo peor...
tienen que soportar
que te ocurra LO MEJOR!!!
Una peculiar manera de presentar el psicoanálisis: Un método peligroso.....
José Miguel Pueyo, psicoanalista
Este fin de año no sólo ha deparado en la película de David Cronenberg (Toronto, 1943), Un método peligroso, una desafortunada manera de presentar a Freud y el psicoanálisis.
En esta ocasión, empero, no se trata de maltratar, por omisión también, a Lacan, ni siquiera a Freud, ya que la peor parte se la lleva el discípulo aventajado que, por un deseo de Freud concerniente a la causa psicoanalítica, fue Carl Gustav Jung. Aventajado, indudablemente, pero sólo hasta que el primer psicoanalista advirtió que aquel joven ario no daba para mucho. Esta circunstancia se encuentra entre los pocos aciertos del filme del famoso director canadiense.
Teniendo sus orígenes en el libro A Most Dangerous Method: The Story of Jung, Freud & Sabina Spielrein, 1993, de John Kerr, (La historia secreta del psicoanálisis. Jung, Freud y Sabina Spielrein. Barcelona: Crítica, 1995), y tras éste en la adaptación teatral de Christopher Hampton, The talking cure, 2002, quien firma también el guión, la película de Cronenberg no es original por ser un tema ya tratado en el cine. La directora sueca Elisabeth Márton, en el 2002, realizó el documental Ich hieß Sabina Spielrein (Mi nombre fue Sabina Spielrein), que fue emitido en los EE.UU., a finales de 2005. Y ese mismo año Roberto Faenza dirigió Prendimi l'anima, en la que reconstruye la tormentosa relación entre Jung (protagonizado por lain Glen) y Sabina Spielrein (Emilia Fox). Por otra parte, a partir de la publicación en 1980 de un informe firmado por Aldo Carotenuto y Carlo Trombetta, Sabina Spielrein adquirió una celebridad parecida a la que tenían Bertha Papenheim (más conocida por el seudónimo que le dio Freud, «Anna O.») o Ida Bauer (la analizante del conocido caso «Dora»).
La historia, en la película de Cronenberg, comienza el 17 de agosto 1904, día en que la joven Sabina Nicolaievna Spielrein, pues sólo contaba 18 años de edad, ingresa en el famoso Hospital Mental de la Universidad de Zürich, más conocido como Hospital de Burghölzli, por estar ubicado en esa colina boscosa del distrito de Riesbach, al sudeste de Zürich.
Cronenberg hurta al espectador la novela familiar y los primeros acontecimientos de la historia clínica de esta singular rusa nacida en Rostov del Don el 7 de noviembre de 1885. Como sin duda muchos de ustedes conocen, Sabina era la mayor de cinco hermanos de una familia adinerada, culta y cosmopolita, de descendencia judía. (La madre había estudiado Odontología; mientras que el padre era un hombre de negocios, comerciaba en granos y semillas, y administraba su propia flota mercante. Ambos eran herejes judíos. Viajaban con frecuencia a Berlín, Zürich y París, y, según cuentan, a Nikolai Spielrein se le conocían algunas amantes).
Del mismo modo que esa elisión no es reprochable, razones analíticas reclaman que se recuerde, bien sea sumariamente, la historia de Sabina Spielrein. Habría comenzado, según los datos de la historia clínica que se encuentra en el Hospital de Burghölzli, así como los que dan a leer su diario íntimo y la correspondencia entre Jung y Freud, cuando apenas contaba tres años de edad. En aquella temprana época, la pequeña Sabina, que al parecer poseía una desbordante imaginación, fue víctima de una alucinación. En ella vio a dos gatos en actitud amenazante encima de la cómoda de su dormitorio. A partir de tan terrible experiencia, la angustia nocturna no la abandonó y la fobia a los animales se convirtió en una preocupación constante durante la vigilia. Poco tiempo después, hizo alarde de un primigenio signo de la neurosis obsesiva al retener las heces, llegando incluso a sentarse sobre los talones para impedirse defecar. A los 7 años abandonó esa obstinación, propia de la fase anal del desarrollo psicosexual, para entregarse, con igual frenesí a la masturbación. El paso del tiempo no propició nada mejor, más bien ocurrió lo contrario. Desde los 13 años, protagonizó continuos ataques de furia, se negaba a comer durante semanas, seguía masturbándose compulsivamente, y sin excepción mostraba una conducta atrevida y extremadamente desvergonzada. Cualquier diría que aquella adolescente se vengaba de una madre que, como la suya, había evitado que tuviese conocimiento de todo lo concerniente a la sexualidad. Por último, Sabina conoció el endemoniado ciclo de las grandes depresiones que se alternan con risas y vehemente euforia que caracterizan a las psicosis maniacodepresivas. Fue entonces cuando sus familiares decidieron que fuese