ERASE UNA VEZ EN .. LONDRES .. DON JOSE

Martes, 30 de enero del 2007


Blog de literatura japonesa
de Jordi Escurriola,
http://www.japocat.blogspot.com

D O N

J O S E

Baena


D O N J O S E vivió Londres como un exilio. Era ya mayor cuando dejó su tierra cordobesa y con su esposa se trasladó a Bayswater. Ella trabajaba de cocinera y él fue compañero mío en la cafetería.

Mezquita de Córdova

Era un hombre apacible, noble, y todos le queríamos. Siempre llegaba antes de su hora porque en su cuarto se ahogaba. Él que vivía en el campo, que amanecía con sus alboradas y dormía con sus crepúspulos, no podía habituarse a compartir un baño cochambroso, a pasar su tiempo libre en una habitación alquilada donde sólo se podía dormir, condenado a la humedad.

Estaba allí para ganar dinero y comprarse unos olivares y viñedos que desde la lejana Albión mitificó como un paraíso. Nunca habló inglés, entendía algunos saludos, palabras sueltas que intercalaba en frases impronunciables. En los años que lo conocí nunca tuvo vacaciones, prefería trabajar, estar lejos de aquel cuarto de Bayswater que le abría la herida de su campo cordobés, no quería que nada se interpusiera entre él y su sueño. Los domingos se levantaba tarde, se sentaba en un banco en Hyde Park y sólo veía las calles de Espejo, sus amigos de Baena en Semana Santa o la Priego barroca donde había vivido su adolescencia. Londres era una enorme tarjeta postal ajena a él, una estación de tránsito donde tenía que esperar a que llegara su tren para la última, la defintiva parada.

Un día me pidió que acompañará a su esposa al hospital. Había tenido unos dolores en el lado derecho y le habían hecho un cardiograma. Tenían cita con el médico para darles su diagnóstico y querían que actuara de intérprete. Fuimos al Sant George Hospital, un vetusto edificio victoriano que impresionaba por su lobreguez. Después de andar por sus laberínticos pasillos llegamos a una sala donde unas cortinas separaban el espacio en pequeños despachos o locutorios. El médico era joven, les sonrió y me explicó que no tenía nada grave, simplemente era cansancio y que la mujer era muy nerviosa, yo ya lo sabía porque don José me lo había dicho. Me comentó que era un cuadro típico de los emigrantes, de gente que se pasaba el día trabajando, sin distracciones, obsesionados en comprarse una casa en su país natal, con problemas de idioma, inseguros siempre cuando salían de su trabajo o de sus cuartos, sus únicos lugares de referencia.

Salimos contentos y me invitaron a comer. Don José me dijo que aquella misma semana compraba unos olivares a muy buen precio cerca de Espejo, unas tierras estupendas y que dentro de poco, lo cual significaba unos años, tendría ya un pequeño cortijo y soñaba con algunos caballos. Su esposa le miraba con ojos tristes en donde sólo se reflejaban las luces de las mesas de formica del restaurante, sin decir nada, ella también absorta en su sueño que, en su caso, nunca supe en qué consistía.

Don José era muy terco. A veces llegaba muy pronto y le decía a John que él se encargaría de mi trabajo y que yo podía marcharme a estudiar. Yo me negaba pero él insistía y no había manera de disuardirlo, entonces John o Bea me decían que podía salir antes porque, de todas maneras, Don José no se iría y uno de los dos sobraba. Cogía rápidamente el carrito y empezaba a recoger las tazas y platos de las mesas para evitar que lo hiciera yo y no me quedaba otro remedio que irme. A don José le gustaba sentarse cerca del mostrador después de la hora de comer cuando había menos trabajo. Hablaba con Maribel que era de Almería y que llevaba casi diez años en Londres. Ella le enseñaba las fotografías de sus hijos y él las de su tierra añorada, fotos de él, joven, con sombrero y camisa blanca, mirando herguido sobre su caballo aquel horizonte que llevaba en el alma.

