ERASE UNA VEZ EN .... MARSELLA ... SERGE

Domingo, 2 de octubre del 2011


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

-S E R G E-

Serge dejó las brumas de su Bretaña para viajar por toda Francia especialmente por el sur. Huía del frío y la neblina gris de Brest y vagabundeó por la Camargue para después plasmarla en sus baldosas. Serge pintaba flores de otros mundos, paisajes breves con toros que rumiaban al lado de los arrozales, salinas, caballos blancos paciendo bajo el sol, girasoles ........Sus baldosas estaban siempre llenas de luz, trazos delicados, colores tenues, suaves, líneas sinuosas, evocadoras.



Le conocí una tarde. Volvía a Bois-Luzy, después de haber pasado todo el día en la biblioteca leyendo. Me refugiaba allí cansado de ir de un lado para otro buscando trabajo en una Marsella que tenía ya miles de parados. Llegué hambriento, frustrado y desanimado, una combinación poco apta para alternar con la gente que a aquellas horas llenaba el comedor del albergue. Como yo era de los habituales, es decir, llevaba viviendo allí cinco meses, podía comer en la cocina, lo cual prefería. Allí estaban Frank, Gérard, Ferdinand, Abderramán y un tipo delgado, moreno, con un bigote estilo Pancho Villa y una espléndida cola de caballo de color castaño. Era Serge. Me lo presentaron y simpatizamos rápidamente.


Bois-Luzy, Marsella

Ferdinand estaba malhumorado. Habían llegado dos autocares de alemanes y nos tocaba dormir en las habitaciones del fondo, al lado de los lavabos, con las literas pegadas las unas a las otras, y no nos gustaba estar allí, ni que fuera por una noche o dos. Frank alegó que no había otro remedio y Abderramán replicó que, claro, a él no le importaba porque como era el encargado tenía habitación propia. Al final terminamos hablando de la falta de sexo en los albergues de la juventud. Serge dijo que él también dormiría en el “exilio”, palabra afortunada de Ferdinand, solidarizándose con nosotros. Bridamos con un vaso de un vino horroroso que Gérard compraba en una bodega del puerto, Frank dijo que era tan malo que no lo compraba, se lo regalaban para quitárselo de encima. Otra discusión. Aproveché para comerme mi camembert, la cena de todas las noches.

Salí al jardín. Era una especie de patio lleno de arena gruesa y guijarros rodeado por árboles y daba a la carretera de entrada al albergue. Era la ruta obligada para los coches y nosotros usábamos la salida trasera que daba a una gran escalinata de piedra llena de hierbajos en sus innumerables grietas. Por allí se bajaba directamente a la avenida que descendía hasta el centro de la ciudad y donde estaban además las dos únicas tiendas de comestibles. A lo lejos se intuían las luces del Château d’If y a la derecha la claridad diáfana del Vieux Port. Hacía frío y entré al cabo de unos minutos. No había nadie en la cocina y subí a acostarme.

Serge sorbía un a taza de café en el comedor ya vacío. Los alemanes habían partido a su nueva destinación y el albergue recuperaba su tranquilidad habitual. Me preparé una infusión y me senté al lado de Serge que estaba limpiando unas baldosas. Me explicó que se dedicaba a pintarlas. Las vendía en mercados y ferias, llevaba años haciéndolo. Se fue con una renqueante motocicleta y yo me quedé solo mientras decidía qué hacer. Al cabo de unos minutos Frank me llamó, tenía una llamada telefónica. Era Maud. Durante unos días había trabajado en una oficina municipal haciendo la limpieza pero como no tenía papeles no pude seguir. Maud, Claire, Odile, Zuléma y Tina trabajaban allí también y nos habíamos caído bien. Al marcharme me pidieron el teléfono para avisarme si sabían de algún trabajo para mí, y parecía que tenían uno: hacer de canguro de sus hijos por las tardes. Mi trabajo consistía en recogerlos de la escuela, llevarlos a casa, merendar y cuidarlos hasta que llegasen, normalmente entre las ocho y las nueve de la noche, hacer un poco de limpieza y poner alguna lavadora. Acepté encantado. Empezaría aquella misma tarde.

La región de la Camargue


Decidí ir a la Cannebière y ver si conseguía encontrar a Serge. Primero fui a Le Pagre, el mercado de los pescadores, pero no le ví, después al Cours Julien, el mercado agrícola, tampoco , y finalmente me decidí por el Prado, el más popular. Tuve que dar una vuelta completa y meterme por las callejuelas pero al fin lo encontré. Estaba sentado en una sillita plegable, al lado de su motocicleta y fumando un cigarrillo apestoso. Había distribuido sus baldosas sobre una especie de sábana doblada y tenía una caja llena de tarros de pintura en su regazo mientras pintaba. Me saludó con su sonrisa socarrona y no dijo nada hasta terminar de pintar la baldosa. Eran unos flamencos rojos, típicos de la Camarge sobre el fondo azul claro de la loza, muy bonitos. Me dijo que había vendido dos baldosas, suficiente para pagar dos noches en Bois-Luzy y comer dos días, todo un éxito a aquellas horas, si vendía cuatro o cinco más tendría para una semana.

