(1972) "La ciudad de la alegría" novela de Dominique Lapierre. India al raso.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Hay un proverbio indio precioso

que dice:
"Lo que no es dado, es perdido"


Escritor de best-sellers a lo largo de toda su vida, como es este de La ciudad de la alegria y Oh, Jerusalem, Arde Paris, El quinto jinete...ahora le debemos, la historia de cuatro seres humanos que viven en la abobinable ciudad de la alegria, que es Calcuta, en el gigante y más pobre país del sur asiático. La India, con más de 1.100.000 millones de habitantes se debate entre la pobreza más absoluta y las miles de luces que encienden y falsean las calles durante las multitudinarias fiestas que cada ano, y pase lo que pase, se celebran por todo lo alto, sin perder no obstante, ni un gramo de la alegria que caracteriza a las gentes de ese país, donde todavía las vacas pasean flamantes como reinas, intocables, donde las castas persisten a pesar de la evolución que a ellos no les afecta ni les domina.

Un sacerdore francés, una enfermera, un médico americano y un indio llamado Hatari Pala que emigra de la ciudad deBengala, lugar todavía más miserable que Calcuta, para ir a trabajar y tirar de un rickschaw para sobrevivir, son los protagonistas que describen aquí sus vidas y sus infinitos problemas.

Podemos imaginar a Max, el médico recien llegado, que en busca de una nueva existencia es atracado y será salvado y ayudado por el samaritano sacerdote. Max deberá dormir y habitar una habitación, un agujero sería la palabra, acompanado de cientos de insectos, ratas y escorpiones, sin techo y sin lavabo, porque en la India no olvidemos que no hay agua potable y todas las necesidades se hacen en la calle...toda la vida se mueve por las aceras y sobre el asfalto de tierra y fango, porque cuando llueve se desbordan todas las precarias installaciones llegando al máximo caos imaginable, a un verdadero infierno.

También en el hospital de Calcuta se producirán situaciones muy complicadas y a veces cómicas, de tan exageradas y absurdas. Por otro lado el jóven indio que se irá haciendo mayor, va tirando cada dia de su pesado rickshaw wallah, que significa Hombre-caballo, medio de transporte indio más usual e inseguro por supuesto para el desgraciado campesino que a diario arriesga por 90 centimos de euro su vida....Hatari correrá innumerables peligros para salvar su cabeza, pero sobrevivirá también. Èl y su familia vivirán en medio de la suciedad y humillación, mientras las piernas de Hatari y su frágil espalda se van doblando irremediablemente y sin piedad.

El joven indio que tiene mujer e hijos que mantener ha dejado su casa en el campo. La pobreza es causada por el durisimo clima y el monzón que de vez en cuando y por capricho de los dioses arrasa hasta las piedras y les deja sin nada que llevarse a la boca durante meses o anos......

Pero en Calcuta la pobreza es mucho mayor. Es la lucha entre cada uno que pisa el suelo.Tendrá que pagar hasta para poder dormir y ocupar un metro cuadrado en la acera más sucia de la ciudad o pagar hasta para obtener un hueso humano y poderlo guisar.....

El sacerdore, el médico y la enfermera se encontrarán con todas las caras posibles del dolor, del sufrimiento y de la injusticia, con los miles de leprosos....pero siempre aparecerá en la ciudad de la alegría y de los contrastes, algo, un hecho amable, o alguién con una taza de te caliente, o un trozo de pan, un regalo inesperado, que les dará el valor para seguir o para coger fuerzas y volver, sin mirar atrás y siempre adelante con una preciosa y abierta sonrisa.

"ÉRASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. HÉCTOR.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

H E C T O R

HECTOR FALLECIO HACE UNOS MESES SIN EL LONDRES NUNCA SERA IGUAL, NI YO.

De los años que viví en Londres hay varios recuerdos imborrables, pero de ellos destaca especialmente el de Héctor, mi maestro y amigo.
LIBRERIA WATKINS


Héctor nació al pie de los Andes, en tierra de viñedos y seminarios. Su padre había estudiado teología pero durante la guerra civil española se trasladó a la Argentina y fue maestro de música, entre otras actividades. Su madre era muy religiosa, de origen italiano, y soñó para Héctor la carrera eclesiástica, su culminación, el orgullo de la familia.

