"ERASE UNA VEZ EN MARSELLA ... MARIUS"

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


-M A R I U S–


Marius llegó a Bois-Luzy una mañana de abril. Había estado lloviendo durante todo el día y los habituales estábamos en el comedor jugando al ajedrez mientras Ferdinand freía un filete en la cocina. Había estado allí en varias ocasiones, sólo unos días, de manera esporádica pero conocía a Tirol, el director del albergue, y a Frank. Se saludaron brevemente y Marius subió a los dormitorios.



Apareció por la noche con una bolsa de supermercado. Entró en la cocina y se preparó unos huevos fritos.Yo estaba hablando con Abderramán sobre su aventura con una chica suiza que le había contagiado unas purgaciones de caballo. Ferdinand me preguntó sobre mi trabajo con Monsieur Lagier y le dije que no había nada hasta dentro de un par de semanas. Marius se sentó a mi lado, hizo el gesto inútil pero educado de ofrecerme su plato y empezó a comer. Abderramán seguía quejándose de las molestias que sentía, Ferdinand, huraño como siempre, masticaba una manzana con fruición y dejaba que su jugo se deslizara por las comisuras de sus labios que brillaban bajo los fluorescentes ennegrecidos por los cuerpos de los insectos quemados.

Marius me preguntó si buscaba trabajo. Sí, había estando limpiando pisos para la agencia de los Lagier, pero no tenía nada inmediato. Me dijo que si quería podía trabajar con él vendiendo revistas por los barrios. Se trataba de una revista dedicada a los niños discapacitados, “Feu Vert à l’Espoir”. Había una pequeña comisión por cada revista vendida, se cobraba al final de la jornada al hacer la liquidación a la empresa que gestionaba la publicación y así mientras hubiera revistas. Salía un número semanal con mucha información, entrevistas, residencias especiales, cursos de formación, etc. Era una obra patrocinada por el ayuntamiento y otras entidades municipales.



Le vieux port de Marseille ...
A la mañana siguiente Marius y yo estábamos en la Canebière esperando a un tal Henri, nuestro interlocutor. Una furgoneta se acercó a nosotros y una mano nos saludó por la ventanilla. Henri era un joven casi escuálido, con pelo grasiento, cara de caballo, labios muy finos y una mirada aviesa. Había trabajado anteriormente con Marius pero la mirada que se cruzaron mientras se daban la mano era de pocos amigos. Me presentó pero Henri casi ni me miró, se ajetreó con unos paquetes de revistas que sacó de la parte trasera del vehículo y preguntó cuántas revistas queríamos. Marius le dijo que como no teníamos coche ni moto dos paquetes de veinticinco, por ser el primer día, ya estaría bien. Henri sonrió de forma caballuna y dijo que si las vendíamos todas el primer día sería todo un éxito y Marius replicó que todo dependía de la zona. Nos dio a escoger dos rutas, una casi en la periferia y otra al oeste de la ciudad, y Marius eligió la más alejada del centro. Quedaron en que llamaríamos nosotros por la noche desde el albergue para decir cuántas necesitaríamos al día siguiente.

Cogímos un autobús que nos dejó en un barrio de clase media. Marius me fue dando instrucciones de venta en el autobús, él ya había trabajado vendiendo libros y revistas. Nos repartimos la calle, él los pares y yo los nones.

Algunos pisos no contestaron al llamar por el interfono, otros no abrieron la puerta al decirles que se trataba de una revista y algunos me escucharon, hicieron preguntas y me cerraron la puerta cabeceando una negativa. Al cabo de dos horas no había vendido ni una y Marius tres a unas hermanas medio sordas y medio dormidas. Comimos un bocadillo de “foie-gras” que nos prepararon en un “bistro” cochambroso y nos repartimos una cerveza. Volvimos al ataque hasta las siete de la tarde con un resultado descorazonador: seis revistas, pero Marius dijo que volveríamos al día siguiente. Le dimos la nueva a Henri que se carcajeó como un demente e insinuó que con las que nos quedaban teníamos para toda la semana, pero Marius no se arredró e insistió en otro paquete para el día siguiente.

Marius sugirió cambiar de estrategia. Cada uno “trabajaría” una calle y nos encontraríamos cada hora. Empecé con entusiasmo.


La belle de Mai.

No había portería ni telefonillo, así que subí por una escalera estrecha, mal iluminada y llamé a una puerta. Oí que unos pasos se arrastraban por el suelo y pensé que era una persona mayor. Era una mujer madura. Llevaba una bata con volantes, como las que llevaban las coristas en el cine y desprendía un perfume ajazminado de antiguos efluvios. En la pared de la entrada había un espejo donde se reflejaba el interior de un dormitorio o alcoba ya que la puerta estaba completamente abierta. Se veía una cama con una colcha de color rosa, paredes del mismo color y una lamparilla con una pantalla de color rojo. Le ofrecí la revista y la mujer me compró una. Entornó la puerta un instante y volvió con un portamonedas. Me dio varias monedas y cuando buscaba el cambio me dijo que me lo guardara. Se lo agradecí y durante unos segundos nos miramos fijamente.