Volví unos meses a Barcelona y por Navidad me mandó un libro, una traducción inglesa de una novela japonesa que, naturalmente, todavía conservo. De vuelta a la cafetería encontré al mismo don José de siempre pero con menos brillo en sus ojos. El precio de la tierra había subido mucho y veía con preocupación que su regreso se demoraría más. Creo que sentía el paso y el peso de los años y que cuanto más estuviera en Londres menos tiempo tendría para Espejo. Él que siempre fue fuerte como un roble ahora se resfriaba con frecuencia, se cortaba a menudo y se olvidaba de cosas elementales. Maribel me contó que desde que recibió la noticia de los nuevos precios se le veía cabizbajo, hablando solo y, a veces, maldecía con la boca tensa y los ojos furiosos.

Una mañana le pregunté sobre los olivares. Me miró fijamente y aunque no vi lágrimas en sus ojos sí las había en su voz. Un familiar suyo se había encargado de comprar los olivares a buen precio y ahora, después de varios meses, un primo le había escrito para decirle que las tierras no eran muy buenas, estaban mal parceladas y en terreno demasiado abrupto, y le envió unas fotos que le deprimieron. Lo había invertido todo y ahora sus ahorros eran muy escasos para comprar mejores tierras. Había discutido con su esposa, ella quería el dinero para un piso en Córdoba, harta de especulaciones sobre el futuro de las olivas, los caballos que sólo existían en la cabeza de él, y todo aquello le deprimía. Ahora llegaba, se sentaba en un rincón y ni Maribel con sus chismes y sus fotografías conseguían animarle. Poco a poco se sumió en un silencio desolador y ni siquiera intentó recomponer los pedazos de su sueño roto.

Me marché de Londres y todavía recuerdo su abrazo. Dos años después todavía seguía en Londres, pero ahora después de tanto tiempo quiero imaginármelo de pie sobre una colina contemplando sus viñedos y olivares mientras sus caballos pacen en los grandes pagos de Espejo.

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(2003) "Fugitivos" del director francés André Techiné.

Lunes, 29 de enero del 2007


Basada en el libro de Gilles Perrault, "El chico de los ojos grises".



Ví esta película hace ya 2 anos, pero la sigo recordando y no es por su sencilloguión, sino por la belleza y la fuerza de la naturaleza, por la simplicidad de los 4 personajes, y por un final soso, según he leido de algún crítico, pero esta opinión es falsa, si es real como la vida misma, es que tal vez, aunque sólo tal vez era lo justo. Pero no ...

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La escena empieza con una caravana de coches que se alejan de Paris, se dirigen hacia el sur. Es el ano 1940, y Alemania ha invadido practicamente ya el norte de Francia. En el interior de uno de esos vehículos viaja una madre con 2 hijos pequenos. Un avión pasa casi rozando la caravana y destruye practicamente todo el comboy, en medio de una sangrienta matanza. La madre y los ninos salen corriendo campo a través y un jóven extrano se les une en la huida, sin más que lo que llevan puesto. Esta escena primera es la mejor. Caminan, y caminan y se hacen amigos del joven Yvan, hasta que alcanzan a llegar a una casa muy grande y bella, es alta, senorial pero aunque está cerrada, es la casa que les va a dar cobijo para el resto de la historia.





Los ninos van a encontrar en Yvan a la figura del padre perdido. Yvan, por su parte es como si hubiera encontrado la familia que nunca tuvo. Y la madre hará de perfecta ama de casa y de maestra para todos. A pesar de la juventud de Ivan, tiene 16 o 17 anos, Yvan ya es un hombre. Estos 4 perspnajes moviéndose entre la hermosura de los campos extremadamente verdes, el resplandor del sol sobre la hierba, las noches frescas y suaves, ausente el miedo y el desconcierto por la situación política, hacen de esta película un limitado oasis, casi perfecto, en definitiva, entre la barvarie de la lejanía. Vemos actuar a unos personajes idílicos, Yvan que va a cazar pájaros y conejos para las comidas y los ninos banándose desnudos en el estanco del agua más clara, limpia y pura. Yvan y la mujer se van evidentemente a enamorar bajo las estrellas. Este hecho es sólamente una escusa, para justificar el final que unicamente creo que es exagerado y no tan soso, sino real.

