ERASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. DON JOSE
de Jordi Escurriola,
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D O N
J O S E
BaenaD O N J O S E vivió Londres como un exilio. Era ya mayor cuando dejó su tierra cordobesa y con su esposa se trasladó a Bayswater. Ella trabajaba de cocinera y él fue compañero mío en la cafetería.
Mezquita de CórdovaEra un hombre apacible, noble, y todos le queríamos. Siempre llegaba antes de su hora porque en su cuarto se ahogaba. Él que vivía en el campo, que amanecía con sus alboradas y dormía con sus crepúspulos, no podía habituarse a compartir un baño cochambroso, a pasar su tiempo libre en una habitación alquilada donde sólo se podía dormir, condenado a la humedad.
Estaba allí para ganar dinero y comprarse unos olivares y viñedos que desde la lejana Albión mitificó como un paraíso. Nunca habló inglés, entendía algunos saludos, palabras sueltas que intercalaba en frases impronunciables. En los años que lo conocí nunca tuvo vacaciones, prefería trabajar, estar lejos de aquel cuarto de Bayswater que le abría la herida de su campo cordobés, no quería que nada se interpusiera entre él y su sueño. Los domingos se levantaba tarde, se sentaba en un banco en Hyde Park y sólo veía las calles de Espejo, sus amigos de Baena en Semana Santa o la Priego barroca donde había vivido su adolescencia. Londres era una enorme tarjeta postal ajena a él, una estación de tránsito donde tenía que esperar a que llegara su tren para la última, la defintiva parada.
Un día me pidió que acompañará a su esposa al hospital. Había tenido unos dolores en el lado derecho y le habían hecho un cardiograma. Tenían cita con el médico para darles su diagnóstico y querían que actuara de intérprete. Fuimos al Sant George Hospital, un vetusto edificio victoriano que impresionaba por su lobreguez. Después de andar por sus laberínticos pasillos llegamos a una sala donde unas cortinas separaban el espacio en pequeños despachos o locutorios. El médico era joven, les sonrió y me explicó que no tenía nada grave, simplemente era cansancio y que la mujer era muy nerviosa, yo ya lo sabía porque don José me lo había dicho. Me comentó que era un cuadro típico de los emigrantes, de gente que se pasaba el día trabajando, sin distracciones, obsesionados en comprarse una casa en su país natal, con problemas de idioma, inseguros siempre cuando salían de su trabajo o de sus cuartos, sus únicos lugares de referencia.
Salimos contentos y me invitaron a comer. Don José me dijo que aquella misma semana compraba unos olivares a muy buen precio cerca de Espejo, unas tierras estupendas y que dentro de poco, lo cual significaba unos años, tendría ya un pequeño cortijo y soñaba con algunos caballos. Su esposa le miraba con ojos tristes en donde sólo se reflejaban las luces de las mesas de formica del restaurante, sin decir nada, ella también absorta en su sueño que, en su caso, nunca supe en qué consistía.
Don José era muy terco. A veces llegaba muy pronto y le decía a John que él se encargaría de mi trabajo y que yo podía marcharme a estudiar. Yo me negaba pero él insistía y no había manera de disuardirlo, entonces John o Bea me decían que podía salir antes porque, de todas maneras, Don José no se iría y uno de los dos sobraba. Cogía rápidamente el carrito y empezaba a recoger las tazas y platos de las mesas para evitar que lo hiciera yo y no me quedaba otro remedio que irme. A don José le gustaba sentarse cerca del mostrador después de la hora de comer cuando había menos trabajo. Hablaba con Maribel que era de Almería y que llevaba casi diez años en Londres. Ella le enseñaba las fotografías de sus hijos y él las de su tierra añorada, fotos de él, joven, con sombrero y camisa blanca, mirando herguido sobre su caballo aquel horizonte que llevaba en el alma.
Volví unos meses a Barcelona y por Navidad me mandó un libro, una traducción inglesa de una novela japonesa que, naturalmente, todavía conservo. De vuelta a la cafetería encontré al mismo don José de siempre pero con menos brillo en sus ojos. El precio de la tierra había subido mucho y veía con preocupación que su regreso se demoraría más. Creo que sentía el paso y el peso de los años y que cuanto más estuviera en Londres menos tiempo tendría para Espejo. Él que siempre fue fuerte como un roble ahora se resfriaba con frecuencia, se cortaba a menudo y se olvidaba de cosas elementales. Maribel me contó que desde que recibió la noticia de los nuevos precios se le veía cabizbajo, hablando solo y, a veces, maldecía con la boca tensa y los ojos furiosos.
Una mañana le pregunté sobre los olivares. Me miró fijamente y aunque no vi lágrimas en sus ojos sí las había en su voz. Un familiar suyo se había encargado de comprar los olivares a buen precio y ahora, después de varios meses, un primo le había escrito para decirle que las tierras no eran muy buenas, estaban mal parceladas y en terreno demasiado abrupto, y le envió unas fotos que le deprimieron. Lo había invertido todo y ahora sus ahorros eran muy escasos para comprar mejores tierras. Había discutido con su esposa, ella quería el dinero para un piso en Córdoba, harta de especulaciones sobre el futuro de las olivas, los caballos que sólo existían en la cabeza de él, y todo aquello le deprimía. Ahora llegaba, se sentaba en un rincón y ni Maribel con sus chismes y sus fotografías conseguían animarle. Poco a poco se sumió en un silencio desolador y ni siquiera intentó recomponer los pedazos de su sueño roto.
Me marché de Londres y todavía recuerdo su abrazo. Dos años después todavía seguía en Londres, pero ahora después de tanto tiempo quiero imaginármelo de pie sobre una colina contemplando sus viñedos y olivares mientras sus caballos pacen en los grandes pagos de Espejo.
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