Tenía la piel ajada y las mejillas se desplomaban sobre unos labios gruesos, el cabello era crespo de tanta permanente y ligeramente quemado en las puntas, los ojos medio cerrados por falta de sueño estaban rodeados por una telaraña de arrugas. Quizás ella imaginó lo que yo estaba pensado y se puso tensa pero yo le ofrecí la mano. Eran unos dedos firmes y cálidos.

Cuando bajé me encontré con Marius que parecía radiante. Había vendido seis revistas en una misma escalera y sólo eran las once. Yo le indiqué donde había estado y cuando le señalé la casa vi la mujer que me había comprado la revista en la ventana. Soltó el visillo cuando se dio cuenta de que la miraba pero volvió a asomarse al ver que yo la saludaba con la mano y me dedicó una sonrisa.

Fue un buen día.


Un jueves fuimos a un barrio que se llamaba “la Belle de Mai”, un nombre muy bonito para un lugar muy humilde. No vendimos nada hasta que una mujer del mercado nos dijo que nos acercáramos a la escuela, quizás allí nos comprarían alguna revista. Era una escuela rodeada por un muro medio derruido y con un patio de gravilla con unos maderos que pretendían ser los palos de una portería de fútbol. La fachada se caía a pedazos y la humedad rezumaba por todas partes. Nos atendió el director, no podía comprar nada pero nos pidió que les explicáramos a los niños de qué trataba la revista. Nos introdujo en un aula llena de chiquillos. Se callaron al instante, como asustados por nuestra presencia inesperada. Mientras Marius exponía someramente los temas de la publicación yo me fijaba en aquellas caras con unos ojos enormes, abiertos, brillantes, ansiosos de todo, expectantes. Cada uno vestía como podía, con zapatos gastados, abiertos por las puntas, las piernas sucias, llenas de arañazos, pelos revueltos, falditas hechas con cualquier paño que sobró de algún traje o de un vestido de una hermana mayor o de una vecina, camisas con más ojales que botones, blusas grises de tanto lavado….. pero siempre recordaré sus ojos.



Eran ya mediodía y no habíamos vendido nada. A media tarde entré en una callejuela con casas de dos plantas. Llamé y me abrió una chiquilla de unos ocho o nueve años. Me dijo que me esperara, que llamaría a su madre. Desde el interior me llegó la voz de una anciana. Le decía a la niña que no llamara a su madre, que si compraba aquella revista ella no podría comprar el pan para hacerle el bocadillo para el desayuno. Fue como una sacudida eléctrica. Miré a mi alrededor. El lugar no estaba asfaltado, lleno de hoyos y abrojos donde dormitaban unos gatos legañosos. No esperé a la niña, me volví y cuando llegué a la calle principal me di la vuelta, la niña me miraba desde la puerta y me saludaba con la mano.



Aquel día sólo vendimos media docena de revistas. Marius echaba chispas y despotricó contra Henri por habernos mandado a un barrio donde ya habían pasado otros compañeros una semana antes. Me dijo que nos quedaríamos con el dinero como compensación. Por la noche los gritos de Marius hablando por teléfono con Henri resonaron hasta los dormitorios del piso superior. Quedaron en que Henri pasaría a recoger las revistas sobrantes por el albergue y que ya no trabajaríamos más para él. Preparamos nuestros habituales bocadillos de “foie-gras” pero esta vez con dos cervezas.

Al día siguiente yo volví a la biblioteca, mi lugar favorito de Marsella cuando no tenía trabajo, mientras esperaba una llamada de Monsieur Lagier que tardó en llegar. Marius deambuló unas semanas más por Bois-Luzy, ahora apenas nos veíamos pues llegaba muy tarde por la noche, trabajaba de camarero en un bar del puerto y un día en que llovía a cántaros desapareció.

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ERASE UNA VEZ EN ... ORANGE, MORNAS, LYON, DIJON. ( PRIMERA ETAPA DEL VIAJE ... )

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
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CASTILLO DE MORNAS.

Marché hacia Estrasburgo una mañana del mes de mayo. Iba con Louis a quien había conocido en Bois-Luzy. Louis yJoseph eran hermanos. Habían nacido en Argel, hijos de una mujer española que llevaba muchos años en el país del norte de África, y sólo hablaban francés.

Habían estado en la Riviera trabajando de camareros pero tuvieron problemas con los dueños del restaurante y prefirieron cambiar de aires, y se trasladaron a Marsella. Todos los “fijos” del albergue teníamos el mismo problema laboral: un paro crónico que sólo Frank, el encargado,y Ferdinand, que trabajaba en una ferretería, habían superado, y se unieron al
grupo.

La muerte de Daniel me afectó mucho y durante unos días apenas me moví de Bois-Luzy. Los hermanos no tenían dinero y compartí con ellos los pocos francos que tenía de mi último trabajo. Mis lentejas llegaron a ser famosas, no por su calidad sino porque fueron el único plato que ingerimos durante semanas. Un mediodía con otros tres compañeros decidimos ir al mercado municipal de la Cannebière. Nos habían dicho que a la hora del cierre los vendedores dejaban las hortalizas, frutas y verduras que no habían vendido y que estaban demasiado maduras o estropeadas para vender al lado de los contenedores de basura. Además, a veces, se encontraban otros comestibles abandonados, una posibilidad que teníamos que aprovechar.

