ÉRASE UNA VEZ EN.. KARLSRUHE ( FINAL DEL VIAJE! )


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


K A R L S R U H E

Tenía un buen trecho andando, el auto-stop no funcionaba cerca de la frontera. Durante una hora y media anduve por carreteras comarcales, después nacionales y luego me extravié. Tomé un atajo que me llevó a la autopista y, por lo tanto, tuve que retroceder. Llegué a una estación de tren, estaba cansado, era casi mediodía y no sabía cuándo llegaría a Karlsruhe. Miré los horarios de los trenes y al final pregunté en una de las taquillas. Estaba cerca y el precio del billete era barato, por lo tanto decidí tomar el tren y dejar el auto-stop para la vuelta...

Quince minutos más tarde estaba en Karlsruhe. No fue difícil encontrar la base militar, había indicaciones por todas partes, y me dirigí directamente a una garita donde un soldado completamente pertrechado montaba guardia. Dejó que hablara, le di todos los nombres que me había dado André y sin decirme una sola palabra descolgó un teléfono y transmitió mi mensaje. Al cabo de cinco minutos un impresionante coche americano se detenía al lado de la garita. El conductor, alemán, dijo en inglés que me llevaría a ver al sargento.

Era un tipo parlanchín y campechano, me hizo varias preguntas y pareció quedar satisfecho. Me dijo que íbamos directamente a la oficina de empleo de la base para ver si podían arreglar el tema de un posible contrato para no comunitarios. Llegamos a un edificio de oficinas y después de pasar varios controles entramos en un despacho. Una mujer tecleaba en una máquina de escribir y mientras ellos dos hablaban en alemán yo me entretuve en mirar por la ventana. Era un tercer piso y desde allí se veían las instalaciones de la base y los aparcamientos llenos de coches americanos y vehículos militares. Había casitas con un pequeño jardín alrededor, como las que se veían en las películas americanas de los años cincuenta, y que eran las de los oficiales, mientras que más lejos se destacaban los barracones de los soldados. Cuando terminaron de hablar el alemán me miró y movió la cabeza indicándome que no había solución. Era imperativo un contrato y si el sargento decidía hacerme una carta y volvía con ella a Barcelona y me presentaba en el consulado alemán quizá habría alguna posibilidad. Me hicieron la carta y me acompañaron a la salida.

Ya me había hecho a la idea de volver y conseguir un contrato aunque no fuese fácil. Si quería volver a Inglaterra tendría el mismo problema pero al menos aquello ya lo conocía y allí sería más fácil. De hecho quería volver a Londres, tenía que seguir con el japonés y en el Central Polytechnic siempre encontraría una plaza con el profesor Parker, con quien me mantenía en contacto por carta, pero antes quería estar un año en Alemania y aprender algo de alemán.

Busqué la carretera que llevaba a Francia y al poco rato un motorista me hizo señas para que me acomodase detrás de él y me dejó en un garaje al lado de la carretera, estaba cerca de la frontera y en francés me indicó que me esperara allí, a aquella hora pasaba un camión con destino a Wissembourg. Y así fue. Una camioneta llena de cajas de cerveza y gaseosa se paró delante de mi mientras el motorista me saludaba con la mano desde la ventana de la cocina. No hablamos ni una sola palabra, condujo por la carretera desierta y cuando llegamos se bajó del coche y saludó a André que me miraba sonriente. El motorista era su primo y el camionero un amigo de la familia, le había llamado por teléfono y comunicado mi llegada, era el único habitante de Wissewmbourg que hacía auto-stop……

La hermana de Louis nos había encontrado una habitación en casa de una viuda. Una anciana vestida de negro, una aparición del siglo diecinueve, nos esperaba. Les dije que no podía quedarme, que tenía que volver para lo del contrato, pero Marie dijo que aunque yo no me quedara la habitación era para Louis, no podía quedarse en su casa, normas del instituto, aunque había hablado con el director y nos había concedido un permiso provisional por ser Louis su hermano y yo un imaginario primo, la familia tenía aún algunos privilegios aunque fueran temporales, por lo tanto caducos.

Era una habitación feísima, oscura, con una ventana oculta tras unas cortinas de terciopelo ajadas, gruesas, llenas del polvo de los siglos, una cama enorme llena de cojines y almohadas amarillentas, una silla de color negro, una butaca tan baja que parecía estar pegada al suelo, una mesa-escritorio en buen estado y una lámpara con una pantalla verde. Deprimente vivir allí y peor dormir en aquel cuarto que olía a naftalina, a flores marchitas, a ropajes mohosos y a decrepitud. Louis no dijo nada, pero su cara reflejaba inquietud mientras Marie discutía un alquiler que la viuda rebajaba constantemente en una lucha frenética para conseguir al inquilino y Marie para salir de allí airosa sin desairar a la viuda negra. Cuando salimos casi sin despedirnos Marie suspiró y dijo que a pesar de que Louis no se podía permitir nada mejor ella le encontraría un buen cuarto individual ya que yo no podía quedarme.

