ERASE UNA VEZ EN ... ORANGE, MORNAS, LYON, DIJON. ( PRIMERA ETAPA DEL VIAJE ... )


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com


Marché hacia Estrasburgo una mañana del mes de mayo. Iba con Louis a quien había conocido en Bois-Luzy. Louis yJoseph eran hermanos. Habían nacido en Argel, hijos de una mujer española que llevaba muchos años en el país del norte de África, y sólo hablaban francés.

Habían estado en la Riviera trabajando de camareros pero tuvieron problemas con los dueños del restaurante y prefirieron cambiar de aires, y se trasladaron a Marsella. Todos los “fijos” del albergue teníamos el mismo problema laboral: un paro crónico que sólo Frank, el encargado,y Ferdinand, que trabajaba en una ferretería, habían superado, y se unieron al
grupo.

La muerte de Daniel me afectó mucho y durante unos días apenas me moví de Bois-Luzy. Los hermanos no tenían dinero y compartí con ellos los pocos francos que tenía de mi último trabajo. Mis lentejas llegaron a ser famosas, no por su calidad sino porque fueron el único plato que ingerimos durante semanas. Un mediodía con otros tres compañeros decidimos ir al mercado municipal de la Cannebière. Nos habían dicho que a la hora del cierre los vendedores dejaban las hortalizas, frutas y verduras que no habían vendido y que estaban demasiado maduras o estropeadas para vender al lado de los contenedores de basura. Además, a veces, se encontraban otros comestibles abandonados, una posibilidad que teníamos que aprovechar.

Los comerciantes habían ya cargado las furgonetas y desmontado los tenderetes del exterior del mercado. Nos dividimos en tres grupos y empezó nuestra “busca y captura” para la supervivencia. Llevábamos muchas bolsas de plástico que Frank, escéptico, como siempre, nos dio para animarnos pero nos recordó que debíamos devolver las vacías, esto lo dijo con una leve sonrisa. Los adoquines del recinto rezumaban todo tipo de jugos, y por todas partes se amontonaban lechugas podridas, hojas de coliflor, tronchos cortados y marchitos de puerros, cebollas ennegrecidas, ajos desmochados, apios manchados, patatas llenas de agujeros con agua pútrida, tomates aplastados, nabos reventados, chirimoyas con gusanos, frutas que de tan maduras se deshacían sólo de tocarlas…………………. Con nuestros cuchillos fuimos limpiando los trozos que parecían comestibles y al cabo de una hora y media habíamos llenado varias bolsas. No era un gran botín, pero suficiente para una cena o dos. El regreso fue más animado, teníamos una hora larga de camino y aprovechamos para comer la fruta que habíamos podido recuperar.

Frank meneó la cabeza compadeciéndonos cuando vio lo que habíamos encontrado, pero aquella noche hicimos un potaje de verduras que la sal, pimienta, pimentón y las hierbas de la cocina enriquecieron considerablemente. Llenamos las panzas y recobramos un poco del humor perdido los últimos días. Llamé a Serge para compartir mi ración, la rechazó inicialmente pero yo insistí, era mi cena y sabia que él no había comido nada aquel día, y él hubiera hecho lo mismo conmigo.

Seguíamos sin encontrar trabajo. Los Lagier también estaban en horas bajas y el paro crecía en toda la zona de Bouches-du-Rhône. No sabía que poco después empezaría un nuevo viaje.

Louis y Joseph habían trabajado en Estrasburgo y me comentaron que allí habría más posibilidades de trabajo, además tenían una hermana que vivía en Wissembourg, su marido era conserje de un instituto y tenían una vivienda en las instalaciones. La población era fronteriza con Alemania, el instituto estaba justo en la frontera, y mucha gente trabajaba en la fábrica de Mercedez-Benz a apenas media hora en coche de la frontera. La empresa disponía de autocares que recogían a los trabajadores en sus diversos turnos y regresaban al atardecer; encontrar trabajo allí, en última instancia, no seria difícil. Pero Estrasburgo era la meta.