Los comerciantes habían ya cargado las furgonetas y desmontado los tenderetes del exterior del mercado. Nos dividimos en tres grupos y empezó nuestra “busca y captura” para la supervivencia. Llevábamos muchas bolsas de plástico que Frank, escéptico, como siempre, nos dio para animarnos pero nos recordó que debíamos devolver las vacías, esto lo dijo con una leve sonrisa. Los adoquines del recinto rezumaban todo tipo de jugos, y por todas partes se amontonaban lechugas podridas, hojas de coliflor, tronchos cortados y marchitos de puerros, cebollas ennegrecidas, ajos desmochados, apios manchados, patatas llenas de agujeros con agua pútrida, tomates aplastados, nabos reventados, chirimoyas con gusanos, frutas que de tan maduras se deshacían sólo de tocarlas…………………. Con nuestros cuchillos fuimos limpiando los trozos que parecían comestibles y al cabo de una hora y media habíamos llenado varias bolsas. No era un gran botín, pero suficiente para una cena o dos. El regreso fue más animado, teníamos una hora larga de camino y aprovechamos para comer la fruta que habíamos podido recuperar.

Frank meneó la cabeza compadeciéndonos cuando vio lo que habíamos encontrado, pero aquella noche hicimos un potaje de verduras que la sal, pimienta, pimentón y las hierbas de la cocina enriquecieron considerablemente. Llenamos las panzas y recobramos un poco del humor perdido los últimos días. Llamé a Serge para compartir mi ración, la rechazó inicialmente pero yo insistí, era mi cena y sabia que él no había comido nada aquel día, y él hubiera hecho lo mismo conmigo.

Seguíamos sin encontrar trabajo. Los Lagier también estaban en horas bajas y el paro crecía en toda la zona de Bouches-du-Rhône. No sabía que poco después empezaría un nuevo viaje.

Louis y Joseph habían trabajado en Estrasburgo y me comentaron que allí habría más posibilidades de trabajo, además tenían una hermana que vivía en Wissembourg, su marido era conserje de un instituto y tenían una vivienda en las instalaciones. La población era fronteriza con Alemania, el instituto estaba justo en la frontera, y mucha gente trabajaba en la fábrica de Mercedez-Benz a apenas media hora en coche de la frontera. La empresa disponía de autocares que recogían a los trabajadores en sus diversos turnos y regresaban al atardecer; encontrar trabajo allí, en última instancia, no seria difícil. Pero Estrasburgo era la meta.
Joseph prefirió quedarse en Marsella. Dibujaba muy bien, tenía un trazo extraordinario, pero se había especializado en “tebeos” de hazañas bélicas y su época ya había pasado. Sus viñetas llenas de submarinos alemanes y aviones británicos no interesaban a nadie, tenía que reciclarse y era el momento de hacerlo.

Teníamos que hacer el viaje en “auto-stop”, apenas teníamos dinero para comprar provisiones y ahorrar era imprescindible. Una furgoneta nos dejó en Aix-en-Provence, cerca de la gran universidad. De un vehículo a otro fuimos haciendo cortas etapas esperando llegar a Dijon al día siguiente, pero las cosas no habían de ser tan fáciles.

DIJON.

Llegamos a Avignon al atardecer y nos dispusimos a dormir cerca del palacio papal, en un prado con grandes árboles. Al despertar estábamos rodeados de sacos de dormir donde unos chicos roncaban como benditos. Sin duda era el lugar preferido de los auto-stopistas sin suerte ni dinero. Dejamos Avignon temprano, los ronquidos y la humedad nos estimularon a ir a buscar una carretera que fuera al este.

LYON.

Un coche se detuvo y preguntamos adónde iba, el conductor, un tipo joven, alegre, nos dijo que cerca, pero nunca imaginamos que nos dejaría al cabo de un kilómetro, había llegado a su casa, un lugar en medio de la nada. Estuvimos horas y horas esperando. Eran las ocho y empezaba a oscurecer. No tuvimos más remedio que internarnos en un bosquecillo y pasar la noche rodeados de pinos y de luciérnagas. A las cinco de la mañana volvimos a la carretera. Pasaron las horas y hasta mediodía no pudimos encontrar ningún vehículo. A las cinco de la tarde llegamos a Orange, unos simples cien kilómetros desde Marsella, y nuestro ánimo empezaba a flaquear, por no decir nada de nuestro humor que empeoraba con el tiempo, un cielo lleno de nubes oscuras que amenazaba un torrente de agua. El conductor nos había hablado de la antigüedad romana de Orange, su espléndida fuente en el centro de la población y quizá por altruismo nos dejó justo allí, rodeados de coches que circunvalaban la noble piedra de la fuente. Una parada de autobuses fuera de uso nos acogió con su techo de obra y su banco de madera húmeda y casi carcomida. Dormimos medio sentados, rodeados de una cortina de agua que llenaba los hoyos de la carretera comarcal.