Héctor ingresó en el seminario y destacó en teología, filosofía y música, y pronto empezó a dar clases en una escuela religiosa. Pasó el tiempo y justo a punto de tomar las órdenes mayores tuvo una crisis de fe y colgó los hábitos. Se marchó a Venezuela y se dedicó a la fotografía. Con un amigo recorrió todo el país con la cámara en ristre viviendo muchas aventuras y anécdotas. Decidió cambiar de aires y se trasladó a España.

En Madrid trabajó con un fotógrafo durante varios años, pero, eternamente insatisfecho, se marchó a Londres. Allí empezó el gran viaje en busca de sí mismo. Había leído mucho y en Venezuela estuvo en contacto con intelectuales participando en debates y reuniones literarias con gente vinculada a la masonería, rosacruces y esotéricos, aunque su interés principal fue siempre la filosofía y la teología.

Yo lo conocí por casualidad. Estaba en Londres trabajando y estudiando en la Universidad y un día fui a visitar a unos amigos con quienes había estado trabajando durante un año. Tenían un pequeño restaurante de cocina francesa y Héctor estaba allí fregando platos, una de las pocas actividades que podía hacer alguien sin papeles ni contrato. No sé cómo salió el nombre de Gurdjieff y el Priorato de Fontainebleau y aquellos nombres cimentaron nuestra amistad. A partir de entonces nos vimos con frecuencia, de hecho, sólo los domingos, que pasábamos charlando y comentando nuestras lecturas semanales. Me habló de autores prácticamente desconocidos para mí, a él debo mi entusiasmo por Mircea Eliade y Colin Wilson, entre otros, y juntos descubrimos librerías pequeñas de segunda mano donde siempre encontramos un libro para estudiar. Recuerdo particularmente una que estaba dentro de un invernadero, cerca de High Street Kensington. Se subía una cuesta todavía sin asfaltar y a la izquierda aparecían los vidrios llenos de polvo y lluvia de la librería. Sus propietarios, canosos, dignos, vestidos completamente de blanco recibían a los pocos clientes que se acercaban allí, les ofrecían té, folletos sobre seminarios de budismo tibetano en tierras escocesas, revistas sobre la Kábala hebrea, una sobre una secta cuyo gurú había sido taxista en Londres y ahora afirmaba vivir en Venus, y desde allí alentaba a sus seguidores a adorar una piedra que él les había enviado por transporte interestelar, también la del Monasterio de las Siete Llaves perdido en la serranía andaluza, y otras de vida intensa pero breve. Entre las montañas de libros había macetas con docenas de plantas y flores.Se podía leer, pasear, hojear cualquier libro, cualquier texto que estuviese a la vista, y nadie te exigía que comprases nada, hicieras lo que hicieras te acompañaban a la salida con su sonrisa habitual, te deseaban buen día y que volvieras cuando quisieras. Volvimos varias veces, compramos pocos libros y charlamos mucho, pero un día encontramos los vidrios rotos, el interior vacío, unas macetas rotas en el camino y un cartel escrito a mano con una caligrafía exquisita comunicando el fallecimiento del propietario y el final, triste final de la librería más cálida y más humana que he encontrado jamás.

Poco después “descubrimos” Compendium, en Candem Town, dos librerías dedicadas una exclusivamente a la historia y otra a la filosofía y ciencias de la mente, como se decía en aquellos tiempos; la última vez que estuvimos había estantes enteros dedicados al “New Age”. Siempre había gente pero sucumbió a la comercialización de la zona cerca del río, lugar ahora de mercadillos y tiendas de todo tipo. Nuestro último reducto fue Watkins, un callejón de Charing Cross. Las obras de Crowley, las nuevas ediciones de las obras de la Gran Bestia se encontraban allí, todos los libros de y sobre la Golden Dawn, John Bennet, Rodney Collin, todos los autores que componían la pléyade británica del esoterismo europeo tenían un lugar destacado en sus estantes. Los libros sobre la India y el Tibet eran muy populares, especialmente Agehananda Bharati y Anagarika Govinda.También pasamos por Atlantis, cuentan que fue la última librería que visitó Crowley antes de morir. Cerca de allí, destacó Dark They Were and Golden Eyed, de espléndido nombre pero rápida agonía. Watkins y Atlantis son las únicas supervivientes de aquella época llena de furor alternativo.

De Héctor aprendí a estudiar las notas de pie de página y a valorar especialmente las bibliografías. De cada libro casi siempre obteníamos un nombre, una referencia que, a su vez, nos remitía a otro y así sucesivamente. Todo era como una telaraña inmensa y nosotros pasábamos de un hilo a otro en un periplo que nos hacía considerar cada fragmento como un todo inacabable.