Aquella noche cenamos pollo frito, con patatas, coles de Bruselas, cerveza y brindamos con unas copitas de aguardiente para que el empleo de Louis fuera más o menos permanente y que yo pudiera volver, aunque el sentimiento general era de que no volveríamos a vernos.

La empresa donde empezaba a trabajar Louis tenía tráfico diario con Estrasburgo y Marie, que conocía a los dueños, les pidió si podía bajar con alguno de sus camiones. No hubo ningún problema y al mediodía me acomodé en la cabina del conductor, me despedí de todos y emprendí el viaje de regreso.

Llegué al albergue de la juventud poco antes de la cena. El conductor conocía el camino y me llevó directamente. Por aquellas casualidades tenía un transporte al día siguiente para Marsella y me propuso viajar con él, prefería tener compañía, y como yo hablaba francés el trayecto sería más agradable. Quedamos en que él pasaría a recogerme a las diez de la mañana, yo tenía que esperarle delante del albergue, no debía demorarme puesto que no podía aparcar en aquella calle.

El albergue estaba lleno y después de deambular por varios pasillos llenos de extranjeros como yo me metí en un cuarto con seis literas. Había seis muchachos que hablaban entre ellos y se callaron cuando entré. Les pregunté si quedaba alguna litera libre pensando que si era seis tendría que buscarme otro sitio, pero no, uno de ellos estaba en otro cuarto, y me cedieron una. Me tumbé sin hacerles caso, y ellos prosiguieron con su charla. Me acomodé, saqué un libro y me puse a leer. Al poco rato salieron todos a cenar y yo preferí quedarme allí y comerme los bocadillos que me habían preparado Marie y Dorine.

La niña había insistido en ayudar a su madre y su bocadillo tenía carne de ternera, picadillo de huevo con pimiento rojo y pepinillos, una hoja de lechuga, salsa blanca picante, un tomate cortado en rodajas y unas lonchas de un embutido que parecía mortadela, el bocadillo era tan grueso que no me cabía en la boca y al morderlo todo se desparramaba por las comisuras como si aquellos ingredientes quisieran huir de la voracidad de mis mandíbulas, y Jacques aportó una bolsita de cacahuetes salados que había encontrado en la calle, su sinceridad era conmovedora.

La ventana daba a la calle principal, no había visillos, y las luces de los coches iluminó el cuarto toda la noche. Me dormí tarde pero como tenía los ojos cerrados los compañeros de cuarto pensaron que estaba dormido y no hicieron ruido, pero las literas crujieron como jaulas de grillos martirizados y a cada vuelta parecía que iban a desplomarse en cualquier momento.

Fui el primero en levantarse y bajé a desayunar. El comedor estaba vacío, una mujer leía un periódico y al verme entrar se levantó y se metió en la cocina. Salió con una cafetera, me llenó la taza ,rechacé la jarrita de leche, y un bollo con una pizca de mermelada fue mi ración.

Eran las ocho de la mañana y el camión no pasaría hasta las diez. Tenía dos horas para deambular por la ciudad. Memoricé el nombre de la calle, el itinerario, y fui al centro. Vi la espléndida catedral gótica y el centro histórico, paseé por sus callejuelas siempre pendiente del reloj y regresé a mi punto de partida. Faltaban quince minutos, me apoyé en una pared y esperé. A las once empecé a ponerme nervioso, a las once y media me preocupé y a las doce me inquieté, el camión no llegaba y para colmo empezó a llover a cántaros. Decidí esperar media hora más debajo de unos balcones pero fue en vano, mi transporte no llegaba. Tenía que salir de Estrasburgo y opté por el tren. Pregunté por la estación y resultó que estaba muy cerca. La lluvia arreciaba y el vestíbulo estaba lleno. Había un tren a Marsella a las quince horas.Fui a los lavabos, me sequé con las toallitas de papel de una máquina y conté mis escasos francos, el dinero justo y preciso para Marsella, una noche en Bois-Luzy y para llegar a Barcelona.

Llegué a Bois-Luzy temprano.Vi a alguno de mis antiguos compañeros pero Serge se había marchado al poco de irme yo. A Gérard lo habían echado por robar, dormía en los bancos públicos o bajo los matorrales de los parques y comía los paquetes de comida que l’Armée du Salut distribuía a los indigentes, Marius ya no estaba, nadie le había visto salir, Pierre había vuelto a Grenoble y Bob seguía ausente.

Pasé mis últimas horas con Joseph transmitiéndole los abrazos de la familia y contándole nuestro accidentado viaje al norte. Comimos un cous-cous memorable al que nos invitó Ruggero, un italo-suizo que había vendido la maleta que le cambié por su roñosa mochila y quiso compensarme en cierta manera por el desfavorable trueque que había hecho, yo, claro.

No volví a Estrasburgo. El consulado alemán se negó a tramitar ningún documento oficial basado en una carta manuscrita de un sargento estadounidense.


!FRANCIA HABIA TERMINADO Y VOLVI A LONDRES!.




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