Tiempos, en definitiva, que jamás volverán, o mejor expresado, tiempos y seres extinguidos y para entenderlo, sólo hay que ver esta película.
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Emmanuelle Béart en el papel de la sensual Odile y Gaspard Ulliel en el papel del valiente Yvan.

"ÉRASE UNA VEZ EN ... LONDRES ... CRISTINA

Domingo, 28 de enero del 2007


Blog de japones
de Jordi Escurriola,

http://www.japocat.blogspot.com


C R I S T I N A

Ayer vi a una mujer que se parecía Cristina y tuve que hacer un esfuerzo para convencerme del hecho irrefutable de que no era ella. Subí en el autobús que hacía la ruta de Esher a Hammersmith. Había ido a visitar a Pat y a Giambattista. Carlo había crecido mucho desde la última vez que lo ví, antes era un bebé y ahora era un niño mofletudo y llorón que se movía por el restaurante como un atleta consumado. Era bastante tarde, más de lo habitual, y cuando arrancó era el único pasajero. Saqué el libro de Jorge Luis Borges y me puse a leer a pesar de la pobre iluminación interior. No me di cuenta de que alguien se había sentado a mi lado hasta que una voz me preguntó qué estaba leyendo.. .



En el asiento de al lado una mujer de piel blanquísima con una cabellera de color castaño que le llegaba casi a la cintura, labios finos, pintados
con un carmín tan intenso que parecían negros, me sonreía, pero sus ojos eran fríos, muy fríos. Iba a contestar cuando comprendí que me había hablado en castellano. Me dijo que era inglesa pero había vivido mucho tiempo en Colombia donde su padre tenía negocios en varios cafetales del país. Su castellano era perfecto, con una ligera entonación sudamericana que le daba un toque elegante, muy personal. Estaba terminando sus estudios de filología románica en la universidad de Londres y le había llamado la atención mi interés por lo que estaba leyendo. Le mostré el libro, “El Aleph” de Borges, pero ella no lo había leido. Estuvimos charlando hasta que llegamos al final y al separarnos nos intercambiamos los números de telefóno. Mientras me dirigía a Cromwell Road pensé en ella. No era habitual encontrar a alguien en un autobús que se pusiera a hablar en castellano y menos que estudiara filología. Era atractiva, tenia una conversación interesante, se le notaban las buenas lecturas. Durante varios días estuve pensando en llamarla, no tenía prácticamente amistades con las que tener una buena charla, pero como es normal en mí lo fui posponiendo. Me llamó un viernes por la noche y fue de las pocas veces que contesté yo pues no lo hacía nunca. Sonaba el telefóno cuando estaba mirando si había correo para mí y el teléfono estaba en la misma mesilla. Era Cristina. Me invitaba a una especie de fiesta/reunión en casa de unas amigas en Gloucester Road, muy cerca de donde yo vivía, luego resultó que eramos casi vecinos. Me alegré de que se acordara de mi y acepté. Era un edificio de ladrillos rojos, sin balcones, con grandes ventanas y visillos blancos, la puerta era antigua con adornos de latón dorados y un picaporte que era un dragón chino. Cristina me abrió la puerta. Estaba espléndida. Llevaba una falda larga hasta los tobillos, tipo “hippy”, una blusa de seda de color marfil y un chaleco granate lleno de tachuelas de plata. El piso olía a incienso indio, pegajoso, dulzón, mezclado con frutas y algo de alcohol. Cristina me dijo que sus amigos estaban preparando ponche y me presentó a Jenny, una jamaicana que hablaba muy deprisa y se movía como si la sacudieran descargas eléctricas. Nos sentamos en un sofá y Jenny me contó que eran de una secta que se dedicaba a la imposición de manos.Se reunían alrededor de una piedra que procedía del espacio y se cargaban de energía con su contacto. Cristina la miraba recelosa, parecía no gustarle que hablara tan abiertamente de la secta y hacía comentarios para cortar la verborrea de Jenny, pero ésta no paraba de hablar. Al cabo de un rato Cristina fue a la cocina para ver como iba la preparación del ponche y Jenny me llevó a una ventana. En el alféizar había unas botellitas de color violeta. Dijo que el agua captaba la energía solar, era purificada y ella sólo bebía aquello. Lo decía con unción, casi con los ojos en blanco y pensé que tal vez me estaba tomando el pelo. Jenny desapareció y Cristina me presentó a algunos de sus amigos. Al cabo de un rato quedamos solos los dos y entonces le entregué el libro de "El Aleph" por si quería leerlo. Lo aceptó y lo metió en un bolso enorme con flecos que estaba a su lado. Entró una chica y preguntó si su novio, Colin, vendría. Cristina no lo sabía, pero aseguró que si no había venido ya no lo haría. Estuve un rato más y me marché. Ellos tenían una reunión, por lo que imaginé que todos eran de la secta, y me despedí de Cristina.Con el pretexto de preguntarle qué le había parecido el libro llamé varias veces a Cristina pero no la encontré y como no tenía su dirección no sabía donde enviarle una nota. Fue ella quien me telefoneó una tarde.