Un día Héctor me trajo una especie de pamfleto publicado en España....eran unas hojas impresas en un papel basto con una tinta de mala calidad y un título pedante. Leí unas pocas frases y miré fijamente a mi amigo. ¿Cómo podía leer aquel artículo? Era una diatriba contra un escritor tildándole de “rojo comunista y asqueroso anticristiano”, entre otros epítetos semejantes. Era un pamfleto que arremetía contra todo lo que no era franquismo y católico. Me dijo que era muy interesante de leer porque así sabríamos siempre a quién leer, es decir, lo criticable, lo censurado, lo insultado era precisamente lo que debíamos conocer. A través de una amiga nos llegaban puntualmente, una vez al mes, aquellas hojas que muy en contra de sus intenciones nos permitió saber de unos autores que quizá nunca hubieramos leido.

Héctor releía los textos sagrados quizás en busca de su fe perdida, analizaba cada frase, estudiaba los personajes bíblicos con lupa, usaba la Vetus Latina, la Vulgata, la versión inglesa del rey James, la de Nácar y Colunga, la de Reina-Valera............. Cuando llegó la noticia de que se estaban traduciendo algunos de los textos hallados en el Mar Muerto se pasó días buscando información en todos los periódicos y revistas literarias. John M Allegro fue de los primeros en publicar sus impresiones de los textos provocando un escándalo monumental con su libro The Sacred Mushroom que fue vapuleado por la prensa conservadora, hasta tal extremo que el editor publicó una nota disculpándose por haberlo impreso y no volvió a publicarse. Nosotros lo leímos y fue objeto de debate durante muchos domingos en su cuarto.

Hacía tiempo que Héctor vivía en Wimbledon donde había encontrado trabajo en un restaurante como ayudante de cocina en jornadas completas que le dejaban poco margen para la lectura. Pero él siempre encontraba tiempo para sus análisis, sus reflexiones, que resumía en pedacitos de papel que depositaba entre las hojas de los libros. Luego apuntaba notas para discutir conmigo los domingos cuando yo llegaba de Earl’s Court donde vivía. Hacia las nueve de la mañana empezábamos y regresaba a mi cochambrosa habitación a las nueve de la noche con la cabeza llena de ideas, los bolsillos llenos de papeles y el corazón lleno de agradecimiento.

Cuando tuvo vacaciones me hizo unos anaqueles con unas maderas viejas que encontramos en un cubo de basura, los pintamos de color verde, colgué una lupa con una hebra de lana para leer la letra pequeña de las ediciones baratas que compraba y así tuve mi primera biblioteca en Londres.

Después cuando regresé a casa mantuvimos el contacto siempre y los primeros años Héctor venía y estaba unos días en Barcelona y el volumen de las notas seguía creciendo. Más adelante, ya mayor, de frágil salud, yo iba a Londres y pasaba dos semanas en una habitación de la residencia donde se hospedaba. Había insistido a la asistente social que como siempre habia un cuarto para los visitantes que estuviera dispuesto para cuando yo iba, creo que fui el único visitante que gozó de aquel privilegio en muchos años.

Jubilado ya seguía con sus búsquedas y pasaba horas y horas paseando por Londres. Conocía todos los barrios, todos los paseos, todos los atajos, su historia, su origen, su principio y nunca quiso saber su final para no entristecerse. En aquellas correrías encontró “el molino de la abadía”. Era un descampado al lado de un río, en Merton, y los sábados y domingos estaba lleno de tenderetes. Unos vendían rosquillas que cocinaban delante del cliente, otros ropas de segunda mano, camisetas con estampados inverosímiles, la señora Baas vendía sus “curris” ardientes, con pequeñas gambas cocidas dentro de sus salsas oscuras como su tez, sus confituras de mil frutas para reducir y emulsionar los picantes ingredientes que te dejaban los labios hinchados en un beso de fuego, alguien vendía cajitas de madera blanca con aperturas insólitas, collares, anillos, pulseras de fina plata que hacían las delicias de las adolescentes, macetas de mimbre esperando su flor................ Y allí se erguía como un monstruo antediluviano un viejo edificio lleno a rebosar de libros viejos. Todas las materias estaban clasificadas y sus autores por orden alfabético, aunque con un desorden producto de muchas consultas y dudas. La primera cosa que hacíamos era ir allí. Héctor se retiraba a husmear por otra parte y dejaba que me arrastrara por el suelo para leer los títulos de libros que estaban en los estantes inferiores. Cuando encontrábamos uno interesante chasqueábamos los dedos como una señal y uno u otro iba a comprobar el “valor de la captura”. Siempre encontré algo. Unas veces un título buscado que después de varios años aparecía de repente como si alguien se hubiera apiadado de mi, otras un autor desconocido con un título inquietante, otras un viejo conocido me sorprendía con un libro que me había pasado desapercibido .......

oo&oo

Otros articulos relacionados de este autor son: "Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".