Se había criado con su abuela, en su tenderete de pescado del mercado de Quatre Moulins; su padre les abandonó y su madre trabajaba de cocinera en un transatlántico que hacía la ruta de Australia y Nueva Zelanda y la veía una vez al año. La abuela Dorine cargó con él hasta su muerte, el primer dolor de su vida. Aprendió a dibujar y a pintar de un vecino que hacía carteles para fiestas y calendarios y cuando no estaba con la abuela se metía en el piso de monsieur Jeanot. Como no tenían dinero se las ingenió para aprovechar al máximo cualquier papel, cartón e incluso trapos viejos , por eso Serge siempre pintaba sobre pequeñas superficies. Bajó a la Provenza e hizo del sol su dios, le rindió tributo y se hizo granjero en Arles sólo para contemplar los amarillos y las noches estrelladas que viera Van Gogh. Hizo de las baldosas su tela y del campo su taller, redujo los objetos y los seres a su esencia como un alquimista de los colores, buscó lo universal en lo más insignificante, huyó de absolutos y trascendencias y se convirtió en un místico de la luz. Vivía con tanta sobriedad que tener para comer durante tres días seguidos lo consideraba un lujo.

Estuve con él hasta media tarde, después me fuí a la escuela del Boulevard Gambetta. Maud me esperaba para recoger a los niños. Eran cinco : Mignone, Mouche, Pierrot, Jean-Jean y Odette. Se pegaron a Maud y me miraron desconfiados mientras cargaba con sus carteras y fuimos todos juntos a la rue Saint Pierre. Era una escalera amplia, oscura, húmeda, con peldaños de baldosas rojas casi todas partidas. Claire esperaba a Maud para ir a trabajar y aprovecharon para mostrarse muy afectuosas conmigo y de este modo presentarme como alguien de confianza. Me quedé solo con cinco pares de ojos que me escrutaban como aves de presa. Mouche tomó la iniciativa y me cosió a preguntas. Era la más pequeña, seis años, su espontaneidad rompió el hielo y al rato estábamos todos tumbados por el suelo comiendo pan con mermelada mientras yo les contaban cuentos orientales.

Durante varias semanas fui el hermano mayor del que carecían y el padre que algunos de ellos no habían conocido. Me ayudaban en todos los quehaceres domésticos, sacando cosas que luego aparecían en otros lugares, se peleaban por la escoba, por llenar los cubos de agua, pero lo más divertido era tender la colada que consistía básicamente de bragas, de todas formas, colores y tamaños, y una vez tendidas parecían ristras de banderolas celebrando una fiesta.

Una noche cuando llegué al albergue volvía a estar lleno de gente. Había mucho barullo e intenté escaparme por la entrada principal, pero Abderramán me llamó. Estaban jugando a cartas, al ajedrez, al parchís, a la oca, toda la mesa llena de juegos y necesitaban un intérprete, y allí entraba yo. Durante dos horas traduje las cosas más dispares aunque la mayoría de las veces no era imprescindible. Todos queríamos comunicarnos, todos hacíamos el esfuerzo de escuchar, saltaron las barreras de las lenguas y las clases y fuimos una Babel de buena voluntad.

Al día siguiente Serge me saludó con un “Bonjour, maître” , al que yo contesté “Bonjour, artiste” , éste fue desde entonces nuestro saludo matutino, él dejó de ser Serge y yo Jordi, y así hasta el final.

Los días de lluvia, nefastos para Serge, los pasábamos en el comedor charlando entre nosotros. Los grupos daban mucho ambiente pero duraban dos días como máximo y todos preferían ir a los lugares típicos y Bois-Luzy quedaba alejado de todo. Una noche le pregunté a Serge si le gustaría pasar una tarde con los niños y conmigo, él podía dibujarles algo, hablar de la Bretaña, de la Camargue, de Arles, aceptó con un simple gesto de cabeza.

Yo ya les había hablado de Serge y cuando vieron su coleta, sus ojos grises que siempre sonreían, su serenidad, quedaron prendados de él.

El comedor se llenó de papeles, salieron lapiceros de todos los rincones, Serge abrió su caja de colores y toda la tarde estuvimos pintando, garabateando los objetos más inverosímiles, creando formas desconocidas, colores imposibles, una velada que me gustaría pensar que fue tan importante para ellos como lo fue para mí. Cuando llegaron Maud y Claire todos se precipitaron hacia ellas mostrándoles sus dibujos y pinturas, había más en sus caras y manos que en los papeles pero a nadie le importó, aunque me tocó a mí lavarlos a todos. Nos invitaron a cenar y nos llenaron de latas de sardinas en escabeche y latitas de paté.

Sólo con aquel trabajo no podía seguir en Marsella y al cabo de varios meses decidí marcharme a Estrasburgo. Me iría temprano y preferí despedirme de todos los “habituales” con los que había compartido tantas veladas. Descorchamos una buena botella de vino, comimos salchichón y quesos y alguien puso una canción de Matt Monro que estaba muy de moda entonces.