atendida en Suiza. Según el diagnóstico del carismático Eugen Bleuler (1857-1940), por aquel entonces director del Hospital de Burghölzli, los síntomas de aquella joven eran propios de la esquizofrenia, mientras que su mano derecha, o sea, Jung, habla de una psicosis histérica grave. Así lo describe este último en una carta a Freud fechada el 26 de octubre de 1906, casi dos años después de iniciado el tratamiento, que sin duda fue su primer análisis. El joven psiquiatra ario reclamaba a Freud, al maestro que en aquella fecha aún no conocía personalmente, por razones clínicas y personales, dado que en los dos aspectos se encontraba desbordado, consejo y supervisión del caso. «Tomé en análisis a una joven rusa de veinte años que se expresa como una persona mala y pervertida hasta la médula. Por eso no puede estar entre la gente… Estoy tratando a esta psicosis histérica con su método. Un caso difícil. El primer trauma ocurrió entre el tercer y cuarto año. Vio a su padre azotando al trasero desnudo de su hermano mayor. Recibió, a raíz de eso, una fuerte impresión. Más tarde, no pudo evitar pensar que ella había defecado en la mano de su padre… éste y otros fenómenos fueron reemplazados por una masturbación compulsiva. Le estaría muy agradecido si pudiera darme su opinión sobre esta historia.»
Sabina, como he indicado, ingresó en el Hospital de Burghölzli cuando contaba 18 años, institución en la que trabajaba Jung desde hacía cinco, y en la que un poco después sería Jefe de Servicio. Aquel psiquiatra de apenas treinta años, alto, rubio, bien parecido y con cierta fama de seductor, trató a su joven paciente con éxito, utilizando procedimientos terapéuticos novedosos, como la asociación de ideas y el psicogalvanómetro, entre el 17 de agosto de 1904 y el 1 de junio de 1905. Este día, aquella amante de los castigos corporales y de salir a la calle completamente desnuda, gritando disparates e increpando a la gente con gestos obscenos, abandonó para siempre el hospital.
La tranquila ciudad de Zürich fue testigo poco después de una pasión desenfrenada entre aquel joven médico de la alta sociedad de Zürich, casado desde hacía dos años con Emma Rauschenbach (1882-1955), la rica heredera de la firma relojera IWC, de la que a finales de 1904 tendría el primero de sus cinco hijos, Ágatha, y aquella atrevida judía que advirtió, ya fuese inconscientemente, en el aprendiz de psicoanalista que era Jung, un amo en quien poder satisfacer su masoquismo erógeno.
De las limitaciones de algunos críticos del celuloide
Entre ellos los hay que merecen, por diferentes motivos, una consideración semejante a la que parecen estar esperando aquellos de los que cabe pensar que se han puesto de acuerdo en glosar la muerte de Lacan en la revista del COPC. Así es, entre otros aspectos igualmente remarcables, porque a la mayoría de los críticos les ha pasado por alto que la penúltima producción de Cronenberg –ya ha terminado Cosmópolis, la adaptación de la novela de Don DeLillo– se detiene en la primera elaboración teórica de Freud. (Un método peligroso no va más allá del año 1914).
El juicio desfavorable no es pues únicamente y tampoco en primer lugar para el director más célebre de Toronto. Lo merecen quienes no han advertido que esta película trata del psicoanálisis, esto es, de una disciplina que siendo original y cuya vigencia clínica está absolutamente demostrada, suele despertar, por razones intelectuales y afectivas, como acertadamente indicaba Freud, imaginarios prejuicios e indeseables susceptibilidades. Cabría añadir que tales susceptibilidades suelen proceder de odioenamoramientos infantiles, y que la ignorancia intelectual colabora habitualmente al ocultamiento de esa u otra verdad. Ambos, deseo infantil y prejuicio, se reconocen en individuos que se dejan mecer por el burdo materialismo de las tesis de Karl Popper (1902-1944), bien por el ramplón saber epistemológico de Mario Bunge (n.1919), cuando no por argumentos ad hominem de algún filósofo postmoderno y de otros que no lo son en absoluto.
Si los críticos de la gran pantalla no querían contribuir al prejuicio moral y a la confusión intelectual, deberían haber subrayado que la película de Cronenberg presenta asuntos relativos a los orígenes del psicoanálisis y, además, no de los mejores. El descuido de ese dato, tanto más por la puesta en escena de una etiología sexual superada por el mismo Freud, refuerzan las imaginarias consideraciones que desde los primeros días del psicoanálisis vienen divulgando trasnochados ideólogos acerca de una disciplina de la que apenas conocen, a juzgar por lo que afirman sin empacho, el nombre.