ÉRASE UNA VEZ EN … MARSELLA ... LA BIBLIOTECA.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Blog de literatura japonesa antigua, de Jordi Escurriola,
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LA B I B L I O T E C A

Después de Bois-Luzy, el lugar donde pasé más tiempo fue en

la biblioteca

de Marsella.


Estaba cerca de la estación de tren de Saint Charles, en un vetusto edificio de sobria fachada. Siempre fui andando desde el albergue, una hora de camino. Abría a las diez de la mañana y a aquella hora no había apenas lectores durante la semana y podía elegir los mejores sitios, generalmente al fondo, cerca del mostrador donde se pedían y se recogían los libros.

En la entrada, a la derecha, estaba el estrado de la bibliotecaria con su aire clásico : correcta, seca y eficiente, y sólo sonreía cuando salías, al entregarle la lista con los títulos de los libros leídos, lista que te entregaba displicente tan pronto entrabas. Allí debías anotar los libros que querías leer o consultar y para ello tenías que ir a los archivos, un mueble con muchos cajetines de madera con una etiqueta engarzada dentro de una placa de latón abierta en su parte superior y donde figuraban las iniciales de los títulos y otros con las de los autores. Todo estaba escrito a máquina, seguramente una vieja Underwood, con algunas letras bamboleantes que subían y bajaban según la presión al teclear. Una vez localizado el texto o el autor lo anotabas en la lista y a continuación ibas al fondo a través de una arcada. Allí se abría una especie de túnel y un mostrador de madera absolutamente viejo. Dos hombres con guardapolvos de color arena te esperaban como si fueses su enemigo y cuando recibían la lista la escudriñaban esperando encontrar algún error y si era correcta penetraban aquel túnel de claroscuros donde se erigían estantes y estantes llenos de libros que algunas veces desbordaban los anaqueles. A veces tenían que ir hasta el final, una zona que el ojo humano no podía distinguir en la oscuridad y donde ellos desaparecían como tragados por una niebla asesina. Cuando les costaba encontrar los libros su tardanza era motivo de angustia y desasosiego puesto que volvían enfurruñados y con los labios fruncidos en una mueca que no presagiaba nada bueno, pero lo peor era si volvían con las manos vacías, lo cual significaba que alguien lo estaba leyendo o lo había pedido prestado y no había ningún otro ejemplar, entonces sus ojos echaban chispas, la voz devenía gutural y era mejor retroceder mascullando excusas antes que algún rayo te fulminara. Si el libro estaba disponible lo tomabas sonriendo y volvías raudo al sitio que habías elegido, cuando era posible, claro.

La biblioteca era una nave de techo alto y de donde colgaban los fluorescentes como cuerdas de ahorcado. Las mesas eran larguísimas, llenas de muescas donde se destacaban las palabras soeces, declaraciones de amor y nombres femeninos. En el centro lámparas de latón con un par de bombillas, situadas de manera opuesta para cubrir más espacio, y las paredes estaban llenas de volúmenes antiguos, algunos de proporciones gigantescas que nadie hubiera podido leer sin antes haber hecho un curso especial de gimnasia y resistencia física.

Mis primeras lecturas fueron las traducciones de textos tibetanos de Alexandra David-Neel. Bob me habló mucho de aquella mujer que vivió en el Tibet durante años, dominaba el tibetano y varios de sus dialectos, fue ordenada monja budista y estudió en las lamaserías más importantes del país. En aquellos años vivía retirada en Digne, una pequeña localidad no muy lejos de Marsella, sola con sus libros ya que su ahijado, el Lama Yogden, había fallecido en 1955. Allí rodeada de tapices, jarrones, bronces y de una extraordinaria biblioteca consumía sus últimos años una mujer excepcional. Había vivido en la India, cruzado el Tibet a pie, visitando monasterios colgados en precipicios casi inexpugnables y había permanecido meses y meses aislada en una pequeña cabaña (“tsams khang”, en tibetano) a casi 4.000 metros de altitud. Bob había asistido a unas charlas en su residencia y quería volver a verla, pero era ya demasiado tarde, falleció en septiembre de 1969, a la edad de cien años, tres meses antes Bob y yo habíamos hecho planes para ir a visitarla.