Joseph prefirió quedarse en Marsella. Dibujaba muy bien, tenía un trazo extraordinario, pero se había especializado en “tebeos” de hazañas bélicas y su época ya había pasado. Sus viñetas llenas de submarinos alemanes y aviones británicos no interesaban a nadie, tenía que reciclarse y era el momento de hacerlo.

Teníamos que hacer el viaje en “auto-stop”, apenas teníamos dinero para comprar provisiones y ahorrar era imprescindible. Una furgoneta nos dejó en Aix-en-Provence, cerca de la gran universidad. De un vehículo a otro fuimos haciendo cortas etapas esperando llegar a Dijon al día siguiente, pero las cosas no habían de ser tan fáciles.

Llegamos a Avignon al atardecer y nos dispusimos a dormir cerca del palacio papal, en un prado con grandes árboles. Al despertar estábamos rodeados de sacos de dormir donde unos chicos roncaban como benditos. Sin duda era el lugar preferido de los auto-stopistas sin suerte ni dinero. Dejamos Avignon temprano, los ronquidos y la humedad nos estimularon a ir a buscar una carretera que fuera al este.

Un coche se detuvo y preguntamos adónde iba, el conductor, un tipo joven, alegre, nos dijo que cerca, pero nunca imaginamos que nos dejaría al cabo de un kilómetro, había llegado a su casa, un lugar en medio de la nada. Estuvimos horas y horas esperando. Eran las ocho y empezaba a oscurecer. No tuvimos más remedio que internarnos en un bosquecillo y pasar la noche rodeados de pinos y de luciérnagas. A las cinco de la mañana volvimos a la carretera. Pasaron las horas y hasta mediodía no pudimos encontrar ningún vehículo. A las cinco de la tarde llegamos a Orange, unos simples cien kilómetros desde Marsella, y nuestro ánimo empezaba a flaquear, por no decir nada de nuestro humor que empeoraba con el tiempo, un cielo lleno de nubes oscuras que amenazaba un torrente de agua. El conductor nos había hablado de la antigüedad romana de Orange, su espléndida fuente en el centro de la población y quizá por altruismo nos dejó justo allí, rodeados de coches que circunvalaban la noble piedra de la fuente. Una parada de autobuses fuera de uso nos acogió con su techo de obra y su banco de madera húmeda y casi carcomida. Dormimos medio sentados, rodeados de una cortina de agua que llenaba los hoyos de la carretera comarcal.

Al día siguiente un coche destartalado lleno de libros viejos con destino a Mornas, unos diez kilómetros de Orange, nos dejó a primera hora de la tarde al pie de la fortaleza que domina la población. Era un pueblo pequeño, con una plaza central donde un camión con la parte trasera transformada en tienda ambulante de embutidos y quesos pregonaba sus exquisiteces a los pocos transeúntes que en aquellas horas todavía calurosas se atrevían a circular por sus calles. Recuerdo una panadería. Estaba en la misma plaza, se bajaban unos peldaños de roca gastados por los años y al fondo había un mostrador, y detrás estantes con enormes hogazas de pan, crujientes panes de centeno, panecillos blancos como la nieve, pasteles, pizzas coronadas de marisco, tartas de hojaldre, empanadas aún calientes de las que emanaban pequeñas volutas de vaho……..... El interior era fresco, casi frio, muy agradable, tanto que me demoré un buen rato mientras simulaba interesarme por casi todos los productos que allí había. Nos instalamos en las afueras, al pie de un despeñadero, un llano con un riachuelo y una tranquilidad tan absoluta que decidimos pasar allí el resto de la tarde y la noche. Dimos un paseo siguiendo el río y cogimos muchas cerezas y de un campo que parecía abandonado muchas patatas que asamos en las brasas de la hoguera que encendimos con toda precaución. Estaba oscureciendo do cuando se nos unió un suizo atraído por el agradable olor de las patatas y del tomillo y la retama que usamos para perfumar las brasas. Él compartió los embutidos que había comprado en la pueblo, bebimos una botella de vino, también suya, y las cerezas con queso no fue una mala combinación.