El crítico Salvador Llopart, a imitación de otros expertos en el arte de los Lumière, está por otros temas. A la cuestión ¿Qué queda en esta película de aquel David Cronenberg salvaje de Crash? («Un método peligroso: Matar/amar al padre…». lavanguardia.com. 25/11/2011), responde que «Nos reencontramos… con el Cronenberg más clásico de Una historia de violencia… Un Cronenberg secreto como el subconsciente, tirado en el diván y hablando del deseo; de la violencia del deseo…»
Hay en el deseo, sin duda, algo salvaje, más incluso en el deseo sexual. Pero Freud conocía también que el deseo sexual puede encontrar un obstáculo en la corriente afectiva y amorosa hacia el mismo objeto, tanto como para que el hombre no pueda o le sea muy difícil abordar sexualmente a la mujer, como él mismo explica en Sobre una degradación de la vida erótica, 1912. Por otra parte, la siempre desagradable sensación de leer la palabra «subconsciente», utilizada también por Llopart, puede evitarse con una simple consulta a la Red. (Inconsciente, obviamente, es el término adecuado).
Quizá Jung no sufrió por no poder desear a la persona que amaba. Mas de lo que no hay duda es que el 21 de julio de 1912 se produjo la ruptura entre él y Freud. Ernest Jones (1879-1958), psicoanalista inglés y luego biógrafo del singular vienés, conoció la noticia de primera mano: «Ayer recibí una carta de Jung que no puede ser interpretada sino como una renuncia formal a nuestras hasta ahora amistosas relaciones». El motivo fundamental de la separación, como acertadamente presenta Cronenberg, fue la inclinación del joven psiquiatra suizo ante el espiritismo, llegando a conjugar, como es conocido, la telepatía con la teoría de los tipos psicológicos y los arquetipos o imágenes primordiales del inconsciente colectivo. Estas peculiares ideas, además de poner en cuestión la teoría sexual como causa científica de los trastornos mentales, abocaban al movimiento psicoanalítico a críticas más severas de las que ya recibía de los estamentos más vetustos del mundo académico. Si me lo permiten lo expondré de otro modo. Jung era de esas personas que defienden sus ideas con el argumento de que «existen muchas maneras de alcanzar la esencia del mundo y del hombre». (Y así se lo hace decir Cronenberg). Y claro está, la mejor idea es la suya. Pero para ser la mejor adviene de la verificación de esa idea, nunca del demagógico «existen muchas maneras de alcanzar la esencia del mundo y del hombre». Freud, por el contrario, sabía que las afinidades intelectuales de su discípulo harían más mal que bien, como habitualmente se dice, a la causa psicoanalítica. He aquí el motivo, no sin razones clínicas y políticas bien fundadas, de la intransigencia de Freud, y, por consiguiente, lo poco que le costaba romper con antiguas y nuevas amistades cuando advertía en ellas un peligro para la causa psicoanalítica, la cual que es inseparable de la verdad del sujeto que él mismo descubre.
Queda claro una vez más la desorientación intelectual de los críticos que con cualquier pretexto sacan a la luz la intransigencia de Freud para atacarlo. Su intransigencia nada tiene que ver tampoco con la recurrente y por demás ingenua idea de ver en Freud al padre de la horda primitiva (Urvater), tiránico y celoso de sus hijos. En realidad, las cuestiones de orden teórico y la causa psicoanalítica pesaron incluso más en su ánimo que el que Jung no pudiera resistirse al seductor y perverso encanto de las histéricas. Cronenberg deja ver, entre otros affaires del apuesto psiquiatra suizo, que en 1914, en el momento del nacimiento del último de sus cinco hijos, comenzó otra relación sentimental, también en esta ocasión con una sus jóvenes expacientes, Toni Wolff (1888-1953), que duró más de diez años. Algo análogo aconteció, mucho tiempo antes, con su prima Héléne Preiswerk (1880-1911), hecho que mostraba el tipo de mujer que le atraía.
Baste indicar que en la inclinación de Jung por lo místico tuvo mucho que ver su abuelo materno, el pastor Samuel Preiswerk (1799-1871). Con él, su prima Héléne Preiswerk, y la madre de ésta, Émilie Preiswerk-Jung (1848-1923), el joven Carl Gustav solía tener sesiones de espiritismo. La influencia originaria por lo oculto procedía del profesor de psicología en la Universidad de Ginebra y reputado médium, Théodore Flournoy (1854-1920). La obra de este médico y filósofo influyó en Jung hasta el extremo de determinar su tesis doctoral, Acerca de la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos, que presentó en la Universidad de Zürich el año 1902.
Artículo completo:
José Miguel Pueyo
http://josepueyo.blogspot.com