Ella le había dicho yo era catalán y Colin quería conocerme. Era "atlantólogo", nunca había oido que hubiera nadie especializado en el continente mítico de la Atlántida. Colin estaba leyendo la versión inglesa del poema de Mosèn Jacint Verdaguer, una obra extraordinaria, y quería consultarme sobre el texto. Quedamos en encontrarnos en un restaurante italiano al lado de la estación de metro de Earl's Court.

Llegué temprano como siempre y ellos fueron muy puntuales. Colin era alto, con una melena negra, ala de cuevo, vestía pantalones negros y una levita del mismo color. Era pálido, ojos grandes con ojeras y manos de pianista. Cristina vestía también de negro. Comimos pasta, escalopines de ternera, saltimbocca a la romana, bebimos un buen "chianti" y cuando llegamos a los postres, Colin sacó de uno de los enormes bolsillos de su levita un libro, era una traducción bilingüe de L'Atlàntida. Dijo que lo había encuadernado él ya que trabajaba en una imprenta. Era un ejemplar magnífico, muy bien editado, con texto comparado, fuentes grandes y un papel marfileño. Quiso que le leyera algunos fragmentos para captar el ritmo de los versos verdaguerianos y empezó a preguntarme sobre la simbología y los mitos descritos. Yo había leído el poema como obra literaria y no había hecho ninguna otra lectura. Colin, en cambio, había hecho un estudio comparativo con la mitología greco-romana, celta y oriental. Actualmente trabajaba un texto de Aleister Crowley sobre la mítica isla y el clásico de Ignatius Connelly. Hablaba excitándose por momentos, y cogía el libro de Verdaguer con ambas manos como si le fuera la vida en ello y lo agitaba para demostrarme su importancia. Yo estaba abrumado. Le dije que yo sólo había leído el libro, que no sabía nada más que lo que describían las notas explicativas, pero él parecía no escucharme y entonces intervino Cristina, que hasta aquel momento se había limitado a comer su tarta de manzana y a sorber su té.Le puso una mano en su antebrazo, le clavó una mirada glacial y Colin se calló de repente, titubeó un instante y se disculpó. Al poco rato nos despedimos. Colin tomó un taxi, vivía con una tía en Hampstead Heath y me dio un fuerte apretón de mano. Cristina me dijo que vivía cerca de allí y la acompañé hasta la puerta.. Me besó levemente en una mejilla, muy cerca de los labios, y entró rápidamente cerrando la puerta principal sin mirarme. Ardí como una tea.

Durante días estuve inquieto, nervioso, su beso me había trastornado. Veía su rostro por todas partes, veía sus ojos en cualquier escaparate, y llamé Cristina a todas las chicas de la cafetería. Llamé un par de veces por teléfono pero no contestó y aquello me irritó aún más.