Eran les seis de la mañana y el olor del tabaco que fumaba Serge me advirtió de su presencia. Fue nuestro último“Bonjour”,lo sustituimos por un “Au revoir”, pero los dos sabíamos que era un

“ADIEU” ... !!!!!


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(2006) "The Poe Shadow" (La sombra de Poe) de Mattiew Pearl.

Jueves, 25 de agosto del 2011


Os recomiendo un blog de literatura antigua japonesa super bonito del que aqui firma como Jordi Escurriola: http://www.japocat.blogspot.com


La novela de Matthew Pearl "The Poe Shadow", es una obra escrita desde la admiración. El autor norteamericano ya demostró su calidad y erudición en su primera novela "The Dante Club", que recibió excelentes críticas. En The Poe Shadow,M Pearl describe los esfuerzos de un joven e inexperto abogado de Baltimore, Quentin Hobson Clark, para revindicar la figura de Poe denostada por la prensa puritana y conservadora de la época.

La novela empieza al día siguiente del entierro de Poe (1809-1849). Quentin, un ferviente admirador de su obra, intenta averiguar qué le sucedió al famoso escritor en los "cinco días perdidos de Baltimore" y el motivo de su inesperada y súbita muerte. Quentin choca con un Baltimore aburguesado y esclavista, que acusó Poe de alcohólico, pervertido y otras lindezas,opinión que la mayoría de periódicos de aquel tiempo propagaron por todo el país, especialmente a raíz de la necrológica que apareció en el New York Tribune el día de su entierro, firmada con un pseudónimo: Ludwig (más tarde se descubrió que se trataba de Rufus Greswold, un editor de poco vuelo y que estaba resentido con Poe). El texto decía : E A Poe ha muerto. Falleció anteayer en Baltimore. Esta comunicado sorprenderá a muchos pero pocos lo lamentarán.... Quentin en su adolescencia cree esta opinión generalizada, pero cuando unos años más tarde lee Los crímenes de la rue Morgue (1841) el entusiasmo le impulsa a leer toda la obra publicada y su admiración es definitiva. El personaje principal de la novela, C Auguste Dupin, especialmente su método deductivo basado en el racionio, le fascina y decide trasladarse a París para encontrar la persona sobre la cual cree se basó Poe para la creación literaria de Dupin.

Poe entró en Europa por la puerta de Francia. Dos periódicos parisinos publicaron una traducción de Los crímenes de la rue Morgue y su fama se extendió por Europa. Charles Baudelaire tradujo casi su obra completa y muchos poemas y su influencia es evidente en su obra magna "Les fleurs deu mal".Se considera que Poe fue el creador de la "novela de detectives" y su método racional de deducción fue el modelo para posteriores obras de este género. Entre ellos, Émile Gaboriau (1832-1873) que con su Monsieur Lecoq (1869), inspirado en el personaje de Eugène François Vidocq, plasmará los primeros análisis científicos y deductivos aplicados para la resolución de casos criminales. De la pluma de Richard Austin Freeman (1862-1943) nacerá el Dr. John Thorndyke, médico,abogado y detective, cuyas obras fueron muy famosas en Japón, y que usará los mismos métodos. Dupin será el antecesor del más ilustre de los detectives de ficción : Sherlock Holmes, y su autor Arthur Conan Doyle, lo reconocerá implicitamente.

Quentin busca al Dupin real y encuentra a un Auguste Duponte, hombre adusto y solitario que había ayudado la policía francesa en numerosos casos de difícil solución. Sin embargo, poco después aparecerá el Barón Dupin que complicará la búsqueda que Quentin quiere iniciar con Duponte. Todos se trasladan a Baltimore y el enfrentamiento entre Duponte y Dupin para demostrar quién es el verdadero modelo de Poe para su personaje se complicará enormemente.

Hay un personaje muy carismático, la inquietante Bonjour, amante del Barón, una mujer imprevisible, ladrona, violenta, capaz de asesinar con la mayor frialdad, pero que ayudará a Quentin en ciertos momentos de la novela. Todo lo contrario es la enamorada de Quentin : Hattie, una típica burguesita que se deja manipular por su tía, una auténtica representante de la sociedad maniquea de Baltimore.

Toda la acción gira alrededor de aquellos nefastos cinco días. Consultan todos los periódicos, se entrevistan con todas las personas que asistieron al entierro, se entremezclan los conflictos e incluso hay varios intentos de asesinar a nuestro joven héroe por su relación con Duponte en una oscura confabulación para evitar una presunta entromisión en un asunto de estado relacionado con los Bonaparte.

El joven escritor Mattiew Pearl.

Los personajes están bien descritos y M Pearl homenajea Poe utilizando su mismo método deductivo para esclarecer su muerte. Hacia el final de la novela la reiteración de datos es un poco onerosa, pero es una espléndida novela.

"ÉRASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. HÉCTOR.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

H E C T O R

HECTOR FALLECIO HACE UNOS MESES SIN EL LONDRES NUNCA SERA IGUAL, NI YO.

