"ÉRASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. HÉCTOR.


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

H E C T O R

HECTOR FALLECIO HACE UNOS MESES SIN EL LONDRES NUNCA SERA IGUAL, NI YO.

De los años que viví en Londres hay varios recuerdos imborrables, pero de ellos destaca especialmente el de Héctor, mi maestro y amigo.
LIBRERIA WATKINS

Héctor nació al pie de los Andes, en tierra de viñedos y seminarios. Su padre había estudiado teología pero durante la guerra civil española se trasladó a la Argentina y fue maestro de música, entre otras actividades. Su madre era muy religiosa, de origen italiano, y soñó para Héctor la carrera eclesiástica, su culminación, el orgullo de la familia.

Héctor ingresó en el seminario y destacó en teología, filosofía y música, y pronto empezó a dar clases en una escuela religiosa. Pasó el tiempo y justo a punto de tomar las órdenes mayores tuvo una crisis de fe y colgó los hábitos. Se marchó a Venezuela y se dedicó a la fotografía. Con un amigo recorrió todo el país con la cámara en ristre viviendo muchas aventuras y anécdotas. Decidió cambiar de aires y se trasladó a España.

En Madrid trabajó con un fotógrafo durante varios años, pero, eternamente insatisfecho, se marchó a Londres. Allí empezó el gran viaje en busca de sí mismo. Había leído mucho y en Venezuela estuvo en contacto con intelectuales participando en debates y reuniones literarias con gente vinculada a la masonería, rosacruces y esotéricos, aunque su interés principal fue siempre la filosofía y la teología.

Yo lo conocí por casualidad. Estaba en Londres trabajando y estudiando en la Universidad y un día fui a visitar a unos amigos con quienes había estado trabajando durante un año. Tenían un pequeño restaurante de cocina francesa y Héctor estaba allí fregando platos, una de las pocas actividades que podía hacer alguien sin papeles ni contrato. No sé cómo salió el nombre de Gurdjieff y el Priorato de Fontainebleau y aquellos nombres cimentaron nuestra amistad. A partir de entonces nos vimos con frecuencia, de hecho, sólo los domingos, que pasábamos charlando y comentando nuestras lecturas semanales. Me habló de autores prácticamente desconocidos para mí, a él debo mi entusiasmo por Mircea Eliade y Colin Wilson, entre otros, y juntos descubrimos librerías pequeñas de segunda mano donde siempre encontramos un libro para estudiar. Recuerdo particularmente una que estaba dentro de un invernadero, cerca de High Street Kensington. Se subía una cuesta todavía sin asfaltar y a la izquierda aparecían los vidrios llenos de polvo y lluvia de la librería. Sus propietarios, canosos, dignos, vestidos completamente de blanco recibían a los pocos clientes que se acercaban allí, les ofrecían té, folletos sobre seminarios de budismo tibetano en tierras escocesas, revistas sobre la Kábala hebrea, una sobre una secta cuyo gurú había sido taxista en Londres y ahora afirmaba vivir en Venus, y desde allí alentaba a sus seguidores a adorar una piedra que él les había enviado por transporte interestelar, también la del Monasterio de las Siete Llaves perdido en la serranía andaluza, y otras de vida intensa pero breve. Entre las montañas de libros había macetas con docenas de plantas y flores.Se podía leer, pasear, hojear cualquier libro, cualquier texto que estuviese a la vista, y nadie te exigía que comprases nada, hicieras lo que hicieras te acompañaban a la salida con su sonrisa habitual, te deseaban buen día y que volvieras cuando quisieras. Volvimos varias veces, compramos pocos libros y charlamos mucho, pero un día encontramos los vidrios rotos, el interior vacío, unas macetas rotas en el camino y un cartel escrito a mano con una caligrafía exquisita comunicando el fallecimiento del propietario y el final, triste final de la librería más cálida y más humana que he encontrado jamás.

Poco después “descubrimos” Compendium, en Candem Town, dos librerías dedicadas una exclusivamente a la historia y otra a la filosofía y ciencias de la mente, como se decía en aquellos tiempos; la última vez que estuvimos había estantes enteros dedicados al “New Age”. Siempre había gente pero sucumbió a la comercialización de la zona cerca del río, lugar ahora de mercadillos y tiendas de todo tipo. Nuestro último reducto fue Watkins, un callejón de Charing Cross. Las obras de Crowley, las nuevas ediciones de las obras de la Gran Bestia se encontraban allí, todos los libros de y sobre la Golden Dawn, John Bennet, Rodney Collin, todos los autores que componían la pléyade británica del esoterismo europeo tenían un lugar destacado en sus estantes. Los libros sobre la India y el Tibet eran muy populares, especialmente Agehananda Bharati y Anagarika Govinda.También pasamos por Atlantis, cuentan que fue la última librería que visitó Crowley antes de morir. Cerca de allí, destacó Dark They Were and Golden Eyed, de espléndido nombre pero rápida agonía. Watkins y Atlantis son las únicas supervivientes de aquella época llena de furor alternativo.