Al día siguiente un coche destartalado lleno de libros viejos con destino a Mornas, unos diez kilómetros de Orange, nos dejó a primera hora de la tarde al pie de la fortaleza que domina la población. Era un pueblo pequeño, con una plaza central donde un camión con la parte trasera transformada en tienda ambulante de embutidos y quesos pregonaba sus exquisiteces a los pocos transeúntes que en aquellas horas todavía calurosas se atrevían a circular por sus calles. Recuerdo una panadería. Estaba en la misma plaza, se bajaban unos peldaños de roca gastados por los años y al fondo había un mostrador, y detrás estantes con enormes hogazas de pan, crujientes panes de centeno, panecillos blancos como la nieve, pasteles, pizzas coronadas de marisco, tartas de hojaldre, empanadas aún calientes de las que emanaban pequeñas volutas de vaho……..... El interior era fresco, casi frio, muy agradable, tanto que me demoré un buen rato mientras simulaba interesarme por casi todos los productos que allí había. Nos instalamos en las afueras, al pie de un despeñadero, un llano con un riachuelo y una tranquilidad tan absoluta que decidimos pasar allí el resto de la tarde y la noche. Dimos un paseo siguiendo el río y cogimos muchas cerezas y de un campo que parecía abandonado muchas patatas que asamos en las brasas de la hoguera que encendimos con toda precaución. Estaba oscureciendo do cuando se nos unió un suizo atraído por el agradable olor de las patatas y del tomillo y la retama que usamos para perfumar las brasas. Él compartió los embutidos que había comprado en la pueblo, bebimos una botella de vino, también suya, y las cerezas con queso no fue una mala combinación.

Empezamos temprano al día siguiente. El suizo iba a Nantes, al oeste, y nos separamos en la carretera. No tuvimos que esperar demasiado y encontramos una furgoneta de reparto que iba hasta Lyon. Nos dejó cerca de la autopista, no estaba permitido hacer auto-stop dentro de ella. Dos chicas estaban allí y con el poco humor que nos quedaba les .pedimos la vez. Se echaron a reír y estuvimos charlando hasta que un Citröen negro, enorme, se detuvo y las chicas corrieron hacia él. Al cabo de unos minutos vimos que cerraban bruscamente una de las puertas y empezaron a insultar al conductor, un tipo obeso con traje y corbata. Intuí lo que había pasado y arrastrando a Louis que estaba como alelado corrí hacia el coche pero ya había arrancado con un ruido de neumáticos atronador. Estaban indignadas. El tipejo en cuestión sólo aceptaba a una de ellas hasta Orléans, el destino de las muchachas. Estuvimos despotricando un buen rato hasta que un camión las recogió, sólo a dos nos decían claramente los dedos levantados del conductor que se disculpó con una sonrisa algo cínica. Nos despedimos efusivamente de ellas y nos dejaron media botella de naranjada caliente.

Llevábamos un par de horas y cansados decidimos ir a un supermercado cercano y comprar pan y queso, ya habíamos agotado las provisiones de Marsella. Nos sentamos en unas piedras y la espera fue larga, agotadora : tres horas tardamos en subir a un coche que nos dejó en una pequeña población a medio camino de Dijon. Otra noche al raso. Nos lavamos en una fuente, más pan y ahora chocolate, y nos tumbamos bajo el alero de un taller de reparación de motocicletas bajo la amenaza de un perro que ladraba desde el interior, pero estábamos tan cansados que no le hicimos caso.

La próxima etapa era Dijon. Tardamos horas en llegar. Anochecía y fuimos a un bar a tomar una bebida caliente. Nos sentamos en una mesa de mármol. Al cabo de un buen rato pregunté en la barra donde podíamos pasar la noche, si había algún albergue, queríamos asearnos, pero no sabían de ninguno, y nos hablaron de un aparcamiento de camiones con dirección a Besançon. Estuvimos una hora charlando con aquellas personas que además nos invitaron a tomar café.

Dormimos en el aparcamiento entre dos camiones de gran tonelaje y de madrugada, los primeros camiones se pusieron en marcha. Uno de ellos nos dejó en una carretera que aseguró ser la que llevaba a Estrasburgo, lo cual no era cierto. Anduvimos horas sin ver ni un solo vehículo y cuando habíamos perdido la esperanza de salir de allí, además había empezado a llover, de la bruma apareció un camión. Se extrañó de vernos por aquellos parajes tan solitarios, él hacía una ruta por el interior transportando cajas de flores secas. Nos recogió con el pretexto de que se dormía y esperaba que charlando se le pasaría la modorra que el embargaba. Nos dio los restos de un enorme bocadillo de carne y tuvimos que entretenerle cantando, silbando, contando chascarrillos estúpidos simplemente para que mantuviera los ojos abiertos. En dos ocasiones cerró los ojos y el camión se desvió peligrosamente hacia el carril contrario pero enderecé el volante con un gesto firme sujetándole las manos. Cerca de Estrasburgo le ayudamos a descargar unas docenas de cajas y nos dejó en el centro de la ciudad. Una mañana gris, húmeda, con enormes charcos de agua por todas partes fue la bienvenida a la esperanza de un trabajo que resultó un fracaso desde el principio....