Era tarde, llovía, estaba cansado y hambriento. Llegué de la Polytechnic empapado, no llevaba paraguas y tenía los calcetines empapados. Había tenido un día fatal en el trabajo. Había discutido con Makalou, Bea estaba deprimida, Maribel vivía en un mundo paralelo, Nayim tenía dolor de cabeza, Nancy deambulaba como alma en pena y John desaparecía cada cinco minutos. Estaba a punto de abrir la puerta de mi habitación cuando sonó el teléfono. Alguien de la planta baja descolgó y unos segundos después oí que subía por las escaleras y no cerré la puerta por si la llamada era para mí. Era Cristina. Me pedía que fuera inmediatamente a su casa, era urgente. Eché a correr sin importarme la lluvia ni mis calcetines empapados.

Me esperaba en la puerta de la calle, a oscuras. Me cogió de la mano y casi me arrastró hasta su piso. No tenía las luces encendidas, sólo un par de velas iluminaban el fondo del salón. Estaba muy pálida.Me contó que Colin había sido ingresado hacía días en una clínica mental, su tía se lo había comunicado, y no era la primera vez. Había estado varias veces internado pero ahora era grave. Hablaba de manera incoherente y decía que lo perseguían para robarle un secreto, un mapa oculto. Su tía había hablado con Cristina varias veces porque como ella no había ido a verle Colin había escrito una serie de notas amenazadoras que la enfermera de la clínica había encontrado por el suelo y se lo había notificado a su tía.Colin se había escapado y la noche anterior Cristina lo había descubierto delante su casa, al lado de un árbol, mirando fijamentre su ventana. Permaneció horas de pie y Cristina intentó llamar a su tía para avisarla pero no contestaba y se pasó la noche sentada al lado de la ventana envuelta en una manta. Colin desapareció al amanecer. Ahora estaba aterrada, tenía miedo de que volviera aquella noche y me pidió que me quedara con ella por si volvía. Intenté tranquilizarla y le propuse cenar algo. Preparamos una ensalada, frutos secos, queso y manzanas y nos tumbamos en un montón de almohadones que hacía de sofá.

Estuvimos charlando de la secta, de sus exámenes finales dentro de un par de semanas, y poco a poco me fui acercando a ella. Parecía relajada pero se levantó de repente y se dirigió a la ventana. Ví su cuerpo desnudo a través de la gasa del vestido, no llevaba ropa interior y las velas le daban un resplandor dorado. Iba a incorporarme yo también cuando me hizo un gesto rápido con la mano. Me acerqué y me abrazó mientras me señalaba la calle. Colin estaba allí, al lado del árbol, nos miraba con ternura, con ojos como ascuas, implorando una caricia que nunca recibiría. Sugerí que quizá si hablábamos con él se tranquilizaría y no pasaría nada, de hecho, nada indicaba que fuera a reaccionar violentamente, pero Cristina se negó . Ella no quería saber nada, de hecho era él quien insistía en salir con ella a pesar de sus desaries, tenía los exámenes y aquella situación le alteraba todos los planes.Cristina telefoneó a su tía. Enviaban una ambulancia enseguida. Permanecimos mucho rato allí. Ella continuaba abrazada a mí y notaba su calor, su desazón. Llegó una ambulancia sin sirena y dos hombres vestidos de blanco se acercaron a Colin que seguía allí inmóvil y se dejó llevar sin dejar de mirarnos. Su última mirada me conmovió. Aceptaba su destino y renunciaba quizás a la única esperanza de volver a sí mismo. Cristina se desprendió de mí y dijo que quería acostarse, su tono era frío, indiferente. Fue al baño y cuando salió, desnuda, cruzó el salón y entró en su cuarto. No cerró la puerta y encendió una vela. Yo seguía al lado de la ventana,paralizado.Vi su sombra reflejada en la pared, como se inclinaba a abrir la cama, vi sus manos que se deslizaban por su cuerpo como acariciándose. Me desnudé , me eché sobre los almohadones y apreté mi cuerpo contra ellos para controlar mi temblor. La puerta de la habitación de Cristina seguía abierta y la vela encendida, intuía su maravilloso cuerpo tendido en la cama, su aroma de hermbra,pero me quedé en el salón entre las lágrimas y la rabia. No podía entrar en su cuarto, si lo hacía sería yo quien algún día estaría delante de su casa, al lado del árbol, mirando fijamente su ventana.