De los años que viví en Londres hay varios recuerdos imborrables, pero de ellos destaca especialmente el de Héctor, mi maestro y amigo.
LIBRERIA WATKINS


Héctor nació al pie de los Andes, en tierra de viñedos y seminarios. Su padre había estudiado teología pero durante la guerra civil española se trasladó a la Argentina y fue maestro de música, entre otras actividades. Su madre era muy religiosa, de origen italiano, y soñó para Héctor la carrera eclesiástica, su culminación, el orgullo de la familia.

Héctor ingresó en el seminario y destacó en teología, filosofía y música, y pronto empezó a dar clases en una escuela religiosa. Pasó el tiempo y justo a punto de tomar las órdenes mayores tuvo una crisis de fe y colgó los hábitos. Se marchó a Venezuela y se dedicó a la fotografía. Con un amigo recorrió todo el país con la cámara en ristre viviendo muchas aventuras y anécdotas. Decidió cambiar de aires y se trasladó a España.

En Madrid trabajó con un fotógrafo durante varios años, pero, eternamente insatisfecho, se marchó a Londres. Allí empezó el gran viaje en busca de sí mismo. Había leído mucho y en Venezuela estuvo en contacto con intelectuales participando en debates y reuniones literarias con gente vinculada a la masonería, rosacruces y esotéricos, aunque su interés principal fue siempre la filosofía y la teología.

Yo lo conocí por casualidad. Estaba en Londres trabajando y estudiando en la Universidad y un día fui a visitar a unos amigos con quienes había estado trabajando durante un año. Tenían un pequeño restaurante de cocina francesa y Héctor estaba allí fregando platos, una de las pocas actividades que podía hacer alguien sin papeles ni contrato. No sé cómo salió el nombre de Gurdjieff y el Priorato de Fontainebleau y aquellos nombres cimentaron nuestra amistad. A partir de entonces nos vimos con frecuencia, de hecho, sólo los domingos, que pasábamos charlando y comentando nuestras lecturas semanales. Me habló de autores prácticamente desconocidos para mí, a él debo mi entusiasmo por Mircea Eliade y Colin Wilson, entre otros, y juntos descubrimos librerías pequeñas de segunda mano donde siempre encontramos un libro para estudiar. Recuerdo particularmente una que estaba dentro de un invernadero, cerca de High Street Kensington. Se subía una cuesta todavía sin asfaltar y a la izquierda aparecían los vidrios llenos de polvo y lluvia de la librería. Sus propietarios, canosos, dignos, vestidos completamente de blanco recibían a los pocos clientes que se acercaban allí, les ofrecían té, folletos sobre seminarios de budismo tibetano en tierras escocesas, revistas sobre la Kábala hebrea, una sobre una secta cuyo gurú había sido taxista en Londres y ahora afirmaba vivir en Venus, y desde allí alentaba a sus seguidores a adorar una piedra que él les había enviado por transporte interestelar, también la del Monasterio de las Siete Llaves perdido en la serranía andaluza, y otras de vida intensa pero breve. Entre las montañas de libros había macetas con docenas de plantas y flores.Se podía leer, pasear, hojear cualquier libro, cualquier texto que estuviese a la vista, y nadie te exigía que comprases nada, hicieras lo que hicieras te acompañaban a la salida con su sonrisa habitual, te deseaban buen día y que volvieras cuando quisieras. Volvimos varias veces, compramos pocos libros y charlamos mucho, pero un día encontramos los vidrios rotos, el interior vacío, unas macetas rotas en el camino y un cartel escrito a mano con una caligrafía exquisita comunicando el fallecimiento del propietario y el final, triste final de la librería más cálida y más humana que he encontrado jamás.

Poco después “descubrimos” Compendium, en Candem Town, dos librerías dedicadas una exclusivamente a la historia y otra a la filosofía y ciencias de la mente, como se decía en aquellos tiempos; la última vez que estuvimos había estantes enteros dedicados al “New Age”. Siempre había gente pero sucumbió a la comercialización de la zona cerca del río, lugar ahora de mercadillos y tiendas de todo tipo. Nuestro último reducto fue Watkins, un callejón de Charing Cross. Las obras de Crowley, las nuevas ediciones de las obras de la Gran Bestia se encontraban allí, todos los libros de y sobre la Golden Dawn, John Bennet, Rodney Collin, todos los autores que componían la pléyade británica del esoterismo europeo tenían un lugar destacado en sus estantes. Los libros sobre la India y el Tibet eran muy populares, especialmente Agehananda Bharati y Anagarika Govinda.También pasamos por Atlantis, cuentan que fue la última librería que visitó Crowley antes de morir. Cerca de allí, destacó Dark They Were and Golden Eyed, de espléndido nombre pero rápida agonía. Watkins y Atlantis son las únicas supervivientes de aquella época llena de furor alternativo.

De Héctor aprendí a estudiar las notas de pie de página y a valorar especialmente las bibliografías. De cada libro casi siempre obteníamos un nombre, una referencia que, a su vez, nos remitía a otro y así sucesivamente. Todo era como una telaraña inmensa y nosotros pasábamos de un hilo a otro en un periplo que nos hacía considerar cada fragmento como un todo inacabable.