MORNAS


Y CONTINUARA !!! ....

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ÉRASE UNA VEZ EN.. KARLSRUHE ( FINAL DEL VIAJE! )

Martes, 27 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
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K A R L S R U H E

Tenía un buen trecho andando, el auto-stop no funcionaba cerca de la frontera. Durante una hora y media anduve por carreteras comarcales, después nacionales y luego me extravié. Tomé un atajo que me llevó a la autopista y, por lo tanto, tuve que retroceder. Llegué a una estación de tren, estaba cansado, era casi mediodía y no sabía cuándo llegaría a Karlsruhe. Miré los horarios de los trenes y al final pregunté en una de las taquillas. Estaba cerca y el precio del billete era barato, por lo tanto decidí tomar el tren y dejar el auto-stop para la vuelta...

Quince minutos más tarde estaba en Karlsruhe. No fue difícil encontrar la base militar, había indicaciones por todas partes, y me dirigí directamente a una garita donde un soldado completamente pertrechado montaba guardia. Dejó que hablara, le di todos los nombres que me había dado André y sin decirme una sola palabra descolgó un teléfono y transmitió mi mensaje. Al cabo de cinco minutos un impresionante coche americano se detenía al lado de la garita. El conductor, alemán, dijo en inglés que me llevaría a ver al sargento.

Era un tipo parlanchín y campechano, me hizo varias preguntas y pareció quedar satisfecho. Me dijo que íbamos directamente a la oficina de empleo de la base para ver si podían arreglar el tema de un posible contrato para no comunitarios. Llegamos a un edificio de oficinas y después de pasar varios controles entramos en un despacho. Una mujer tecleaba en una máquina de escribir y mientras ellos dos hablaban en alemán yo me entretuve en mirar por la ventana. Era un tercer piso y desde allí se veían las instalaciones de la base y los aparcamientos llenos de coches americanos y vehículos militares. Había casitas con un pequeño jardín alrededor, como las que se veían en las películas americanas de los años cincuenta, y que eran las de los oficiales, mientras que más lejos se destacaban los barracones de los soldados. Cuando terminaron de hablar el alemán me miró y movió la cabeza indicándome que no había solución. Era imperativo un contrato y si el sargento decidía hacerme una carta y volvía con ella a Barcelona y me presentaba en el consulado alemán quizá habría alguna posibilidad. Me hicieron la carta y me acompañaron a la salida.

Ya me había hecho a la idea de volver y conseguir un contrato aunque no fuese fácil. Si quería volver a Inglaterra tendría el mismo problema pero al menos aquello ya lo conocía y allí sería más fácil. De hecho quería volver a Londres, tenía que seguir con el japonés y en el Central Polytechnic siempre encontraría una plaza con el profesor Parker, con quien me mantenía en contacto por carta, pero antes quería estar un año en Alemania y aprender algo de alemán.

Busqué la carretera que llevaba a Francia y al poco rato un motorista me hizo señas para que me acomodase detrás de él y me dejó en un garaje al lado de la carretera, estaba cerca de la frontera y en francés me indicó que me esperara allí, a aquella hora pasaba un camión con destino a Wissembourg. Y así fue. Una camioneta llena de cajas de cerveza y gaseosa se paró delante de mi mientras el motorista me saludaba con la mano desde la ventana de la cocina. No hablamos ni una sola palabra, condujo por la carretera desierta y cuando llegamos se bajó del coche y saludó a André que me miraba sonriente. El motorista era su primo y el camionero un amigo de la familia, le había llamado por teléfono y comunicado mi llegada, era el único habitante de Wissewmbourg que hacía auto-stop……

La hermana de Louis nos había encontrado una habitación en casa de una viuda. Una anciana vestida de negro, una aparición del siglo diecinueve, nos esperaba. Les dije que no podía quedarme, que tenía que volver para lo del contrato, pero Marie dijo que aunque yo no me quedara la habitación era para Louis, no podía quedarse en su casa, normas del instituto, aunque había hablado con el director y nos había concedido un permiso provisional por ser Louis su hermano y yo un imaginario primo, la familia tenía aún algunos privilegios aunque fueran temporales, por lo tanto caducos.

Era una habitación feísima, oscura, con una ventana oculta tras unas cortinas de terciopelo ajadas, gruesas, llenas del polvo de los siglos, una cama enorme llena de cojines y almohadas amarillentas, una silla de color negro, una butaca tan baja que parecía estar pegada al suelo, una mesa-escritorio en buen estado y una lámpara con una pantalla verde. Deprimente vivir allí y peor dormir en aquel cuarto que olía a naftalina, a flores marchitas, a ropajes mohosos y a decrepitud. Louis no dijo nada, pero su cara reflejaba inquietud mientras Marie discutía un alquiler que la viuda rebajaba constantemente en una lucha frenética para conseguir al inquilino y Marie para salir de allí airosa sin desairar a la viuda negra. Cuando salimos casi sin despedirnos Marie suspiró y dijo que a pesar de que Louis no se podía permitir nada mejor ella le encontraría un buen cuarto individual ya que yo no podía quedarme.