Todavía conservo el cuaderno donde anotaba los libros a leer. Allí tengo incluso el número de archivo correspondiente : Alexandra David-Neel (J.13494): Textes Tibétains Inédites , A. Choozku (46261): Théâtre Persan, Choix de Téazies, Kalidasa (46254): Vikrahorvaçi, Cûdchaka (46255): Le Chariot de Terre Cuite, J.B. Chabert (7680): Littérature Syriaque…….

Los sábados la biblioteca estaba llena de estudiantes y apenas encontrabas una silla donde sentarte y mucho menos unos centímetros de mesa donde posar los libros. Las colas en el mostrador eran agotadoras porque los dos “libreros” iban y venían con pasos cansinos demorando las entregas. Cuando no tenía trabajo me pasaba el día allí y evitaba los sábados y las tardes en época de exámenes.

Un martes llovía a cántaros, no tenía paraguas y llegué hecho una sopa, chorreando agua por todas partes, hasta el cerebro navegaba en un charco. Al entrar, eran poco más de las diez, un gesto imperativo de la bibliotecaria me detuvo. Me miró de arriba abajo y clavó sus ojos de águila en mis zapatos abiertos por las costuras y que emitían un sonido sordo de chapoteo al andar arrojando chorros de agua hacía afuera. Movió desalentada la cabeza y me dijo que no podía entrar con aquel calzado, me indicó con la mano una silla a su izquierda, que esperara allí, habló un instante con su ayudante, una joven en prácticas que siempre tenía aspecto de no estar allí, de no saber qué hacía allí y de desconocer porqué estaba allí, y luego desapareció. Su ayudante me dirigió una mirada que me pareció dura pero luego supe que era muy miope. Cuando volvió la bibliotecaria llevaba en la mano un par de zapatillas deportivas, unos calcetines y una toalla. Me dijo que me cambiara en el lavabo y que entonces podía entrar. A partir de entonces nos saludábamos con deferencia.

Alguna vez me acompañaba algún compañero de Bois-Luzy pero con la condición de que cada uno estaría allí el tiempo que quisiera y si uno quería salir o entrar era asunto suyo. Generalmente volvía solo y entonces me demoraba en algún supermercado buscando las ofertas del día antes de subir la escalinata del albergue y meterme en la cocina a cocinar mis sempiternos guisantes o mis macarrones. Cuando no tenía tomate les añadía toda clase de hierbas y aún así se pegaban al gaznate con una persistencia digna de encomio.

Los días calurosos eran insoportables. Unos ventiladores situados estratégicamente por alguien que nunca había estado allí leyendo removían un aire viciado que sólo trasladaba el sudor de un lado para otro. Las ventanas eran altas y siempre estaban cerradas. Yo entraba y salía cada dos horas. Me agazapaba bajo la sombra de los balcones o de las ramas de los árboles y subía a Saint Charles. Allí me sentaba cerca de los andenes donde aparte de circular los trenes pasaba un airecillo vigorizante aunque malsano. Buscaba algún periódico, casi siempre lo encontraba, localizaba un banco bien situado y leía hasta que mi cuerpo volvía a la normalidad. Volvía a la biblioteca seguido por la mirada de reprobación de mi amiga ya que a cada entrada y salida tenía que coger y devolver el papelito de marras, pero una vez se lo expliqué me comprendió aunque no le gustó. Ella tenía dos ventiladores cercanos, uno de ellos fijo en su dirección apuntando hacia arriba y otro dando vueltas hacia abajo.

La última vez fui con John, un canadiense que se quedó unos días en el albergue. Me habló de Carlos Castaneda, cuyo primer libro causaba furor en Canadá y quedamos en que me mandaría un ejemplar cuando volviese. Y así lo hizo. Recibí el ejemplar con una dedicatoria y con la noticia de que su padre había fallecido. En la nota decía que el libro tenía que circular, él lo había recibido de un amigo americano con esa condición y así lo hice. Años más tarde alguien me lo devolvió porque había vuelto a su casa después de un largo periplo entre parientes, amigos y conocidos, pero que nadie había prácticamente leído porque estaba en inglés, a pesar de insistir que él sabía suficiente inglés. Ahora lo tengo junto con otros del mismo autor y su lomo viejo y desgajado destaca entre ellos.