Un día Héctor me trajo una especie de pamfleto publicado en España....eran unas hojas impresas en un papel basto con una tinta de mala calidad y un título pedante. Leí unas pocas frases y miré fijamente a mi amigo. ¿Cómo podía leer aquel artículo? Era una diatriba contra un escritor tildándole de “rojo comunista y asqueroso anticristiano”, entre otros epítetos semejantes. Era un pamfleto que arremetía contra todo lo que no era franquismo y católico. Me dijo que era muy interesante de leer porque así sabríamos siempre a quién leer, es decir, lo criticable, lo censurado, lo insultado era precisamente lo que debíamos conocer. A través de una amiga nos llegaban puntualmente, una vez al mes, aquellas hojas que muy en contra de sus intenciones nos permitió saber de unos autores que quizá nunca hubieramos leido.

Héctor releía los textos sagrados quizás en busca de su fe perdida, analizaba cada frase, estudiaba los personajes bíblicos con lupa, usaba la Vetus Latina, la Vulgata, la versión inglesa del rey James, la de Nácar y Colunga, la de Reina-Valera............. Cuando llegó la noticia de que se estaban traduciendo algunos de los textos hallados en el Mar Muerto se pasó días buscando información en todos los periódicos y revistas literarias. John M Allegro fue de los primeros en publicar sus impresiones de los textos provocando un escándalo monumental con su libro The Sacred Mushroom que fue vapuleado por la prensa conservadora, hasta tal extremo que el editor publicó una nota disculpándose por haberlo impreso y no volvió a publicarse. Nosotros lo leímos y fue objeto de debate durante muchos domingos en su cuarto.

Hacía tiempo que Héctor vivía en Wimbledon donde había encontrado trabajo en un restaurante como ayudante de cocina en jornadas completas que le dejaban poco margen para la lectura. Pero él siempre encontraba tiempo para sus análisis, sus reflexiones, que resumía en pedacitos de papel que depositaba entre las hojas de los libros. Luego apuntaba notas para discutir conmigo los domingos cuando yo llegaba de Earl’s Court donde vivía. Hacia las nueve de la mañana empezábamos y regresaba a mi cochambrosa habitación a las nueve de la noche con la cabeza llena de ideas, los bolsillos llenos de papeles y el corazón lleno de agradecimiento.

Cuando tuvo vacaciones me hizo unos anaqueles con unas maderas viejas que encontramos en un cubo de basura, los pintamos de color verde, colgué una lupa con una hebra de lana para leer la letra pequeña de las ediciones baratas que compraba y así tuve mi primera biblioteca en Londres.

Después cuando regresé a casa mantuvimos el contacto siempre y los primeros años Héctor venía y estaba unos días en Barcelona y el volumen de las notas seguía creciendo. Más adelante, ya mayor, de frágil salud, yo iba a Londres y pasaba dos semanas en una habitación de la residencia donde se hospedaba. Había insistido a la asistente social que como siempre habia un cuarto para los visitantes que estuviera dispuesto para cuando yo iba, creo que fui el único visitante que gozó de aquel privilegio en muchos años.

Jubilado ya seguía con sus búsquedas y pasaba horas y horas paseando por Londres. Conocía todos los barrios, todos los paseos, todos los atajos, su historia, su origen, su principio y nunca quiso saber su final para no entristecerse. En aquellas correrías encontró “el molino de la abadía”. Era un descampado al lado de un río, en Merton, y los sábados y domingos estaba lleno de tenderetes. Unos vendían rosquillas que cocinaban delante del cliente, otros ropas de segunda mano, camisetas con estampados inverosímiles, la señora Baas vendía sus “curris” ardientes, con pequeñas gambas cocidas dentro de sus salsas oscuras como su tez, sus confituras de mil frutas para reducir y emulsionar los picantes ingredientes que te dejaban los labios hinchados en un beso de fuego, alguien vendía cajitas de madera blanca con aperturas insólitas, collares, anillos, pulseras de fina plata que hacían las delicias de las adolescentes, macetas de mimbre esperando su flor................ Y allí se erguía como un monstruo antediluviano un viejo edificio lleno a rebosar de libros viejos. Todas las materias estaban clasificadas y sus autores por orden alfabético, aunque con un desorden producto de muchas consultas y dudas. La primera cosa que hacíamos era ir allí. Héctor se retiraba a husmear por otra parte y dejaba que me arrastrara por el suelo para leer los títulos de libros que estaban en los estantes inferiores. Cuando encontrábamos uno interesante chasqueábamos los dedos como una señal y uno u otro iba a comprobar el “valor de la captura”. Siempre encontré algo. Unas veces un título buscado que después de varios años aparecía de repente como si alguien se hubiera apiadado de mi, otras un autor desconocido con un título inquietante, otras un viejo conocido me sorprendía con un libro que me había pasado desapercibido .......

oo&oo

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ÉRASE UNA VEZ EN … MARSELLA ... LA BIBLIOTECA.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
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LA B I B L I O T E C A

Después de Bois-Luzy, el lugar donde pasé más tiempo fue en

la biblioteca

de Marsella.