Aquella noche cenamos pollo frito, con patatas, coles de Bruselas, cerveza y brindamos con unas copitas de aguardiente para que el empleo de Louis fuera más o menos permanente y que yo pudiera volver, aunque el sentimiento general era de que no volveríamos a vernos.

La empresa donde empezaba a trabajar Louis tenía tráfico diario con Estrasburgo y Marie, que conocía a los dueños, les pidió si podía bajar con alguno de sus camiones. No hubo ningún problema y al mediodía me acomodé en la cabina del conductor, me despedí de todos y emprendí el viaje de regreso.

Llegué al albergue de la juventud poco antes de la cena. El conductor conocía el camino y me llevó directamente. Por aquellas casualidades tenía un transporte al día siguiente para Marsella y me propuso viajar con él, prefería tener compañía, y como yo hablaba francés el trayecto sería más agradable. Quedamos en que él pasaría a recogerme a las diez de la mañana, yo tenía que esperarle delante del albergue, no debía demorarme puesto que no podía aparcar en aquella calle.

El albergue estaba lleno y después de deambular por varios pasillos llenos de extranjeros como yo me metí en un cuarto con seis literas. Había seis muchachos que hablaban entre ellos y se callaron cuando entré. Les pregunté si quedaba alguna litera libre pensando que si era seis tendría que buscarme otro sitio, pero no, uno de ellos estaba en otro cuarto, y me cedieron una. Me tumbé sin hacerles caso, y ellos prosiguieron con su charla. Me acomodé, saqué un libro y me puse a leer. Al poco rato salieron todos a cenar y yo preferí quedarme allí y comerme los bocadillos que me habían preparado Marie y Dorine.

La niña había insistido en ayudar a su madre y su bocadillo tenía carne de ternera, picadillo de huevo con pimiento rojo y pepinillos, una hoja de lechuga, salsa blanca picante, un tomate cortado en rodajas y unas lonchas de un embutido que parecía mortadela, el bocadillo era tan grueso que no me cabía en la boca y al morderlo todo se desparramaba por las comisuras como si aquellos ingredientes quisieran huir de la voracidad de mis mandíbulas, y Jacques aportó una bolsita de cacahuetes salados que había encontrado en la calle, su sinceridad era conmovedora.

La ventana daba a la calle principal, no había visillos, y las luces de los coches iluminó el cuarto toda la noche. Me dormí tarde pero como tenía los ojos cerrados los compañeros de cuarto pensaron que estaba dormido y no hicieron ruido, pero las literas crujieron como jaulas de grillos martirizados y a cada vuelta parecía que iban a desplomarse en cualquier momento.

Fui el primero en levantarse y bajé a desayunar. El comedor estaba vacío, una mujer leía un periódico y al verme entrar se levantó y se metió en la cocina. Salió con una cafetera, me llenó la taza ,rechacé la jarrita de leche, y un bollo con una pizca de mermelada fue mi ración.

Eran las ocho de la mañana y el camión no pasaría hasta las diez. Tenía dos horas para deambular por la ciudad. Memoricé el nombre de la calle, el itinerario, y fui al centro. Vi la espléndida catedral gótica y el centro histórico, paseé por sus callejuelas siempre pendiente del reloj y regresé a mi punto de partida. Faltaban quince minutos, me apoyé en una pared y esperé. A las once empecé a ponerme nervioso, a las once y media me preocupé y a las doce me inquieté, el camión no llegaba y para colmo empezó a llover a cántaros. Decidí esperar media hora más debajo de unos balcones pero fue en vano, mi transporte no llegaba. Tenía que salir de Estrasburgo y opté por el tren. Pregunté por la estación y resultó que estaba muy cerca. La lluvia arreciaba y el vestíbulo estaba lleno. Había un tren a Marsella a las quince horas.Fui a los lavabos, me sequé con las toallitas de papel de una máquina y conté mis escasos francos, el dinero justo y preciso para Marsella, una noche en Bois-Luzy y para llegar a Barcelona.

Llegué a Bois-Luzy temprano.Vi a alguno de mis antiguos compañeros pero Serge se había marchado al poco de irme yo. A Gérard lo habían echado por robar, dormía en los bancos públicos o bajo los matorrales de los parques y comía los paquetes de comida que l’Armée du Salut distribuía a los indigentes, Marius ya no estaba, nadie le había visto salir, Pierre había vuelto a Grenoble y Bob seguía ausente.

Pasé mis últimas horas con Joseph transmitiéndole los abrazos de la familia y contándole nuestro accidentado viaje al norte. Comimos un cous-cous memorable al que nos invitó Ruggero, un italo-suizo que había vendido la maleta que le cambié por su roñosa mochila y quiso compensarme en cierta manera por el desfavorable trueque que había hecho, yo, claro.

No volví a Estrasburgo. El consulado alemán se negó a tramitar ningún documento oficial basado en una carta manuscrita de un sargento estadounidense.


