ÉRASE UNA VEZ Estrasburgo. ( 2a. etapa )



Estrasburgo


Louis propuso ir a la pensión donde había vivido con su hermano durante su estancia en Estrasburgo. Hacía frío y la lluvia era pertinaz.
Entramos en un bar que abría en aquellos momentos bajo la mirada inquisitiva y desconfiada de la dueña. Miró fijamente nuestras ropas mojadas, los zapatos llenos de barro, nuestros rostros sin afeitar, desaliñados, con unas mochilas que seguramente ya habían dado varias veces la vuelta al mundo, llenas de descosidos y el sombrero negro de Louis con el que parecía un bandolero. Nos escurrimos sigilosamente hacia la mesa más apartada y pedimos cafés con leche. La bollería acababa de llegar, recién horneada, caliente, llena de apetitosas sugerencias que tuvimos que obviar y recurrimos a unos mendrugos de pan que llevábamos en las mochilas. Nos sirvió de mala gana, dejando las tazas de golpe como si quemaran. Comimos a hurtadillas, evitando los ojos furiosos de la dueña que parecía estar en todas partes. Afortunadamente pronto se llenó de clientes y pudimos pasar más desapercibos con nuestro desayuno. Cuando nos levantamos para irnos vi que la mesa estaba llena de migajas de pan y la mujer estaba al acecho. Cogí unas servilletas de papel y limpié concienzudamente la mesa y las sillas, lentamente, casi con delicadeza. Louis estaba ya en la puerta inquieto pero me demoré en la limpieza, casi regodeándome. Ya en la puerta me volví y, como sospechaba, la mujer con ojos de harpía seguía mirándonos, incliné ligeramente la cabeza y me despedí deseándole muy buenos días. Una vez en la calle Louis tiraba de mí para alejarse del bar temiendo que la mujer saliera indignada por mi irónica despedida y llámase la atención, pero yo sabía que no lo haría; yo había sido educado, ella no, y mis palabras se lo habían demostrado. Miré por encima del hombro. Estaba pegada a los cristales donde lucía el nombre del local. Nos miramos unos segundos. Sus ojos ya no eran tan duros.
Ya no llovía. Como todavía sentía el calorcillo del café con leche y la agradable sensación del estómago lleno aunque sólo fuera de pan duro procuré que el largo trecho hacia la pensión de Louis fuera agradable. Las calles empezaban a llenarse de gente, el tráfico aumentaba por momentos y descubrí que Estrasburgo era realmente una ciudad alemana. Se oía mucho alsaciano y las casas tenían la estructura característica de las ciudades germanas que se veían en el cine y en las revistas de turismo.

Llegamos a la pensión. Era una casa de tres plantas, con un restaurante típico lleno de fotografías de la catedral y de la parte vieja de la ciudad. Era un lugar acogedor, muy caldeado, todo de madera, con mesas largas, grandes jarras de cerveza en la barra del bar esperando ser llenadas, varias cabezas disecadas de jabalíes y venados colgaban de las paredes, copas, trofeos de competiciones deportivas, y una fotografía enorme presidía el comedor donde un tipo grande y barrigón sonreía con una trucha en su mano derecha y una caña de pescar en la izquierda mientras una niña le contemplaba extasiada. Era el dueño del lugar. Louis nos presentó y ellos se saludaron amistosamente. Los dos hermanos habían vivido, comido y cenado allí durante un par de años, siempre habían pagado las facturas y aparte de dos o tres fiestas pasadas de tono y alguna aventurilla sexual sus relaciones habían sido buenas.

Al poco rato apareció su esposa. Una mujer de apariencia frágil, pelo pajizo, con una tez nívea, con algunas pecas, nos saludó con simpatía. Oí una exclamación, miré hacia abajo y descubrí a la niña de la fotografía que nos miraba curiosa. Heidi no se separó de su madre durante la hora que estuvimos charlando y tomando más café. Yo me mantuve un poco al margen y dejé que Louis les explicase nuestras aventuras hasta llegar a Estrasburgo. Nos dijeron que nos quedásemos allí, ellos tenían cosas que hacer pero que no molestábamos. Había vuelto a llover y ahora con intensidad. Nos trajeron periódicos, revistas, y pasamos unas cuantas horas instalados cómodamente en una mesa. Al mediodía empezaron a llegar los huéspedes a comer y otros clientes. Algunos de ellos habían sido compañeros de Louis y Joseph y se saludaron campechanos. Se llenaban las mesas y nos sentíamos un poco cohibidos porque era la hora de comer y no sabíamos qué hacer, pero de pronto el dueño depositó dos platos llenos de hortalizas y un filete jugoso delante de nuestras narices, una invitación de la casa, por los buenos tiempos. Fue un gesto muy generoso y lo agradecimos adecuadamente. Los antiguos compañeros de Louis nos llenaron de jarras de cerveza, nos invitaron también a postres, unas porciones gargantuescas de tarta de cereza que me supieron a gloria, y por primera vez en meses pude decir que estaba lleno.
Louis quedó en verse con unos compañeros por la tarde, yo también por supuesto, y fuimos al piso de una pareja donde nos reuniríamos todos, unos diez o doce. Tomamos cerveza, salchichas, chuletas de cerdo ahumadas, pepinillos muy picantes, patatas hervidas con una salsa asquerosa de un blanco enfermizo y aguardiente de frambuesa, una delicia a pesar del peligro inminente que aquello significaba para unos estómagos que habían sufrido un ayuno involuntariamente prolongado.