Estaba cerca de la estación de tren de Saint Charles, en un vetusto edificio de sobria fachada. Siempre fui andando desde el albergue, una hora de camino. Abría a las diez de la mañana y a aquella hora no había apenas lectores durante la semana y podía elegir los mejores sitios, generalmente al fondo, cerca del mostrador donde se pedían y se recogían los libros.

En la entrada, a la derecha, estaba el estrado de la bibliotecaria con su aire clásico : correcta, seca y eficiente, y sólo sonreía cuando salías, al entregarle la lista con los títulos de los libros leídos, lista que te entregaba displicente tan pronto entrabas. Allí debías anotar los libros que querías leer o consultar y para ello tenías que ir a los archivos, un mueble con muchos cajetines de madera con una etiqueta engarzada dentro de una placa de latón abierta en su parte superior y donde figuraban las iniciales de los títulos y otros con las de los autores. Todo estaba escrito a máquina, seguramente una vieja Underwood, con algunas letras bamboleantes que subían y bajaban según la presión al teclear. Una vez localizado el texto o el autor lo anotabas en la lista y a continuación ibas al fondo a través de una arcada. Allí se abría una especie de túnel y un mostrador de madera absolutamente viejo. Dos hombres con guardapolvos de color arena te esperaban como si fueses su enemigo y cuando recibían la lista la escudriñaban esperando encontrar algún error y si era correcta penetraban aquel túnel de claroscuros donde se erigían estantes y estantes llenos de libros que algunas veces desbordaban los anaqueles. A veces tenían que ir hasta el final, una zona que el ojo humano no podía distinguir en la oscuridad y donde ellos desaparecían como tragados por una niebla asesina. Cuando les costaba encontrar los libros su tardanza era motivo de angustia y desasosiego puesto que volvían enfurruñados y con los labios fruncidos en una mueca que no presagiaba nada bueno, pero lo peor era si volvían con las manos vacías, lo cual significaba que alguien lo estaba leyendo o lo había pedido prestado y no había ningún otro ejemplar, entonces sus ojos echaban chispas, la voz devenía gutural y era mejor retroceder mascullando excusas antes que algún rayo te fulminara. Si el libro estaba disponible lo tomabas sonriendo y volvías raudo al sitio que habías elegido, cuando era posible, claro.

La biblioteca era una nave de techo alto y de donde colgaban los fluorescentes como cuerdas de ahorcado. Las mesas eran larguísimas, llenas de muescas donde se destacaban las palabras soeces, declaraciones de amor y nombres femeninos. En el centro lámparas de latón con un par de bombillas, situadas de manera opuesta para cubrir más espacio, y las paredes estaban llenas de volúmenes antiguos, algunos de proporciones gigantescas que nadie hubiera podido leer sin antes haber hecho un curso especial de gimnasia y resistencia física.

Mis primeras lecturas fueron las traducciones de textos tibetanos de Alexandra David-Neel. Bob me habló mucho de aquella mujer que vivió en el Tibet durante años, dominaba el tibetano y varios de sus dialectos, fue ordenada monja budista y estudió en las lamaserías más importantes del país. En aquellos años vivía retirada en Digne, una pequeña localidad no muy lejos de Marsella, sola con sus libros ya que su ahijado, el Lama Yogden, había fallecido en 1955. Allí rodeada de tapices, jarrones, bronces y de una extraordinaria biblioteca consumía sus últimos años una mujer excepcional. Había vivido en la India, cruzado el Tibet a pie, visitando monasterios colgados en precipicios casi inexpugnables y había permanecido meses y meses aislada en una pequeña cabaña (“tsams khang”, en tibetano) a casi 4.000 metros de altitud. Bob había asistido a unas charlas en su residencia y quería volver a verla, pero era ya demasiado tarde, falleció en septiembre de 1969, a la edad de cien años, tres meses antes Bob y yo habíamos hecho planes para ir a visitarla.

Todavía conservo el cuaderno donde anotaba los libros a leer. Allí tengo incluso el número de archivo correspondiente : Alexandra David-Neel (J.13494): Textes Tibétains Inédites , A. Choozku (46261): Théâtre Persan, Choix de Téazies, Kalidasa (46254): Vikrahorvaçi, Cûdchaka (46255): Le Chariot de Terre Cuite, J.B. Chabert (7680): Littérature Syriaque…….

Los sábados la biblioteca estaba llena de estudiantes y apenas encontrabas una silla donde sentarte y mucho menos unos centímetros de mesa donde posar los libros. Las colas en el mostrador eran agotadoras porque los dos “libreros” iban y venían con pasos cansinos demorando las entregas. Cuando no tenía trabajo me pasaba el día allí y evitaba los sábados y las tardes en época de exámenes.