Me marché al amanecer y nunca volví a verla, ...

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(1979) "Un pequeño romance" de George Roy Hill.

Domingo, 21 de enero del 2007


Vi esta película cuando cumplí los 12 años y tanto me gustó que al menos la volví a ver 3 o 4 veces en el mismo mes, con mi amigo y vecino Vicente. Se estrenó en el cine Dorado de Barcelona, que ya no existe por cierto. Supongo que me dejé encandilar con ese pequeño romance, no sé que me pasó, rodada además en Venecia, la película contaba con la presencia de 2 estrellas del cine, Laurence Olivier y Diane Lane. Poco puedo recordar de la historia, tan sólo a los 2 jóvenes que se enamoraron locamente entre los canales y callejuelas de la vieja Venecia.

George Delerue ganó 1 oscar por la banda sonora.

Dirigió George Roy Hill, que ha dirigido un montón de películas que se hicieron más famosas como, "El mundo según Garp" con Robin Williams y Glenn Close, "La chica del tambor" con Diane Keaton y Klaus Kinski, "El castañazo" con Paul Newman, "El carnaval de las águilas" y "El golpe" , con Robert Redford y Paul Newman, como en "2 hombres y 1 destino". También "Reajuste matrimonial" con Henry Fonda y asimismo rodó con Peter Sellers, "El irresistible Henry Orient" y "Hawaii y Millie una chica moderna", rodada con Julie Andriews. Por ello, se trata de un director experimentado en el oficio, y convirtió una sencilla historia de amor en un recuerdo excepcional y muy particular para mi.

Existe la novela en la que se basó el guión, es de Patrick Cauvin.

"Un pequeño romance" es una comedia muy romántica, una historia muy adecuada para los adolescentes que desean enamorarse....



(1971) "Muerte en Venecia" perfecta adaptación entre Thomas Mann y Luchino Visconti.

Sábado, 20 de enero del 2007





Lo más importante a destacar es que, si existe en la historia alguna película donde la novela haya sido tan perfectamente adaptada, es decir fusionada, la ficción de una historia con la realidad de unos seres de carne y hueso, esa película es sin duda Muerte en Venecia. Contribuye a ello naturalmente la Quinta Simfonia, música del célebre compositor Gustav Mahler que inspiró a Mann en el personaje protagonista que interpretara en cine Dick Bogarde, en el papel más trágico que yo jamás vi, haciendo de Gustav von Aschenbach.
Yo solamente conozco la versión cinematografica, no he leido la novela y lo que conozco también es la bella ciudad donde ocurren los hechos. Asimismo perfecto ese escenario en Venecia para la recreación de unos hechos muy trascendentales. Poder llevar a cabo la evocación perfecta del más bello viaje de unas vacaciones póstumas.


En esta novela se retrata lo que Mann y Visconti reflejan muy bien, a través del músico que se enamora platonicamente de Tadzio. Es la alusión a la belleza o plenitud perfecta y pura (que el filósofo Platón describiera en sus 2 obras Fedro y El banquete) hacia el guapísimo adolescente que el viejo músico hallará un dia por casualidad en el comedor del hotel. Donde se hospeda en la magnífica Venecia,no cruzará con el jóven ni una sola palabra, quizas una mirada. Significado es que la belleza no es real, no es mundana, nada ni nadie puede alcanzar esa belleza, si se toca, pero no se tiene, no sirve de nada, o es la muerte, que al viejo músico alemán le llegará sentado y contemplando las olas en medio de la playa de Venecia.