ERASE UNA VEZ EN .... MARSELLA ... SERGE
Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com
-S E R G E-
Serge dejó las brumas de su Bretaña para viajar por toda Francia especialmente por el sur. Huía del frío y la neblina gris de Brest y vagabundeó por la Camargue para después plasmarla en sus baldosas. Serge pintaba flores de otros mundos, paisajes breves con toros que rumiaban al lado de los arrozales, salinas, caballos blancos paciendo bajo el sol, girasoles ........Sus baldosas estaban siempre llenas de luz, trazos delicados, colores tenues, suaves, líneas sinuosas, evocadoras.

Le conocí una tarde. Volvía a Bois-Luzy, después de haber pasado todo el día en la biblioteca leyendo. Me refugiaba allí cansado de ir de un lado para otro buscando trabajo en una Marsella que tenía ya miles de parados. Llegué hambriento, frustrado y desanimado, una combinación poco apta para alternar con la gente que a aquellas horas llenaba el comedor del albergue. Como yo era de los habituales, es decir, llevaba viviendo allí cinco meses, podía comer en la cocina, lo cual prefería. Allí estaban Frank, Gérard, Ferdinand, Abderramán y un tipo delgado, moreno, con un bigote estilo Pancho Villa y una espléndida cola de caballo de color castaño. Era Serge. Me lo presentaron y simpatizamos rápidamente.