Un martes llovía a cántaros, no tenía paraguas y llegué hecho una sopa, chorreando agua por todas partes, hasta el cerebro navegaba en un charco. Al entrar, eran poco más de las diez, un gesto imperativo de la bibliotecaria me detuvo. Me miró de arriba abajo y clavó sus ojos de águila en mis zapatos abiertos por las costuras y que emitían un sonido sordo de chapoteo al andar arrojando chorros de agua hacía afuera. Movió desalentada la cabeza y me dijo que no podía entrar con aquel calzado, me indicó con la mano una silla a su izquierda, que esperara allí, habló un instante con su ayudante, una joven en prácticas que siempre tenía aspecto de no estar allí, de no saber qué hacía allí y de desconocer porqué estaba allí, y luego desapareció. Su ayudante me dirigió una mirada que me pareció dura pero luego supe que era muy miope. Cuando volvió la bibliotecaria llevaba en la mano un par de zapatillas deportivas, unos calcetines y una toalla. Me dijo que me cambiara en el lavabo y que entonces podía entrar. A partir de entonces nos saludábamos con deferencia.

Alguna vez me acompañaba algún compañero de Bois-Luzy pero con la condición de que cada uno estaría allí el tiempo que quisiera y si uno quería salir o entrar era asunto suyo. Generalmente volvía solo y entonces me demoraba en algún supermercado buscando las ofertas del día antes de subir la escalinata del albergue y meterme en la cocina a cocinar mis sempiternos guisantes o mis macarrones. Cuando no tenía tomate les añadía toda clase de hierbas y aún así se pegaban al gaznate con una persistencia digna de encomio.

Los días calurosos eran insoportables. Unos ventiladores situados estratégicamente por alguien que nunca había estado allí leyendo removían un aire viciado que sólo trasladaba el sudor de un lado para otro. Las ventanas eran altas y siempre estaban cerradas. Yo entraba y salía cada dos horas. Me agazapaba bajo la sombra de los balcones o de las ramas de los árboles y subía a Saint Charles. Allí me sentaba cerca de los andenes donde aparte de circular los trenes pasaba un airecillo vigorizante aunque malsano. Buscaba algún periódico, casi siempre lo encontraba, localizaba un banco bien situado y leía hasta que mi cuerpo volvía a la normalidad. Volvía a la biblioteca seguido por la mirada de reprobación de mi amiga ya que a cada entrada y salida tenía que coger y devolver el papelito de marras, pero una vez se lo expliqué me comprendió aunque no le gustó. Ella tenía dos ventiladores cercanos, uno de ellos fijo en su dirección apuntando hacia arriba y otro dando vueltas hacia abajo.

La última vez fui con John, un canadiense que se quedó unos días en el albergue. Me habló de Carlos Castaneda, cuyo primer libro causaba furor en Canadá y quedamos en que me mandaría un ejemplar cuando volviese. Y así lo hizo. Recibí el ejemplar con una dedicatoria y con la noticia de que su padre había fallecido. En la nota decía que el libro tenía que circular, él lo había recibido de un amigo americano con esa condición y así lo hice. Años más tarde alguien me lo devolvió porque había vuelto a su casa después de un largo periplo entre parientes, amigos y conocidos, pero que nadie había prácticamente leído porque estaba en inglés, a pesar de insistir que él sabía suficiente inglés. Ahora lo tengo junto con otros del mismo autor y su lomo viejo y desgajado destaca entre ellos.


Saint Charles


Marché a Estrasburgo con la mochila de un italiano con el que hice un trueque con mi maleta. Llevaba mi primera gramática de japonés y mi eterno ejemplar de las obras completas de Shakespeare que compré en Londres por una libra esterlina en Foyles. No pude despedirme de la bibliotecaria, se había jubilado y se había retirado a un convento.

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ÉRASE UNA VEZ EN LONDRES "FOYLES"

Miércoles, 28 de julio del 2010


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

F O Y L E S

Hace años Foyles se proclamaba la mayor librería del mundo, después fue la mayor de Inglaterra y ahora, después de la muerte el 1999 de Christina Foyles, es una de la mayores del Londres.


