ÉRASE UNA VEZ EN … MARSELLA ... LA BIBLIOTECA.


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com




LA B I B L I O T E C A

Después de Bois-Luzy, el lugar donde pasé más tiempo fue en

la biblioteca

de Marsella.


Estaba cerca de la estación de tren de Saint Charles, en un vetusto edificio de sobria fachada. Siempre fui andando desde el albergue, una hora de camino. Abría a las diez de la mañana y a aquella hora no había apenas lectores durante la semana y podía elegir los mejores sitios, generalmente al fondo, cerca del mostrador donde se pedían y se recogían los libros.

En la entrada, a la derecha, estaba el estrado de la bibliotecaria con su aire clásico : correcta, seca y eficiente, y sólo sonreía cuando salías, al entregarle la lista con los títulos de los libros leídos, lista que te entregaba displicente tan pronto entrabas. Allí debías anotar los libros que querías leer o consultar y para ello tenías que ir a los archivos, un mueble con muchos cajetines de madera con una etiqueta engarzada dentro de una placa de latón abierta en su parte superior y donde figuraban las iniciales de los títulos y otros con las de los autores. Todo estaba escrito a máquina, seguramente una vieja Underwood, con algunas letras bamboleantes que subían y bajaban según la presión al teclear. Una vez localizado el texto o el autor lo anotabas en la lista y a continuación ibas al fondo a través de una arcada. Allí se abría una especie de túnel y un mostrador de madera absolutamente viejo. Dos hombres con guardapolvos de color arena te esperaban como si fueses su enemigo y cuando recibían la lista la escudriñaban esperando encontrar algún error y si era correcta penetraban aquel túnel de claroscuros donde se erigían estantes y estantes llenos de libros que algunas veces desbordaban los anaqueles. A veces tenían que ir hasta el final, una zona que el ojo humano no podía distinguir en la oscuridad y donde ellos desaparecían como tragados por una niebla asesina. Cuando les costaba encontrar los libros su tardanza era motivo de angustia y desasosiego puesto que volvían enfurruñados y con los labios fruncidos en una mueca que no presagiaba nada bueno, pero lo peor era si volvían con las manos vacías, lo cual significaba que alguien lo estaba leyendo o lo había pedido prestado y no había ningún otro ejemplar, entonces sus ojos echaban chispas, la voz devenía gutural y era mejor retroceder mascullando excusas antes que algún rayo te fulminara. Si el libro estaba disponible lo tomabas sonriendo y volvías raudo al sitio que habías elegido, cuando era posible, claro.

La biblioteca era una nave de techo alto y de donde colgaban los fluorescentes como cuerdas de ahorcado. Las mesas eran larguísimas, llenas de muescas donde se destacaban las palabras soeces, declaraciones de amor y nombres femeninos. En el centro lámparas de latón con un par de bombillas, situadas de manera opuesta para cubrir más espacio, y las paredes estaban llenas de volúmenes antiguos, algunos de proporciones gigantescas que nadie hubiera podido leer sin antes haber hecho un curso especial de gimnasia y resistencia física.

Mis primeras lecturas fueron las traducciones de textos tibetanos de Alexandra David-Neel. Bob me habló mucho de aquella mujer que vivió en el Tibet durante años, dominaba el tibetano y varios de sus dialectos, fue ordenada monja budista y estudió en las lamaserías más importantes del país. En aquellos años vivía retirada en Digne, una pequeña localidad no muy lejos de Marsella, sola con sus libros ya que su ahijado, el Lama Yogden, había fallecido en 1955. Allí rodeada de tapices, jarrones, bronces y de una extraordinaria biblioteca consumía sus últimos años una mujer excepcional. Había vivido en la India, cruzado el Tibet a pie, visitando monasterios colgados en precipicios casi inexpugnables y había permanecido meses y meses aislada en una pequeña cabaña (“tsams khang”, en tibetano) a casi 4.000 metros de altitud. Bob había asistido a unas charlas en su residencia y quería volver a verla, pero era ya demasiado tarde, falleció en septiembre de 1969, a la edad de cien años, tres meses antes Bob y yo habíamos hecho planes para ir a visitarla.

Todavía conservo el cuaderno donde anotaba los libros a leer. Allí tengo incluso el número de archivo correspondiente : Alexandra David-Neel (J.13494): Textes Tibétains Inédites , A. Choozku (46261): Théâtre Persan, Choix de Téazies, Kalidasa (46254): Vikrahorvaçi, Cûdchaka (46255): Le Chariot de Terre Cuite, J.B. Chabert (7680): Littérature Syriaque…….