Bois-Luzy, Marsella
Ferdinand estaba malhumorado. Habían llegado dos autocares de alemanes y nos tocaba dormir en las habitaciones del fondo, al lado de los lavabos, con las literas pegadas las unas a las otras, y no nos gustaba estar allí, ni que fuera por una noche o dos. Frank alegó que no había otro remedio y Abderramán replicó que, claro, a él no le importaba porque como era el encargado tenía habitación propia. Al final terminamos hablando de la falta de sexo en los albergues de la juventud. Serge dijo que él también dormiría en el “exilio”, palabra afortunada de Ferdinand, solidarizándose con nosotros. Bridamos con un vaso de un vino horroroso que Gérard compraba en una bodega del puerto, Frank dijo que era tan malo que no lo compraba, se lo regalaban para quitárselo de encima. Otra discusión. Aproveché para comerme mi camembert, la cena de todas las noches.
Salí al jardín. Era una especie de patio lleno de arena gruesa y guijarros rodeado por árboles y daba a la carretera de entrada al albergue. Era la ruta obligada para los coches y nosotros usábamos la salida trasera que daba a una gran escalinata de piedra llena de hierbajos en sus innumerables grietas. Por allí se bajaba directamente a la avenida que descendía hasta el centro de la ciudad y donde estaban además las dos únicas tiendas de comestibles. A lo lejos se intuían las luces del Château d’If y a la derecha la claridad diáfana del Vieux Port. Hacía frío y entré al cabo de unos minutos. No había nadie en la cocina y subí a acostarme.
Serge sorbía un a taza de café en el comedor ya vacío. Los alemanes habían partido a su nueva destinación y el albergue recuperaba su tranquilidad habitual. Me preparé una infusión y me senté al lado de Serge que estaba limpiando unas baldosas. Me explicó que se dedicaba a pintarlas. Las vendía en mercados y ferias, llevaba años haciéndolo. Se fue con una renqueante motocicleta y yo me quedé solo mientras decidía qué hacer. Al cabo de unos minutos Frank me llamó, tenía una llamada telefónica. Era Maud. Durante unos días había trabajado en una oficina municipal haciendo la limpieza pero como no tenía papeles no pude seguir. Maud, Claire, Odile, Zuléma y Tina trabajaban allí también y nos habíamos caído bien. Al marcharme me pidieron el teléfono para avisarme si sabían de algún trabajo para mí, y parecía que tenían uno: hacer de canguro de sus hijos por las tardes. Mi trabajo consistía en recogerlos de la escuela, llevarlos a casa, merendar y cuidarlos hasta que llegasen, normalmente entre las ocho y las nueve de la noche, hacer un poco de limpieza y poner alguna lavadora. Acepté encantado. Empezaría aquella misma tarde.
La región de la Camargue
Decidí ir a la Cannebière y ver si conseguía encontrar a Serge. Primero fui a Le Pagre, el mercado de los pescadores, pero no le ví, después al Cours Julien, el mercado agrícola, tampoco , y finalmente me decidí por el Prado, el más popular. Tuve que dar una vuelta completa y meterme por las callejuelas pero al fin lo encontré. Estaba sentado en una sillita plegable, al lado de su motocicleta y fumando un cigarrillo apestoso. Había distribuido sus baldosas sobre una especie de sábana doblada y tenía una caja llena de tarros de pintura en su regazo mientras pintaba. Me saludó con su sonrisa socarrona y no dijo nada hasta terminar de pintar la baldosa. Eran unos flamencos rojos, típicos de la Camarge sobre el fondo azul claro de la loza, muy bonitos. Me dijo que había vendido dos baldosas, suficiente para pagar dos noches en Bois-Luzy y comer dos días, todo un éxito a aquellas horas, si vendía cuatro o cinco más tendría para una semana.
Se había criado con su abuela, en su tenderete de pescado del mercado de Quatre Moulins; su padre les abandonó y su madre trabajaba de cocinera en un transatlántico que hacía la ruta de Australia y Nueva Zelanda y la veía una vez al año. La abuela Dorine cargó con él hasta su muerte, el primer dolor de su vida. Aprendió a dibujar y a pintar de un vecino que hacía carteles para fiestas y calendarios y cuando no estaba con la abuela se metía en el piso de monsieur Jeanot. Como no tenían dinero se las ingenió para aprovechar al máximo cualquier papel, cartón e incluso trapos viejos , por eso Serge siempre pintaba sobre pequeñas superficies. Bajó a la Provenza e hizo del sol su dios, le rindió tributo y se hizo granjero en Arles sólo para contemplar los amarillos y las noches estrelladas que viera Van Gogh. Hizo de las baldosas su tela y del campo su taller, redujo los objetos y los seres a su esencia como un alquimista de los colores, buscó lo universal en lo más insignificante, huyó de absolutos y trascendencias y se convirtió en un místico de la luz. Vivía con tanta sobriedad que tener para comer durante tres días seguidos lo consideraba un lujo.
Estuve con él hasta media tarde, después me fuí a la escuela del Boulevard Gambetta. Maud me esperaba para recoger a los niños. Eran cinco : Mignone, Mouche, Pierrot, Jean-Jean y Odette. Se pegaron a Maud y me miraron desconfiados mientras cargaba con sus carteras y fuimos todos juntos a la rue Saint Pierre. Era una escalera amplia, oscura, húmeda, con peldaños de baldosas rojas casi todas partidas. Claire esperaba a Maud para ir a trabajar y aprovecharon para mostrarse muy afectuosas conmigo y de este modo presentarme como alguien de confianza. Me quedé solo con cinco pares de ojos que me escrutaban como aves de presa. Mouche tomó la iniciativa y me cosió a preguntas. Era la más pequeña, seis años, su espontaneidad rompió el hielo y al rato estábamos todos tumbados por el suelo comiendo pan con mermelada mientras yo les contaban cuentos orientales.
Durante varias semanas fui el hermano mayor del que carecían y el padre que algunos de ellos no habían conocido. Me ayudaban en todos los quehaceres domésticos, sacando cosas que luego aparecían en otros lugares, se peleaban por la escoba, por llenar los cubos de agua, pero lo más divertido era tender la colada que consistía básicamente de bragas, de todas formas, colores y tamaños, y una vez tendidas parecían ristras de banderolas celebrando una fiesta.
Una noche cuando llegué al albergue volvía a estar lleno de gente. Había mucho barullo e intenté escaparme por la entrada principal, pero Abderramán me llamó. Estaban jugando a cartas, al ajedrez, al parchís, a la oca, toda la mesa llena de juegos y necesitaban un intérprete, y allí entraba yo. Durante dos horas traduje las cosas más dispares aunque la mayoría de las veces no era imprescindible. Todos queríamos comunicarnos, todos hacíamos el esfuerzo de escuchar, saltaron las barreras de las lenguas y las clases y fuimos una Babel de buena voluntad.
Al día siguiente Serge me saludó con un “Bonjour, maître” , al que yo contesté “Bonjour, artiste” , éste fue desde entonces nuestro saludo matutino, él dejó de ser Serge y yo Jordi, y así hasta el final.
Los días de lluvia, nefastos para Serge, los pasábamos en el comedor charlando entre nosotros. Los grupos daban mucho ambiente pero duraban dos días como máximo y todos preferían ir a los lugares típicos y Bois-Luzy quedaba alejado de todo. Una noche le pregunté a Serge si le gustaría pasar una tarde con los niños y conmigo, él podía dibujarles algo, hablar de la Bretaña, de la Camargue, de Arles, aceptó con un simple gesto de cabeza.
Yo ya les había hablado de Serge y cuando vieron su coleta, sus ojos grises que siempre sonreían, su serenidad, quedaron prendados de él.
El comedor se llenó de papeles, salieron lapiceros de todos los rincones, Serge abrió su caja de colores y toda la tarde estuvimos pintando, garabateando los objetos más inverosímiles, creando formas desconocidas, colores imposibles, una velada que me gustaría pensar que fue tan importante para ellos como lo fue para mí. Cuando llegaron Maud y Claire todos se precipitaron hacia ellas mostrándoles sus dibujos y pinturas, había más en sus caras y manos que en los papeles pero a nadie le importó, aunque me tocó a mí lavarlos a todos. Nos invitaron a cenar y nos llenaron de latas de sardinas en escabeche y latitas de paté.
Sólo con aquel trabajo no podía seguir en Marsella y al cabo de varios meses decidí marcharme a Estrasburgo. Me iría temprano y preferí despedirme de todos los “habituales” con los que había compartido tantas veladas. Descorchamos una buena botella de vino, comimos salchichón y quesos y alguien puso una canción de Matt Monro que estaba muy de moda entonces.
Eran les seis de la mañana y el olor del tabaco que fumaba Serge me advirtió de su presencia. Fue nuestro último“Bonjour”,lo sustituimos por un “Au revoir”, pero los dos sabíamos que era un
“ADIEU” ... !!!!!
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El joven escritor Mattiew Pearl.
LIBRERIA WATKINS 

Siempre que iba a Foyles una visita obligada era la del departamento de idiomas. Era un placer desplazarse de un estante a otro siguiendo la ruta de los diccionarios y gramáticas, pequeños volúmenes dedicados a las lenguas dravídicas, altaicas, urálicas, lenguas y dialectos austro-melanésicos como el Ajié, Boewe, Sirhe, Anesú, Dubea….. lenguas que a mitad del siglo XX apenas hablaban unos pocos cientos de personas y que algunas de ellas ya han desaparecido de la faz de la tierra, lenguas africanas que siempre consultaba algún misionero en ciernes o un aprendiz de diplomático, tailandés, vietnamita, camboyano, mongol…….Un universo paralelo, un contraste con las aglomeraciones delante de la sección dedicada al inglés por parte de los estudiantes extranjeros.
No recuerdo si era en el primer piso o en el segundo que había lo que llamaría “el rincón del bibliófilo”..... 