!FRANCIA HABIA TERMINADO Y VOLVI A LONDRES!.




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"ÉRASE UNA VEZ .. BARCELONA ... ENRIQUETA.

Martes, 27 de julio del 2010


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E N R I Q U E T A

Anoche soñé con Enriqueta con su casa ……..Recuerdo mis paseos por sus pasillos, mi deambular admirado por el pequeño jardín oriental, con diminutos atajos de arena, enclaustrado, sugerente, con su banco entre el manzano y el peral, sus guijarros blancos y sus lechos de flores. Invitaba a conversaciones íntimas, a confesiones, a pequeños anhelos, y allí se celebraban fiestas, recitales de poesía, música, teatro, charlas……..
Las paredes de la casa de Enriqueta estaban llenas de objetos de todas las partes del mundo. Vitrinas larguísimas albergaban cientos de figuritas de vidrio y de cristal, de oro y de plata, de maderas de árboles escondidos en recónditos valles, de marfil, huesos de animales olvidados, pedernales recuperados de las cuevas perdidas en los desiertos, juncos sutiles, mimbres flexibles como voces humanas, metales forjados por alquimistas, corales de diseño exquisito, ojos de esmeraldas, manos de nácar, pequeñísimos timbales confeccionados con la piel del murciélago blanco de la China, dagas afiladas hechas con las espinas de extraños peces de las islas Filipinas, pedacitos minúsculos de ámbar prehistórico, rocas de formas inquietantes, calaveras reducidas que me llenaban de zozobra, perlas de infinitas formas y colores………………
La habitación de la entrada estaba dedicada a la náutica. Una hélice enorme hecha con el tronco de un árbol de Sumatra, nudos marineros que colgaban del techo como arácnidos, botellas con translúcidas sierpes mitológicas que necesitaban la eternidad para parir los miles de navíos que yacían en sus vientres, velas ajadas por tempestades, miniaturas de barcos que habían hechizado las noches de luna llena en los lagos de los Sung, maderas de naufragios de las playas de la Polinesia, anclas erosionadas por todos los mares y que habían contemplado el misterioso crustáceo de cristal que nace en las simas profundas de las islas de Nueva Caledonia.
El baño era el interior de una mar reclusa en un rincón de los trópicos. El lavabo era la biblioteca de un intrépido viajero, lleno de revistas que incitaban a aventuras, memorias de viajes ya olvidados.
¿Y el salón de música? Un piano, flautas infinitas, guitarras, violas, violines, laúdes, trompetas, saxofones……………..y docenas de fotografías. Todos los que pasaban por aquella mágica casa dejaban su huella, sus dedicatorias sensibles, todos destacando la gran humanidad de Enriqueta.
Pero todo se podía resumir en el maravilloso Sant Jordi que presidía el salón principal. Era de laca y el caballo blanco donde el héroe de la Capadocia se elevaba con la lanza conquistadora del dragón era de cáscara de huevo. Sombras que se difuminaban en matizados grises destacaban aún más su blancura. El volumen de su cuerpo rompía la uniformidad oscura de la laca, creando un espacio donde la serenidad del rostro del héroe era el equilibrio del conjunto con el movimiento presentido de la cabalgadura, el dolor, la ira y la impotencia del drago herido de muerte por el hierro mientras la cara angustiada de la doncella explicaba toda la simbología del cuadro. Horas y horas me había pasado contemplándolo, hechizado. Enriqueta no me decía nada cuando me acercaba demasiado para escuchar el relincho del noble animal. La última vez que la vi estaba sentada en la ventana que daba a la calle. Estaba lacando un biombo con el lema de “Mercat de Calaf”. Una laca negra de fondo sobre el cual se iban destacando todos los personajes del mercado. Las lacas se fundían entre sí creando tonos dorados, ocres, verdes insólitos, rojos nobles, azules inverosímiles, grises vertiginosos, una danza de movimiento contínuo en la forja de un microcosmos extraordinario.Cuando volví a Barcelona después de años de ausencia Enriqueta había muerto .Ella quería donar la casa al ayuntamiento y que fuera una pequeña colección pública para que todo tipo de público recorriera lentamente sus vitrinas y admirara todo lo que su alma artística había considerado bello e inquietante, pero había sido desvalijada por sus antaño admiradores y amigos, eso me lo comentó Miquel, amigo y vecino de Enriqueta y quien me la presentó.
Desde su muerte nadie ha entrado allí. La planta baja está abandonada y la gente dice que el jardín es una selva maloliente donde campean gatos y trastos viejos que la gente ha arrojado desde sus balcones y terrazas.Sólo un par de vecinos recuerdan la frágil figura de Enriqueta y sus maravillosos objetos y sólo en sueños puedo evocarla con todo el afecto que siempre tuve por ella.
No puedo reflejar con palabras su ambiente exquisito, su generosidad legendaria, su figura vestida siempre con pantalones estrechos y casaca china, con su cuello alto con ribetes de oro…….
Anoché soñé con Enriqueta o, como dice Chuang-Tzu, quizá fue ella quien soñó conmigo……………………………….