Cuando se subía por Charing Cross desde Leicester Square hasta Oxford Street, a la izquierda, se destacaba la banderola de Foyles anunciando que tenía más de un millón de libros en sus estantes al servicio de sus clientes y yo siempre lo creí.
No era la típica librería, era un edificio de cuatro plantas atiborradas de libros, incluso dentro de una misma planta existían departamentos comunicados por pequeñas escaleras que te adentraban en un rincón sin un centímetro cuadrado libre de papel. Uno de mis lugares favoritos estaba en la segunda planta, detrás de filosofía clásica y religiones del mundo. Bajabas unos peldaños y entrabas en un espacio de unos ocho metros de largo por cuatro de ancho, allí se amontonaban los libros dedicados a la filosofía, psicología, pensamiento alternativo, misticismo, Cábala, traducciones orientales sobre budismo, sectas, nuevos credos, etc. También había folletos sobre todo tipo de manifestaciones místico-religiosas que siempre han proliferado en Inglaterra, revistas que generalmente no pasaban del número 2 dedicadas a nuevos conceptos culturales que revisaban los sustratos más clásicos de la filosofía y la psicología adecuándolos a un lenguaje más moderno, otras dedicadas al ocultismo como Arcane, The Ley Hunter dedicada a la información sobre los emplazamientos megalíticos en Gran Bretaña, Mantra, The Waxing Moon sobre grupos ocultistas y espirituales, New Age School of Meditation, Byakuren Zen, Buddhapadipa Wat, Chinese Tantric Yoga, Sufism, Kongo Zen, Druid Order, Bardib and Druid,etc. Allí tenían cabida pequeños santuarios dedicados a causas perdidas de antemano, revistas dedicadas, por ejemplo, al misticismo angélico, llenas de direcciones donde por media libra te enviaban a tu domicilio hojas mecanografiadas explicando los contactos oníricos de una ama de casa con un grupo de arcángeles rebeldes, otros te comunicaban mantras para cualquier ocasión, el nombre de las estaciones del metro londinense donde podías recibir la fuerza telúrica de los centros energéticos del Atlántico, cómo interpretar las mareas, leer las nubes y los estratocúmulos, aplicar la numerología al sexo…… Siempre que iba a Foyles una visita obligada era la del departamento de idiomas. Era un placer desplazarse de un estante a otro siguiendo la ruta de los diccionarios y gramáticas, pequeños volúmenes dedicados a las lenguas dravídicas, altaicas, urálicas, lenguas y dialectos austro-melanésicos como el Ajié, Boewe, Sirhe, Anesú, Dubea….. lenguas que a mitad del siglo XX apenas hablaban unos pocos cientos de personas y que algunas de ellas ya han desaparecido de la faz de la tierra, lenguas africanas que siempre consultaba algún misionero en ciernes o un aprendiz de diplomático, tailandés, vietnamita, camboyano, mongol…….Un universo paralelo, un contraste con las aglomeraciones delante de la sección dedicada al inglés por parte de los estudiantes extranjeros.No recuerdo si era en el primer piso o en el segundo que había lo que llamaría “el rincón del bibliófilo”.....

un arco de medio punto daba entrada a una sección alfombrada, con dos sillones de estilo inglés, dos mesas de madera noble con unos atriles donde reposaban gruesos volúmenes de piel con ribetes dorados y cintas multicolores para señalar las páginas, tinteros de cristal, de plata, grandes y pesados, plumas de ganso, hasta el polvo era noble allá dentro……. Las paredes forradas de estanterías de madera oscura, sólidas, albergando colecciones de literatura inglesa, pequeñas joyas de la erótica europea, colecciones numeradas de las obras de Shakespeare ilustradas por grandes dibujantes, la Divina Commedia en pergamino, los diarios privados de Samuel Peyps en octavo, múltiples ediciones de Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, un monumental volumen de Volpone de Ben Johnson, seguido por su The Alchemist con anotaciones, el Pendennis de Thackeray ilustrado por el mismo autor, las primeras ediciones del Tom Jones de Fielding, ediciones infantiles de las obras de Dickens, los impresionantes grabados de William Blake con sus versos en rojo sangre y plata bruñida, una edición numerada de Chaucer, los ensayos de Locke con comentarios manuscritos, la Morte d’Arthur de Malory con grabados de la época bajo una finísima hoja de seda…………

También era inevitable la presencia de un empleado que supervisaba todos los movimientos y que el grosor de las bolsas o carteras de los clientes no abultasen más a la salida que a la entrada sin antes haber pasado por caja. Algunas grandes colecciones como Penguin y Everyman tenían sus estantes propios con sus libros en rústica. Eran los más frecuentados por los estudiantes debido a sus precios asequibles y a la calidad de las publicaciones. Tenían cubiertas sobrias, un buen papel que amarilleaba con el tiempo pero que era resistente y sus lomos eran compactos y duraderos. Cubrían toda la literatura clásica universal con traducciones de especialistas y eruditos, con tipos de letra perfectamente legibles y con poquísimos errores de impresión, todo un lujo para los que como yo teníamos más viento que monedas en los bolsillos.

Con la muerte de Christina Foyles la vieja librería fue remodelada por los herederos. Todo fue modernizado y, evidentemente, el acceso a los libros fue racionalizado.

Desaparecieron colecciones enteras de libros que nunca se habían vendido pero que seguían ocupando anaqueles a la espera de un lector que descubriese sus tesoros. Sin embargo, todavía se mantiene una tradición que sorprendió cuando fue fundada : estantes con los libros clasificados por la empresa editorial, generalmente en la primera planta, alrededor de las escaleras que llevan a los pisos superiores y donde se encuentra el diminuto ascensor. Fue calificada de estrambótica e ilógica en aquel tiempo, pero yo creo que es una fue idea estupenda ya que te permitía encontrar los autores más fácilmente porque en la mayoría de los casos cuando el libro desaparecía de las listas de las novedades sólo tenías que recorrer las editoriales por orden alfabético.

No echo de menos al viejo Foyles puesto que todavía sigue allí, y aún siento la misma emoción cuando entro y paseo mi mirada por todos los libros que alguien ha escrito esperando a un lector que esté deseando volver a casa para leerlos.


o&o
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