Estrasburgo

A las diez de la noche todos empezaron a desfilar y nosotros teníamos que buscar un rincón para pasar la noche. En la pensión ya nos habían dicho que no tenían habitaciones y el piso de la pareja, recién casados, estaba tan descartado que ni nos lo planteamos. Uno de los compañeros propuso que durmiéramos en el coche de su padre, un vehículo que estaba estropeado, pero tendríamos que irnos al amanecer porque su padre guardaba cosas en él y podía descubrirnos. Las calles relucían como espejos, la luna se multiplicaba en los charcos y nuestros pasos resonaban en el silencio de la primera noche en Estrasburgo.

Un voz estentórea nos despertó. Un hombre nos gritaba enfurecido delante de la ventanilla del coche. Hablaba alsaciano y Louis le dijo que no entendíamos lo que decía. En francés nos llamó ladrones, delincuentes, chorizos, violadores, bandidos, atracadores de banco, terroristas en ciernes, saboteadores de trenes y autobuses, pirómanos, y un largo etcétera de otros epítetos delictivos menos frecuentes. Cuando terminó estaba exhausto y tuvo que esperar unos segundos para recuperar el aliento mientras nosotros mirábamos a todas partes pensando que estábamos rodeados de una calaña infecta a punto de asesinarnos. Louis balbuceó que éramos amigos de su hijo, Paul, y el hombre sin dejar de mirarnos sospechosamente abrió la puerta y con un gesto nos indicó que saliéramos. Estuve a punto de salir con las manos hacia delante esperando las esposas y una pistola automática en la sien mientras toda la policía de Estrasburgo nos encañonaba con sus rifles de asalto y coches blindados. Paul salió corriendo de la casa y después de discutir con su progenitor nos invitaron a desayunar. El hombre continuó ceñudo y dirigiéndonos miradas aviesas que hubieran helado mi corazón a no ser por la amabilidad de la madre del muchacho que nos sirvió unas salchichas con huevos fritos dignos de encomio. Al despedirnos el padre me dio el periódico y nos preguntó si fumábamos, dijimos que no, bueno un poco, alguna vez, dijo Louis tímidamente y el hombre nos alargó dos puros “toscanos” más retorcidos que su lengua, sacó un mechero con una llama digna de un volcán y nos los encendió. Nos miró complacido durante unos segundos, dio media vuelta y desapareció, nosotros también desaparecimos pero a más velocidad.

Ya habíamos hablado de los problemas para encontrar trabajo allí. Los acontecimientos de mayo de 1968 habían dejado al descubierto los problemas sociales y laborales del país galo que durante los últimos años de De Gaulle se habían estado deteriorando. El paro en la zona Bouches-du-Rhône podía extrapolarse a otros territorios y la industria de Estrasburgo también se había resentido a pesar de la solidez de sus fábricas. El paro había aumentado y la gente se aferraba a sus puestos de trabajo como una póliza de vida. Hubiéramos tenido posibilidades con algo de dinero para esperar y buscar pero era lo único que no teníamos. Louis propuso ir a Wissembourg a pesar de que el problema parecía el mismo allí también, con el agravante de que era mucho más pequeño que Estrasburgo, lo cual, a su vez, tenía también sus ventajas : la frontera alemana con la factoría Mercedes-Benz. Paul nos presentó a un pariente que tenía negocios por aquella zona y por la tarde llegábamos a Wissembourg. La casa de la hermana de Louis estaba al extremo opuesto, a unos cien metros de la frontera alemana.


CONTINUARA...

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De este autor, un blog de literatura japonés:
www.japocat.blogspot.com

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