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ÉRASE UN A VEZ ... LONDRES ... BERKELEY SQUARE ...

Viernes, 9 de julio del 2010


Recomiendo el blog de japones,
www.japocat.blogspot.com


BERKELEY SQUARE

Berkeley Square es un parque en miniatura, un jardín grande con los árboles más antiguos del centro de Londres ya que fueron plantados en 1789. Fue diseñado a mediados del siglo XVIII por el arquitecto William Kent y debe su nombre al apellido de la familia que tuvo una casa cerca de allí hasta 1733.

Tiene una estatua de 1858, de estilo pre-rafaelita. Los edificios circundantes fueron construidos por célebres arquitectos de la época y en el número 50 existe la que se ha llamado “LA TENEBROSA CASA DE LOS FANTASMAS”.Su fachada austera oculta un interior que todavía guarda mucho del antiguo esplendor del siglo XVIII. Una gran escalinata, techos altos, artesonados, espejos, cornucopias y chimeneas francesas le confieren un aire dickensiano. Hace más de cincuenta años que es la sede de una librería especializada en libros antiguos y ediciones extraordinarias, de ahí sus anaqueles de caoba que llenan las paredes hasta el techo, rebosantes de volúmenes encuadernados en piel fina.

A pesar de todo esto durante casi todo el siglo XIX fue “la casa de los fantasmas” de Londres.
En 1907 un historiador de “casas encantadas” escribió :“Parece ser que algo realmente terrible sucedió en una de sus habitaciones. Al menos dos hombres murieron en ella tras atroces convulsiones cuando decidieron pasar la noche en aquel cuarto. Uno de ellos fue un noble que dijo que era una superchería y decidió pasar la noche allí. Se había convenido, sin embargo, que en caso de precisar ayuda haría sonar una campanilla para avisar a los sirvientes. Poco después de la medianoche se oyó ligeramente el sonido de la campanilla pero a continuación empezó a sonar de manera muy violenta. Sus amigos que estaban en la planta baja subieron inmediatamente y cuando abrieron la puerta encontraron al hombre aterrorizado, con el cuerpo paralizado, los ojos desorbitados y balbuciendo incoherentemente. Fue incapaz de explicar lo que había sucedido y falleció a los pocos días”Después de aquello la casa quedo deshabitada durante largos años. La gente que pasaba por el lugar hablaba de extrañas luces que iluminaban las paredes, ruidos estremecedores, sombras que oscurecían las ventanas….. ................ Una noche dos marineros que buscaban un lugar donde dormir entraron en la casa y se acostaron en la fatídica habitación. Les despertó el ruido de unos fuertes pasos que subían por las escaleras. La puerta se abrió y una espeluznante, viscosa y repulsiva masa informe llenó el cuarto. Uno de los marineros consiguió escapar y cuando al poco rato volvió con la policía encontraron a su pobre compañero empalado en la verja de la entrada. Su rostro convulso, los ojos fuera de las órbitas eran el testimonio atroz del terror que había experimentado…….Aquel parque fue mi lugar favorito durante cinco días a la semana en mi primer año en Londres. Allí me sentaba, abría mi bolsa, sacaba los libros de inglés y estaba allí hasta la hora de entrar en la Oxford School of Languages, cerca de Regent’s Street. Sus árboles daban cobijo a centenares de pájaros en primavera y verano, su césped de verde intenso, sus bancos recios de madera, y la pátina añeja de la estatua hacían de Berkeley Square un lugar especial. Al sur, un concesionario de coches de lujo ocupaba la esquina a la izquierda, a la derecha un “night club” con un retrato del actor americano George Raff, que fue sustituido rápidamente por un cartel más sobrio y más elegante, al norte un letrero de latón bruñido pregonaba que eran las oficinas de un oscura oficina municipal y en cuya ventana siempre había un montón de papeles con una taza de té encima, un lugar que a John le Carré le hubiera encantado para su Smiley. Allí escribí mis primeras redacciones en inglés y recité, solo, naturalmente, las poesías de Robert Frost que Miss Sweety me daba como tarea cuando hablaba de ortofonía y dicción.
Había muy poca gente en Berkeley Square a aquellas horas. Sin embargo, en el pequeño café detrás de la estación de Green Park las secretarias se apiñaban para comer sus “sandwiches” de queso, de jamón o de huevo con tomate y lechuga, los “cornish pastries” de difícil digestión y los “sausage rolls” clásicos de un almuerzo inglés que sólo la mostaza conseguía dotarlos de un ligero sabor comestible. Si llovía poco casi ni me enteraba, las frondosas copas de los árboles eran mi paraguas natural, el más ecológico, aunque esta palabra tardaría años en ser popular. Siempre que he vuelto a Londres he ido a Berkeley Square. El entorno ha cambiado poco. Sus plantas bajas tienen negocios que cada año venden cosas distintas, pero no sus casas, sus ventanales con visillos blancos son los mismos, y en el número 50 sigue la librería especializada y cuentan que alguna vez hay sombras que oscurecen sus ventanas ....

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