Empezamos temprano al día siguiente. El suizo iba a Nantes, al oeste, y nos separamos en la carretera. No tuvimos que esperar demasiado y encontramos una furgoneta de reparto que iba hasta Lyon. Nos dejó cerca de la autopista, no estaba permitido hacer auto-stop dentro de ella. Dos chicas estaban allí y con el poco humor que nos quedaba les .pedimos la vez. Se echaron a reír y estuvimos charlando hasta que un Citröen negro, enorme, se detuvo y las chicas corrieron hacia él. Al cabo de unos minutos vimos que cerraban bruscamente una de las puertas y empezaron a insultar al conductor, un tipo obeso con traje y corbata. Intuí lo que había pasado y arrastrando a Louis que estaba como alelado corrí hacia el coche pero ya había arrancado con un ruido de neumáticos atronador. Estaban indignadas. El tipejo en cuestión sólo aceptaba a una de ellas hasta Orléans, el destino de las muchachas. Estuvimos despotricando un buen rato hasta que un camión las recogió, sólo a dos nos decían claramente los dedos levantados del conductor que se disculpó con una sonrisa algo cínica. Nos despedimos efusivamente de ellas y nos dejaron media botella de naranjada caliente.

Llevábamos un par de horas y cansados decidimos ir a un supermercado cercano y comprar pan y queso, ya habíamos agotado las provisiones de Marsella. Nos sentamos en unas piedras y la espera fue larga, agotadora : tres horas tardamos en subir a un coche que nos dejó en una pequeña población a medio camino de Dijon. Otra noche al raso. Nos lavamos en una fuente, más pan y ahora chocolate, y nos tumbamos bajo el alero de un taller de reparación de motocicletas bajo la amenaza de un perro que ladraba desde el interior, pero estábamos tan cansados que no le hicimos caso.

La próxima etapa era Dijon. Tardamos horas en llegar. Anochecía y fuimos a un bar a tomar una bebida caliente. Nos sentamos en una mesa de mármol. Al cabo de un buen rato pregunté en la barra donde podíamos pasar la noche, si había algún albergue, queríamos asearnos, pero no sabían de ninguno, y nos hablaron de un aparcamiento de camiones con dirección a Besançon. Estuvimos una hora charlando con aquellas personas que además nos invitaron a tomar café.

Dormimos en el aparcamiento entre dos camiones de gran tonelaje y de madrugada, los primeros camiones se pusieron en marcha. Uno de ellos nos dejó en una carretera que aseguró ser la que llevaba a Estrasburgo, lo cual no era cierto. Anduvimos horas sin ver ni un solo vehículo y cuando habíamos perdido la esperanza de salir de allí, además había empezado a llover, de la bruma apareció un camión. Se extrañó de vernos por aquellos parajes tan solitarios, él hacía una ruta por el interior transportando cajas de flores secas. Nos recogió con el pretexto de que se dormía y esperaba que charlando se le pasaría la modorra que el embargaba. Nos dio los restos de un enorme bocadillo de carne y tuvimos que entretenerle cantando, silbando, contando chascarrillos estúpidos simplemente para que mantuviera los ojos abiertos. En dos ocasiones cerró los ojos y el camión se desvió peligrosamente hacia el carril contrario pero enderecé el volante con un gesto firme sujetándole las manos. Cerca de Estrasburgo le ayudamos a descargar unas docenas de cajas y nos dejó en el centro de la ciudad. Una mañana gris, húmeda, con enormes charcos de agua por todas partes fue la bienvenida a la esperanza de un trabajo que resultó un fracaso desde el principio....



Y CONTINUARA !!! ....

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Kommentare

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    Quína aventura, Jordi deu meu!!!!!!! Quants cotxes debies agafar tu i els teus amics francesos per fer quants km. i dius que aquí no acava la história!!!! Molt emocionant, i tants detalls, increible!!! Qué maco, és preciós, m´encanta aquest viatje!

    Merces, Eva
    #1 eva maria (Homepage) am 25.05.2007 20:40 (Antwort)
    La fotografia de la catedral de Dijon, no surt, ja t´ho he dit, a veure si l´Otto pot posar-la després.
    Gràcies pel article, és preciós!
    Eva
    #2 eva maria (Homepage) am 25.05.2007 20:44 (Antwort)

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