Saint Charles


Marché a Estrasburgo con la mochila de un italiano con el que hice un trueque con mi maleta. Llevaba mi primera gramática de japonés y mi eterno ejemplar de las obras completas de Shakespeare que compré en Londres por una libra esterlina en Foyles. No pude despedirme de la bibliotecaria, se había jubilado y se había retirado a un convento.

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"Héctor", "Enriqueta", "Nora", "Berkeley Square", "Bob", "Cristina", "Daniel", "Delia", "Don José", "Estrasburgo", "Foyles", "Karlsruhe", "La biblioteca", "La mujer de la lavandería", "Marius", "Mary", "Miss Sweety", "Nicole", "Orange", "Serge", y "Wissembourg".

"La mujer tema candente" de Evelyne Sullerot del 1971.

Martes, 30 de noviembre del 2010



Socióloga francesa, pionera en la lucha por el control de la fecundidad femenina y por el derecho a la anticoncepción a través de los centros de planificación familiar, de los que fue fundadora. Feminista igualitaria que, como tantas otras, acabó denunciando directa o indirectamente los excesos del feminismo radical. Ha sido asesora de la Comunidad Económica Europea desde 1960 y de la Organización Internacional del Trabajo a partir de 1970. En 1974 fundó los centros en Francia, "Retravailler", destinados a orientar a las mujeres que deseasen reincorporarse a la vida laboral tras haber educado a sus hijos. Es autora de numerosos libros, entre ellos:

-La vie des femmes (1964),
-Demain les femmes (1965),
-Histoire et sociologie du travail féminin (1968),
-La femme dans le monde moderne (1970),



-Les françaises au travail (1973),
-Histoire et mythologie de l'amour (1976),
-Quel pères? Quels fils? (1993),
-Le grand remue-ménage (1997),
-La Crise de la famille (2000) y
-Diderot dans l'autobus (2001).

Una de las constataciones más sorprendentes y amargas para el lector del libro de Evelyne Sullerot, es que,

casi 30 años después de su publicación, ....TODO SIGUE IGUAL.

"Miles de niños sufren cada año una dolorosa pérdida. Tras la separación o el divorcio de sus progenitores, la figura del padre tiende a desvanecerse o se convierte en esa visita un tanto patética que comparte con ellos una artificiosa relación de fin de semana, coca-cola y largos silencios."

Este modelo de paternidad marginal, descrito en la contraportada de la obra, sigue manteniéndose inalterable.

DIFÍCIL EL TERRENO FAMILIAR, RESBALADIZO Y DURO DE PELAR!!!!


Principado de Asturias, Llanes, y Picos de Europa.

Martes, 30 de noviembre del 2010


Para OTTO con todo mi corazón!


Vista de la playa de Andrín a 5 kilómetros de Llanes.

!Sidra pura y nutrición!

Entre San Vicente de la Barquera y Ribadesella, descansa un lugar que se llama Llanes. Es tan especial este espacio que me es difícil empezar. Es donde conocí a Otto mi futuro marido, !!aunque ya tenemos un alemancito-españolito en casa!!

Naranjo de Bulnes

Al interior y sudoeste queda Cangas de Onís y la zona de Cabrales, conocidos son sus quesos de fuerte textura y sabor ... ay, todavía puedo oler su aroma .... Es la zona también de acantilados que dan al Océano Atlántico, que son verdaderamente impactantes dada su altura y la naturaleza bravía del mar. En el interior los Picos de Europa, y un punto de mira El Naranjo de Bulnes. De 2.500 metros de altura, su característica son los últimos 500 metros de pared vertical que los alpinistas deben rozar para llegar a su cima.
Hay muchísimas gargantas en los Picos de Europa, una de ella es la Garganta del Cares. Las gangantas son erosiones del terreno que sea por el paso del rio o por la propia acción del viento y las rocas, la arena han ido desgstando la montaña hasta convertir entre ellas pasos que solamente con puentes colgantes se pueden atravesar. Los que más se conocen por su belleza son los cañones que son precipicios entre las montañas. Las gargantas son más estrechas pero muy profundas. Un ejemplo, los famosos canoñes de América, formados en los ríos Colorado y Yellowstone, tienen 2 kilómetros de profundidad y hasta 25 kilómetros de ancho.

!El puerto de Llanes, es otra maravilla, pequenito pero inmenso! La playa de Ballota
Garganta de Cares

Cangas de Onís y Naranjo de Bulnes.

!Pero lo mejor! La sidra bonita que tanto me gustó y enamoró de Asturias!