Los sábados la biblioteca estaba llena de estudiantes y apenas encontrabas una silla donde sentarte y mucho menos unos centímetros de mesa donde posar los libros. Las colas en el mostrador eran agotadoras porque los dos “libreros” iban y venían con pasos cansinos demorando las entregas. Cuando no tenía trabajo me pasaba el día allí y evitaba los sábados y las tardes en época de exámenes.

Un martes llovía a cántaros, no tenía paraguas y llegué hecho una sopa, chorreando agua por todas partes, hasta el cerebro navegaba en un charco. Al entrar, eran poco más de las diez, un gesto imperativo de la bibliotecaria me detuvo. Me miró de arriba abajo y clavó sus ojos de águila en mis zapatos abiertos por las costuras y que emitían un sonido sordo de chapoteo al andar arrojando chorros de agua hacía afuera. Movió desalentada la cabeza y me dijo que no podía entrar con aquel calzado, me indicó con la mano una silla a su izquierda, que esperara allí, habló un instante con su ayudante, una joven en prácticas que siempre tenía aspecto de no estar allí, de no saber qué hacía allí y de desconocer porqué estaba allí, y luego desapareció. Su ayudante me dirigió una mirada que me pareció dura pero luego supe que era muy miope. Cuando volvió la bibliotecaria llevaba en la mano un par de zapatillas deportivas, unos calcetines y una toalla. Me dijo que me cambiara en el lavabo y que entonces podía entrar. A partir de entonces nos saludábamos con deferencia.

Alguna vez me acompañaba algún compañero de Bois-Luzy pero con la condición de que cada uno estaría allí el tiempo que quisiera y si uno quería salir o entrar era asunto suyo. Generalmente volvía solo y entonces me demoraba en algún supermercado buscando las ofertas del día antes de subir la escalinata del albergue y meterme en la cocina a cocinar mis sempiternos guisantes o mis macarrones. Cuando no tenía tomate les añadía toda clase de hierbas y aún así se pegaban al gaznate con una persistencia digna de encomio.

Los días calurosos eran insoportables. Unos ventiladores situados estratégicamente por alguien que nunca había estado allí leyendo removían un aire viciado que sólo trasladaba el sudor de un lado para otro. Las ventanas eran altas y siempre estaban cerradas. Yo entraba y salía cada dos horas. Me agazapaba bajo la sombra de los balcones o de las ramas de los árboles y subía a Saint Charles. Allí me sentaba cerca de los andenes donde aparte de circular los trenes pasaba un airecillo vigorizante aunque malsano. Buscaba algún periódico, casi siempre lo encontraba, localizaba un banco bien situado y leía hasta que mi cuerpo volvía a la normalidad. Volvía a la biblioteca seguido por la mirada de reprobación de mi amiga ya que a cada entrada y salida tenía que coger y devolver el papelito de marras, pero una vez se lo expliqué me comprendió aunque no le gustó. Ella tenía dos ventiladores cercanos, uno de ellos fijo en su dirección apuntando hacia arriba y otro dando vueltas hacia abajo.

La última vez fui con John, un canadiense que se quedó unos días en el albergue. Me habló de Carlos Castaneda, cuyo primer libro causaba furor en Canadá y quedamos en que me mandaría un ejemplar cuando volviese. Y así lo hizo. Recibí el ejemplar con una dedicatoria y con la noticia de que su padre había fallecido. En la nota decía que el libro tenía que circular, él lo había recibido de un amigo americano con esa condición y así lo hice. Años más tarde alguien me lo devolvió porque había vuelto a su casa después de un largo periplo entre parientes, amigos y conocidos, pero que nadie había prácticamente leído porque estaba en inglés, a pesar de insistir que él sabía suficiente inglés. Ahora lo tengo junto con otros del mismo autor y su lomo viejo y desgajado destaca entre ellos.


Marché a Estrasburgo con la mochila de un italiano con el que hice un trueque con mi maleta. Llevaba mi primera gramática de japonés y mi eterno ejemplar de las obras completas de Shakespeare que compré en Londres por una libra esterlina en Foyles. No pude despedirme de la bibliotecaria, se había jubilado y se había retirado a un convento.

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Kommentare

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    es una prueba al comntario
    #1 eva maria (Homepage) am 13.04.2007 23:18 (Antwort)
    Eva, m'ha fet gràcia tornar a llegir el meu article sobre la biblioteca de Marsella, tot un record a un temps difícil però alhora molt important en la meva trajectòria personal.
    Mercès altra vegada.
    Jes
    #2 jordi Escurriola am 19.02.2009 09:04 (Antwort)
    Jordi, és un plaer haber publicat els teus viatjes, i els personatjes tan meravellosos que has conegut, i el teu minuciós detallisme en descriure situacions i fets passats que alhora semblen presents d´ahir mateix.
    Ets un artista!
    Fins aviat amic, Eva
    #3 Eva Maria Corbella (Homepage) am 04.03.2009 16:44 (Antwort)

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