(2011) "Un lugar donde quedarse" de Paolo Sorrentino


11-3-2015

..........terrible, pero cierto..........


Reparto: Sean Penn, Eve Hewson, Frances McDormand, Judd Hirsch, Heinz Lieven y Kerry Condon

Cheyenne es una ex estrella de rock que a los 50 todavía viste de "gótico" y vive en Dublín de los derechos de autor de sus canciones. La muerte de su padre, con quien no estaba en buenos términos, le trae de vuelta a Nueva York y allí descubre que su padre tenía una obsesión: buscar venganza por la humillación que había sufrido en un campo de concentración nazi. Cheyenne decide continuar donde su padre lo dejó y comienza un viaje a su propio ritmo a través de América.

EN CONTRA
Decididamente, Sean Penn opta al Oscar a la interpretación más ridícula de la historia encarnando a este fósil del punk rock que, con la voz criogenizada en un murmullo inaudible y el maquillaje intacto después de su último concierto siglos atrás, decide romper su exilio voluntario en una fúnebre torre de marfil para perseguir al nazi que torturó a su padre. El personaje de Penn en la película de Paolo Sorrentino, llamado Cheyenne, es un objeto estático no identificado en una historia que se obstina en darle la espalda: de inenarrable reflexión sobre el anonimato como impulso irracional contra las exigencias de la fama, Un lugar donde quedarse se convierte, sin solución de continuidad, en severo ajuste de cuentas con los avatares de la Historia. Lo peor no es que Cheyenne parezca haberse caído de un guindo, o de aquel planeta salvaje imaginado por Roland Topor. No, lo peor es la avidez de Paolo Sorrentino por transformar cada plano de este despropósito en un elogio de la impostura extravagante.



A FAVOR
Colocar a una desorientada estrella del rock, con el talante caprichoso de Michael Jackson y la estética de Robert Smith, al frente de una búsqueda de un viejo oficial nazi para intentar vengar a un padre, es una idea ciertamente arriesgada. Pero es la sorpresa y la incertidumbre de esa evolución, entre tonos e intenciones chocantes, lo atractivo del film. Paolo Sorrentino experimenta con cosas que le interesan sin preocuparse de la homogeneidad. Pero muchas de esas cosas brillan suficientemente: un personaje tan patético como tierno que parodia con tino a la estrella de rock como monstruo; una puesta en escena muy sugerente en lo estético, aunque pueda pecar de esteticista, con herencias viajeras de Wim Wenders; un gusto por la música en la banda sonora con canciones de David Byrne (más las versiones del tema-título de Talking Heads en manos de otros) y Will Oldham, y una habilidad para ir cambiando de registro a lo largo del film, aun a riesgo de desconcertar al espectador. Sean Penn, entre lo sarcástico y lo ridículo, asume con decisión el juego de excéntricas sensibilidades que propone Sorrentino.

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