De Héctor aprendí a estudiar las notas de pie de página y a valorar especialmente las bibliografías. De cada libro casi siempre obteníamos un nombre, una referencia que, a su vez, nos remitía a otro y así sucesivamente. Todo era como una telaraña inmensa y nosotros pasábamos de un hilo a otro en un periplo que nos hacía considerar cada fragmento como un todo inacabable.

Un día Héctor me trajo una especie de pamfleto publicado en España....eran unas hojas impresas en un papel basto con una tinta de mala calidad y un título pedante. Leí unas pocas frases y miré fijamente a mi amigo. ¿Cómo podía leer aquel artículo? Era una diatriba contra un escritor tildándole de “rojo comunista y asqueroso anticristiano”, entre otros epítetos semejantes. Era un pamfleto que arremetía contra todo lo que no era franquismo y católico. Me dijo que era muy interesante de leer porque así sabríamos siempre a quién leer, es decir, lo criticable, lo censurado, lo insultado era precisamente lo que debíamos conocer. A través de una amiga nos llegaban puntualmente, una vez al mes, aquellas hojas que muy en contra de sus intenciones nos permitió saber de unos autores que quizá nunca hubieramos leido.

Héctor releía los textos sagrados quizás en busca de su fe perdida, analizaba cada frase, estudiaba los personajes bíblicos con lupa, usaba la Vetus Latina, la Vulgata, la versión inglesa del rey James, la de Nácar y Colunga, la de Reina-Valera............. Cuando llegó la noticia de que se estaban traduciendo algunos de los textos hallados en el Mar Muerto se pasó días buscando información en todos los periódicos y revistas literarias. John M Allegro fue de los primeros en publicar sus impresiones de los textos provocando un escándalo monumental con su libro The Sacred Mushroom que fue vapuleado por la prensa conservadora, hasta tal extremo que el editor publicó una nota disculpándose por haberlo impreso y no volvió a publicarse. Nosotros lo leímos y fue objeto de debate durante muchos domingos en su cuarto.

Hacía tiempo que Héctor vivía en Wimbledon donde había encontrado trabajo en un restaurante como ayudante de cocina en jornadas completas que le dejaban poco margen para la lectura. Pero él siempre encontraba tiempo para sus análisis, sus reflexiones, que resumía en pedacitos de papel que depositaba entre las hojas de los libros. Luego apuntaba notas para discutir conmigo los domingos cuando yo llegaba de Earl’s Court donde vivía. Hacia las nueve de la mañana empezábamos y regresaba a mi cochambrosa habitación a las nueve de la noche con la cabeza llena de ideas, los bolsillos llenos de papeles y el corazón lleno de agradecimiento.

Cuando tuvo vacaciones me hizo unos anaqueles con unas maderas viejas que encontramos en un cubo de basura, los pintamos de color verde, colgué una lupa con una hebra de lana para leer la letra pequeña de las ediciones baratas que compraba y así tuve mi primera biblioteca en Londres.

Después cuando regresé a casa mantuvimos el contacto siempre y los primeros años Héctor venía y estaba unos días en Barcelona y el volumen de las notas seguía creciendo. Más adelante, ya mayor, de frágil salud, yo iba a Londres y pasaba dos semanas en una habitación de la residencia donde se hospedaba. Había insistido a la asistente social que como siempre habia un cuarto para los visitantes que estuviera dispuesto para cuando yo iba, creo que fui el único visitante que gozó de aquel privilegio en muchos años.

Jubilado ya seguía con sus búsquedas y pasaba horas y horas paseando por Londres. Conocía todos los barrios, todos los paseos, todos los atajos, su historia, su origen, su principio y nunca quiso saber su final para no entristecerse. En aquellas correrías encontró “el molino de la abadía”. Era un descampado al lado de un río, en Merton, y los sábados y domingos estaba lleno de tenderetes. Unos vendían rosquillas que cocinaban delante del cliente, otros ropas de segunda mano, camisetas con estampados inverosímiles, la señora Baas vendía sus “curris” ardientes, con pequeñas gambas cocidas dentro de sus salsas oscuras como su tez, sus confituras de mil frutas para reducir y emulsionar los picantes ingredientes que te dejaban los labios hinchados en un beso de fuego, alguien vendía cajitas de madera blanca con aperturas insólitas, collares, anillos, pulseras de fina plata que hacían las delicias de las adolescentes, macetas de mimbre esperando su flor................ Y allí se erguía como un monstruo antediluviano un viejo edificio lleno a rebosar de libros viejos. Todas las materias estaban clasificadas y sus autores por orden alfabético, aunque con un desorden producto de muchas consultas y dudas. La primera cosa que hacíamos era ir allí. Héctor se retiraba a husmear por otra parte y dejaba que me arrastrara por el suelo para leer los títulos de libros que estaban en los estantes inferiores. Cuando encontrábamos uno interesante chasqueábamos los dedos como una señal y uno u otro iba a comprobar el “valor de la captura”. Siempre encontré algo. Unas veces un título buscado que después de varios años aparecía de repente como si alguien se hubiera apiadado de mi, otras un autor desconocido con un título inquietante, otras un viejo conocido me sorprendía con un libro que me había pasado desapercibido .......

oo&oo

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